Axiomas de un proceso natural

Cada generación humana que nace en un entorno tecnológico, nace por fuerza más domesticada que la anterior. Esto es algo que todo adulto advierte inmediatamente, cuando observa la descendencia de la generación que le sigue.

Es un axioma, que cada nueva generación, inmersa en este proceso, es más débil y menos dura que la anterior: hasta que se alcance el punto en que este proceso sea irreversible.

Este proceso, es natural al avance tecnológico. Con el suficiente tiempo, existirá una generación humana que llegará a ser tan dependiente del sistema, la tecnología y las máquinas, que será incapaz de sobrevivir por sí misma en un entorno natural; o cualquier otro que no sea aquel en el cual ha nacido.

Desde la revolución industrial, los menos preparados física e intelectualmente se han reproducido más que los mejores. En el presente, asistimos al aceleramiento de este proceso. Las taras genéticas no solamente no se evitan, sino que llegan incluso a ser promovidas. Se abraza la diferencia, y diferencia en este caso, solo significa deficiencia.

El espectáculo de la degeneración de la especie humana al que se asiste hoy, no es entonces sino la señal visible de un proceso natural, inducido por las máquinas, que al reemplazar gradualmente el trabajo biológico, físico y más recientemente también el intelectual, por comandos automatizados, hace que sus contrapartes biológicas, físicas e intelectuales dentro del cuerpo humano, se atrofien o lleguen a ser prescindibles.

Esto, a la larga, conducirá a la instauración de una verdadera idiocracia, incluso en países hasta ahora competentes pero que debido a este proceso natural y a la importación de población de otros lugares, decaerán al fin, cuando su propia raza se haga minoritaria y menos fuerte.

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Tribus modernas

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Pigmeos en exhibición durante la Feria Mundial de Lousiana, 1904.

Viendo un programa sobre una tribu de Camerún, una serie de ideas acuden a la mente. Pienso en que hay mucho que aprender todavía de los negros, pero sobre todo, cuando se los ve en su hábitat natural, en lo profundo de las selvas africanas. Allí, son algo estupendo de ver, y su fisiología y psicología se hallan perfectamente adaptadas a su entorno, de un modo casi maravilloso.

Siempre he disfrutado de estas tribus, desde que vi las estampas animadas de Cinco semanas en globo (una tribu que realiza una ceremonia alrededor de la olla donde hierve a sus prisioneros; y qué encantador era el contraste de sus pieles negras y sus cuerpos elásticos delineados en tinta con el amarillo de los atuendos de paja y las chozas y el marrón del suelo) o las fotos de las revistas de la National Geographic que había en casa, cuando era un niño, con esas fotos de labios u orejas deformados por círculos de barro o madera. Estas imágenes y aquello que evocaban siempre me han producido un sentimiento indefinible. Había algo extraño en esas imágenes, y es que era casi como si no pertenecieran a este planeta, ni a este tiempo, como si de este modo atisbara la vida de organismos que pertenecieran a otro lugar de la galaxia. Sus modos primitivos eran a veces repelentes o incluso horrendos, pero no podía dejar de mirar, y de todos modos sabía que para ellos todo aquello que me parecía repelente o singular, era en realidad su acontecer de todos los días.

De algún modo eran verdaderamente, criaturas libres, como los animales o como imaginaba que serían los habitantes de otros planetas. Criaturas que no conocían la civilización y cuya barbarie era su mayor tesoro, y que a la vez eran, por este hecho, inferiores y superiores, al mismo tiempo.

Ahora, cuando veo a sus descendientes en las calles o en la televisión, en la civilización actual, con su cultura decadente y callejera, realmente siento pesar por ellos. Pues, al igual que nosotros, la civilización les ha quitado todo lo que de verdad valía algo y que ellos poseían dentro de sí.

Algunos, ya ni siquiera han conocido nunca lo que es una selva, e incluso la mayoría de aquellos que han crecido en las ciudades, prefieren evitar la naturaleza. Una especie de temor atávico a regresar a sus orígenes, por los que ahora tienen un sentimiento ambivalente.

Pero hoy día hay también algo chocante acerca de todos estos documentales de tribus africanas o de otras partes cálidas del mundo: por apartados que vivan, o por recónditos que sean sus hábitat, ya pocos de ellos andan desnudos o cubiertos de hojas, y en cambio la mayoría utilizan las horribles prendas del mundo de hoy, camisetas de equipos de fútbol de colores chillones y pantalones cortos y zapatillas con los logos de Adidas o Nike, lo cual no enmascara, sino solo hace más evidente su pobreza. Y los artilugios del mundo moderno, las cámaras o los teléfonos celulares, ya tampoco les producen el menor asombro, ni parecen evocar en ellos nada mágico. En algunos documentales más antiguos, digamos de los setenta o todavía a principios de los ochenta, se veía a los miembros de estas tribus perdidas, vestidos con trajes o sombreros oscuros, los pantalones y los sacos occidentales roídos, pero al menos los portaban con cierta dignidad. Entonces llevaban estas ropas con naturalidad, sin ostentación ni dejadez. Y cuando se encontraban con alguno de esos objetos de la tecnología contemporánea (eran todavía analógicos, grandes y pesados, y sus portadores también les tenían aún cierto respeto) sus ojos todavía brillaban.

Y todo esto, toda esa inocencia que se ha ido, esa sensación de paraíso perdido ya irrepetible, por lejano o apartado que sea cualquier punto del globo en que busquemos, me produce la certidumbre de algo ya irremediable.

Raw: y sobre la coming-of-age story

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Raw (2016), filme de Julia Ducournau. La sangre, la boca y la crudeza se unen en un solo punto, mientras la mirada se eleva.

Existen la comedia y la tragedia. En el mundo actual, la comedia es la preferida, y la evidente ganadora; no hay sino que ver las carreras de los buenos (y malos) comediantes, que tienen siempre mucho más éxito, reconocimiento y ganancias, que las de los trágicos. Hay sin embargo algo demasiado fácil con la comedia hoy día y es que el público, parece cada vez más dado a ser complacido, aún con las mayores mediocridades. Aquello es un problema, si se quiere hacer comedia, y es que es virtualmente imposible que la aceptación o la cantidad de risa del público sea ya alguna medida de calidad. En realidad, todo se convierte en micromercadeo o en el mercadeo global de las grandes corporaciones. No hay ya nada en medio, nada que sea mediano o mesurado.

Tan devaluado se encuentra el género, que solo cuando a la comedia se la envuelve dentro de la tragedia, esta recobra algo de su escabroso origen.

Ahora, existen también aquellas películas que se pueden ver varias veces y luego olvidarse por completo y aquellas que solo viéndolas una vez, cada instante queda marcado en la memoria de aquel que visualiza, como si esta hubiera sido grabada en mármol y no proyectada frente a los ojos. Esto es siempre algo subjetivo; a veces pueden haber más méritos en aquel que ve, que en la propia película; quizás solo se vio la cinta en el estado de ánimo adecuado, o con una compañía grata, o realmente se tenían unas ciertas expectativas, que hasta quizás parezcan exageradas en retrospectiva. A veces esto tampoco tiene mucha relación con la calidad de la cinta: hay películas impecables que no dejan nada cuando se sale de la sala, o solo dejan tras de sí una especie de bruma. Pero están estas que parecen indelebles, claras, a veces en exceso claras, lo cual puede ser también un defecto, pues luego no resisten bien una segunda vez, ya todo parece solo un Déjà vu, solo un eco; y será imposible recuperar alguna vez la primera impresión. Si ha crecido un árbol sobre la semilla de la cinta, será como si este fuera cortado.

En la repetición siempre está el riesgo de perder un pasado perfecto y reemplazarlo con un presente demasiado diáfano. A veces la repetición abre los ojos; nos hace ver errores del pasado; mas otras veces solo es como abrir en canal algo, esperando encontrar la explicación a aquello que pareció tan vivo, y solo encontrar un bolsón de vísceras y carne. Parafraseando a Tolkien, en ocasiones es preferible no saber, a destruir algo para saber más de este algo.

Una primera impresión es algo imposible. Tan profunda en ciertos casos que es mejor dejarla en el pasado.

Se puede ver 2001 (1968), 2001 veces y jamás perderá nada. Pero estos son casos extremos, del tipo Solyaris (1972), y Stalker (1979). Verdaderas rarezas del arte cinematográfico. Obras completamente abiertas que funcionan más como una ventana, que como un teatro.

Luego están aquellas obras que no son perfectas, que en un principio tal vez no produzcan mayor impresión, pero que parecen ganar de a poco, con cada nuevo acercamiento a estas. Blade Runner (1982), Alien (1979), Melancholia (2011). Obras de cierta naturaleza dual, en las que el cinema corporativo se encuentra con cierta visión.

Luego cintas tan perfectamente realizadas que son imborrables, de tan excesiva claridad, pero que pierden algo con cada nuevo visionado. Aquí, la mayor parte de las últimas cintas de algún mérito de grandes estudios, tan depuradas en sus argumentos, su fotografía y su edición, que inevitablemente tienen cierta cualidad robótica.

También, en algún número menor, aquellas cintas que parecen invitar a segundas y terceras repeticiones, por la gran complejidad de sus argumentos, y su aspecto hermético.

Y están aquellas cintas que impactan de tal manera en una primera vez, incluso de formas aborrecibles, que se sabe de antemano que una repetición sería inútil o repugnante. Son irrepetibles, en un sentido físico. Son tan perfectas en su forma de impactar al espectador, que una segunda vez se antojaría un vicio, más que un genuino interés por la obra. Aquí se podría pensar en Gaspar Noé e Irreversible (2002) o Love (2015); en Martyrs (2008) y en los mejores exponentes del extremismo francés.

Entre estas últimas podríamos clasificar a Raw (2016), tal vez uno de los último estertores del agónico y ya mencionado extremismo francés, un tipo obtuso de cine, tan similar al expresionismo alemán en su contexto histórico; un cine de Belle Époque.

En Raw, hay una comedia, pero una comedia difícil, donde la risa es difícil y dura y de surgir nos haría sentir como otro tipo de monstruo, todavía más vil que el de los personajes. Una comedia silenciosa, si eso fuera posible, no la del mimo, sino la de un actor que grita en medio del escenario, que se cercena los miembros o se corta y que a cambio solo recibe del público un silencio atroz, la nada.

Pues si se realiza un viaje por la historia, desde una época de desesperanza como la actual, donde toda utopía ha demostrado su inviabilidad y la esperanza solo puede convertirse en la añoranza de un pasado y el día a día en despliegues de datos y números y materia que rueda; cuál fue el primer payaso, de dónde proviene la nariz roja y la cara pálida sino de un pasado de violencia.

En el caso de Raw, hay en las hermanas un dúo cómico, y hay también un escenario absurdo, una utopía universitaria, donde el lugar del conocimiento y de la iniciación en la vida adulta, es decir en el trabajo y la esclavitud al sistema, se ha trasgredido en un lugar de verdadera iniciación; en los misterios de la carne y del espíritu. Una coming-of-age story; la historia de la transición de un ser joven, lánguido y débil en algo mayor, adulto y fuerte. Un tipo de historia que ha renacido en los últimos años, a juzgar por la ingente cantidad de películas de cierta calidad en variados géneros que tratan el tema, en mayor o menor medida; sobre todo centrándose en personajes femeninos —Spring Breakers (2012), Carrie (2013) Starry Eyes (2014), Bridgend (2015), The Witch (2015), February (2015), Nina Forever (2015), The Eyes of My Mother (2016), Thelma (2017), Lady Bird (2017),  Tragedy Girls (2017), la infame It (2017)—; quizás otro símbolo del avance del feminismo, apropiándose de un tipo de historia en un principio más afín a personajes masculinos adolescentes, que expresaban en ellas su rebeldía y malestar, o sus vicisitudes al tratar de insertarse en el mundo moderno, las drogas o la violencia, y llevándola a un terreno más femenino; el del cuerpo. Hay entonces un deseo de llevar todo a los límites y de reivindicar la sexualidad femenina; aunque se siga fiel a las raíces de la coming-of-age story, pues más que el género lo importante es el cambio y la metamorfosis que sufre el personaje principal.

Hay una pauta, no obstante, un alejamiento de la tradición. En efecto, en la coming-of-age story femenina, la sexualidad y el cuerpo tienen mucha mayor importancia que el contexto social o sociológico, al contrario que en la tradición de personajes masculinos adolescentes, de Hesse, Joyce, Dickens, o el propio J. D. Salinger; donde sus necesidades corporales siempre se ven limitadas por la sociedad, que castiga duramente cualquier transgresión, y el principal conflicto es aquel que se crea entre la pugna de los impulsos del adolescente y el surgimiento en este de algo superior, de una razón, materialista, espiritual o religiosa; mientras que en esta nueva oleada, los límites sociales son fácilmente transgredidos, casi sin consecuencias y el verdadero drama es algo más físico e interior, mientras que la razón, cualquier razón, parece algo que debe ser negado; o que llanamente no existe o debe existir.

Así, la nueva coming-of-age story parece ahora algo más próximo al cine fantástico que al realismo literario de sus orígenes modernos. Quizás porque en tanto el mundo moderno se hace más viejo, este se obsesiona más con la juventud. Mientras todo está más robotizado y controlado, surge una mayor necesidad de fantasía.

En Raw, y en sus películas hermanas ya mencionadas, al revés que en la coming-of-age story tradicional, no hay moraleja ni moral alguna, y si la hay, esta es completamente torcida. Parece que la única esperanza del adolescente está ahora en no crecer nunca, que ya no hay ningún camino que seguir, que todo termina cuando el mundo adulto, es descubierto.

Pero en Raw, está además la música, pequeñas piezas elaboradas por el compositor Jim Willians. La música parece dar por sí misma una respuesta, un final, con su minimalismo. Una música silenciosa. Música que no dice nada, sino que solo se muestra, como la protagonista, desnuda a sí misma; que invita a la contemplación. Y es en el perfecto sincronismo entre lo que se ve y se escucha, más que en las imágenes de gore o acercamientos corporales demasiado estrechos, en donde en esta cinta de comedia trágica, se hallará, su extremo poder de recordación.

El mundo real

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Aleksandr Kaydanovskiy en Stalker (1979).

Tenía esa botella de plástico verde entre las manos, mientras caía sobre mí el sol, y debía taparme la mitad del rostro con la capucha de la chaqueta; y entonces vi con atención la botella, ya casi vacía de su líquido dulce e inocuo, y pensé en que eso no era solo una botella, era algo más, un símbolo que debía ser leído. Qué era yo en ese instante sino un pequeño ser a la intemperie, sentado sobre un banco de piedra, rodeado de otros seres similares, que necesitaba de artilugios extraños y artificiales como esa botella para saciar su sed; en vez de tomar agua de un arroyo o de un cuenco. Era esa sensación extraña de conciencia absoluta de la realidad, en la que era evidente que no éramos sino visualizadores de un ordenamiento material, que es nuestra propia celda.

Momentos en que entonces se espera incluso con esperanza la desaparición, porque es la única certidumbre y la única forma en que este universo material y fallido se desvaneciera a los propios ojos.

O habría al menos cierta ilusión en aquello.

El verdadero sufrimiento

Pero en realidad, el verdadero sufrimiento, como ya se ha escrito, provenía de saberse parte de esta sociedad, de esta infección a escala planetaria; cuyo único sentido y finalidad sería forjar al cabo de los milenios un universo artificial para sí misma, en el cual los individuos solo serían esclavos de las máquinas, como ya lo eran de sí mismos.

Y este sentimiento, cuando se contemplaba las calles y los edificios de apartamentos, era incluso mayor y más claro que aquel de la muerte, de la inminente desaparición de todo.

Un Eterno Retorno parecía en tales circunstancias una Eterna Desolación.

Una prisión eterna del demiurgo.

Pues aunque el demiurgo no haya creado el universo sensible, ha sido su corruptor y captor.