El tiempo llegará

Rudolf Steiner (1861–1925).

El tiempo llegará, y puede que no esté muy lejos, cuando diferentes tendencias agreguen en un congreso científico como aquel celebrado en 1912, y la gente concluya que es patológico incluso el pensar en términos de espíritu y alma. La gente «fundamentada» solo hablará del cuerpo. Será considerado un síntoma que cualquiera venga y tenga alguna idea sobre el espíritu y el alma. Estas personas serán consideradas enfermos, y podemos estar seguros de que la medicina encontrará una cura para su mal. Incluso en Constantinopla el espíritu no existirá más. El alma desaparecerá con ayuda de una droga. Tomando un «punto de vista científico», la gente inventará una vacuna para influenciar el organismo tan pronto como sea posible, preferiblemente desde su mismo nacimiento, para que el cuerpo humano jamás tenga la idea de que posee un alma y un espíritu. Dos filosofías de la vida estarán en completa oposición. Un movimiento tendrá que reflexionar sobre como los conceptos e ideas pueden desarrollarse para encontrar la realidad del alma y el espíritu. Los otros, los herederos del materialismo moderno, irán por la vacuna, para hacer el cuerpo «saludable», es decir, hacer su constitución tal que este cuerpo ya no hable de esas tonterías del alma y el espíritu sino que tomé un punto de vista materialista sobre las fuerzas que habitan en los motores y la química, y que permiten a los planetas y al sol surgir de las nebulosas del cosmos. A los médicos materialistas se les pedirá que expulsen las almas de la humanidad.

* * *

He dicho que los espíritus de las tinieblas van a inspirar a sus huestes humanas, en quienes habitarán, a encontrar una vacuna que saque toda inclinación hacia la espiritualidad de las almas de las personas cuando sean muy jóvenes, y esto sucederá de un modo indirecto a través del cuerpo. Hoy, los cuerpos están vacunados contra una cosa y otra; en el futuro, los niños serán vacunados con una sustancia que sin duda será posible producir, y esto los hará inmunes, de modo que no desarrollen inclinaciones tontas relacionadas con la vida espiritual, «tontas» aquí, por supuesto, a los ojos de los materialistas.

Tomado de La caída de los espíritus de la oscuridad, 14 conferencias en Dornach (1917), por Rudolf Steiner.

El paraíso de Escher y la placa de la nave Pioneer

Paraíso, obra de M. C. Escher, fechada en 1921.

Paraíso, grabado de 1921, es una obra de M. C. (Maurits Cornelis) Escher, que por entonces apenas pasaba los veinte años. Los motivos matemáticos no se hacen todavía presentes en su arte, pero se encuentran ya prefigurados en su composición. La fuerza del estilo es inconfundible aun en estos trabajos de aprendizaje, donde su interés por la naturaleza es evidente. En el centro, dos figuras humanas esquematizadas, hombre y mujer, se toman de la mano bajo la copa de un árbol, sobre cuyo tronco se yergue un búho con las alas abiertas y la mirada al frente. Los humanos están desnudos y Escher ha dibujado apenas las líneas necesarias para seguir el contorno de sus respectivos cuerpos, pero sin negar sus cualidades carnales; ellos son tan sólidos como las demás criaturas que comparten este paraíso, en el que es de notar la ausencia de la serpiente y el fruto prohibido. En vez de esto hay un simio que se sienta bajo las manos humanas que se toman con delicadeza, pero a diferencia de estas, sus manos y pies son extremadamente grotescas, como para diferenciarlo definitivamente del Hombre. El simio mira al frente, al igual que los humanos, el león, el tigre y el pequeño venado. Como en las obras posteriores por las que Escher sería más conocido, las dos dimensiones del dibujo y las tres dimensiones representadas se superponen, y el tamaño de las figuras no está atado a una escala natural, sino al espacio y la forma de la composición. Hay también un camello, un bisonte y una garza, representados de perfil. Curiosamente en este paraíso no aparecen los mares ni ningún miembro de la vida acuática; se diría que su dominio no es el mismo. El paraíso está entonces en la tierra, bajo un cielo claro y en un valle rodeado por los picos de altas montañas, no en las tinieblas de los océanos. Numerosas especies arbóreas y vegetales sirven de fondo a este muestrario de fauna. El simbolismo es claro, el hombre y la mujer están en el centro, pero este lugar también le pertenece al árbol, que más que del conocimiento o del bien y el mal es un Árbol de la Vida. Ellos son inseparables uno del otro, así como lo es el árbol de la tierra, y se hallan marcados por la mirada del búho y del simio; entre dos naturalezas opuestas, pero complementarias.

* * *

Medio siglo después, aprovechando el lanzamiento de la primer sonda cuya trayectoria la llevaría a abandonar el sistema solar, el consultante Eric Burgess sugirió a la Nasa y al divulgador Carl Sagan enviar con la nave un mensaje destinado a posibles inteligencias extraterrestres. Sagan, junto con el astrónomo Frank Drake diseñan entonces un mensaje que busca mostrar el lugar del hombre en el universo. El arte es terminado por la propia esposa de Sagan. En esta placa de aluminio bañada en oro las figuras esquemáticas del hombre y la mujer recuerdan aquellas de la obra de Escher, pero aquí el hombre es sensiblemente más alto que la mujer, como para hacer más patentes sus diferencias biológicas, y ellos ya no se tocan, sino que el hombre dirige un saludo con la mano en alto a los eventuales alienígenas, mientras la mujer reposa el peso de su cuerpo en su pierna derecha y se ladea hacia su compañero. Sus rasgos son deliberadamente ambiguos, pues tratan de representar sujetos «panraciales» (aunque recientemente se haya criticado que son demasiado caucásicos). Ellos ya no están en el centro de la placa, sino delante de un esquema de la nave Pioneer, y su lugar en el universo es determinado por las líneas que representan diversas estrellas pulsar en relación con el Sol, un esquema del átomo de hidrógeno, arriba, y otro más del sistema solar, abajo, con una flecha que indica el tercer planeta como lugar de origen de la nave y su trayectoria aproximada hasta Júpiter, y que incluye también al noveno planeta Plutón. Curiosamente otros planetas enanos y cuerpos celestes no eran todavía conocidos.

No hay descripción de animales ni árboles; y se diría que el hombre y la mujer han perdido ya su paraíso.

Placa de la nave Pioneer, 1971.

La nave Pioneer 10 fue lanzada en 1972 y como primera sonda dirigida a Júpiter, se convirtió en efecto en el primer objeto de la NASA en alcanzar la velocidad requerida para vencer la atracción del sol. No obstante, es incierto si Sagan y Burgess diseñaron esta placa con una real intención de contacto o solo como un medio propagandístico. Para poner la situación de esta sonda en perspectiva, según la misma NASA, esta ha sido ya rebasada por las sondas Voyager, los primeros objetos artificiales fabricados por el hombre en tiempos modernos en abandonar efectivamente la heliosfera, y aunque se espera que esta sonda también lo haga y su trayectoria se dirija hacia la estrella Aldebaran, en dirección de la constelación de Tauro, le tardará más de dos millones de años alcanzarla, y no de ninguna forma que le permita acercarse efectivamente, menos a los hipotéticos planetas habitados que podrían rodearla, si es que estos existen.

¿Cuánto tiempo resistirá la placa de metal antes de deteriorarse por el polvo cósmico? ¿Alguna inteligencia se interesará por atrapar este punto casi invisible en el espacio? O, ¿qué pasará si estas razas alienígenas no son tan benévolas como se esperaba?

Quizás nuevas sondas se envíen con nuevos mensajes en el futuro, o estos mensajes solo sean los rezagos de una época de excesivo optimismo en la tecnología, pero las figuras de esta placa, hombre y mujer, seguirán por ahora siendo el legado más durable de la humanidad en el universo, y quizás le sobrevivan a la misma Tierra. Tal vez en el fondo solo se trató de eso; de satisfacer ciertos egos humanos. Mientras tanto, a diferencia de esta obra destinada a los ojos de seres ignotos y desconocidos, el poco ambicioso grabado de Escher seguirá siendo reproducido exclusivamente dentro de los límites del «paraíso» que describe.

La primavera de Botticelli

La primavera de Botticelli.

Los artistas modernos nunca alcanzarán la perfección y armonía en composición de los maestros clásicos, no por falta de habilidad, ni porque la mayor parte del conocimiento clásico se haya perdido irremediablemente, sino por la simple razón de que a partir del siglo XX el arte se ha visto demasiado influenciado por la fotografía. Además de que el arte por el arte, un concepto eminentemente moderno, ha hecho que se agoten a sí mismos, en una búsqueda inútil por la originalidad, mientras se ha convertido a la pintura figurativa en un arte menor. Siendo así, los realistas modernos pueden tratar de imitar la realidad y llegar a un hiperrealismo excelente, incluso en temas de fantasía, pero no ir más allá. La calidad de sus obras es engañosa y siempre remite a la fotografía. Ya no pintan el mundo, sino la sombra fotografiada de ese mundo.

En La primavera de Botticelli, el artista del Renacimiento no acomete una mera descripción fotográfica del mundo, ni siquiera una alegoría simple, aunque use la alegoría como elemento en su composición. En su obra fondo y figura, contorno y contenido, color y oscuridad no son nunca accidente, sino que cada centímetro cuadrado de la pintura de dos metros por tres, obedece a una intención estética; pero no porque busque el arte por el arte, sino porque el artista es simplemente un medio para que por mediación de su entrenamiento teórico y práctico, la belleza se manifieste en el mundo. El mismo hecho de que su cuadro haya sido encargado por un mecenas, no le quita nada a su intención, sino que hace que los mismos límites que se le han dispuesto al artista, se conviertan en alicientes para su dedicación.

La pintura, a pesar de presentarse inmóvil y plana, nunca está estática. Una primera mirada; y no se ven tanto las figuras individuales, sino el movimiento compositivo de sus cuerpos. Brazos, piernas, manos, que dibujan un ritmo, una danza en la retina, que se ve invitada a abordar el cuadro por su derecha. Dentro de esta composición, que va entonces de derecha a izquierda, se reconocen nueve figuras. Están Céfiro, el viento del oeste y de marzo, que se dirige impetuoso hacia la ninfa Cloris, la diosa Flora, en la cual la misma ninfa se transforma luego del rapto de Céfiro, una Venus, Cupido, las Tres Gracias, Castitas, Voluptas y Pulchritudo, y Hermes (Mercurio). En los modelos, predomina un fenotipo rubio, más que mediterráneo. Su físico es moderado, sus cuerpos no parecen estar llenos de órganos y carne, sino de espíritu, aire.

La pintura comienza y termina con una figura masculina, mientras las formas femeninas ocupan casi todo el resto del cuadro. Así Céfiro, que secuestra y posee la ninfa, se opone al calmo Mercurio que es indiferente a la mirada de la Gracia. Es de notar que la flecha de Cupido se dirige hacia una de las Gracias, a la cual lo estudiosos han identificado con Castitas; y ella mira hacia Mercurio, pero es ignorada.

La primavera es entonces una alegoría de la fertilidad, con el lugar central dado a la diosa Venus (la Venus material, vestida, como opuesta también a la Venus ideal, que suele aparecer desnuda). Las dos figuras masculinas principales entretanto simbolizan los instintos y la razón, respectivamente. La composición es cíclica. Incluso el enamoramiento de Castitas no es en vano, pues de este surge la razón. Mercurio es indiferente porque sostiene en su mano derecha un caduceo, con el cual torna las frutas en oro, y está abstraído por esta labor. Es la razón, los frutos del intelecto puro, que no son alimento para el cuerpo sino para el espíritu. Mercurio le da la espalda al mundo de los sentidos, mientras Céfiro se ve violentamente atraído por su vitalidad. La alegoría es evidentemente de trasfondo neoplatónico y pagano.

La composición se divide entonces en dos partes, con las ocho figuras mayores formando un símbolo de infinito entrelazado; las cuatro figuras de la derecha dan forma a la sublimación carnal de la primavera, mientras las cuatro en la izquierda su sublimación por la razón. El ciclo está completo.

La pintura está así mismo llena de detalles. La boca de la ninfa de la que nacen flores, el gesto de Céfiro, su piel de tono azul, las manos que se entrelazan de las Gracias, el estampado con llamas estilizadas de la túnica de Mercurio y la forma en que este reposa su brazo en su cintura, incluso lo que solo parece al principio una sombra de las ramas detrás de Venus, se revela lleno de las formas delicadas de la floresta. Céfiro toma para sí la ninfa, que se transforma en Flora, diosa de las flores y los jardines y la misma primavera; ella también es la Venus del centro del cuadro, cuyo vientre abultado alude a la fecundación misma; de este modo alcanza su sentido. Entonces nos encontramos con las Tres Gracias; tres figuras femeninas a la derecha, tres a la izquierda, que son también una sola, la castidad, la voluptuosidad y la belleza, que rara vez se encuentran separadas sino que son atributos ideales de la Mujer; y Mercurio, que es deseado por la castidad que está a punto de ser flechada por Cupido, para que la razón también encuentre su sentido. Tres figuras masculinas, igualmente, de modo que el cuadro alcance una perfecta simetría, Cupido, Mercurio y Céfiro; quizás todos formas del mismo Hombre. No hay nada externo a este cuadro, no hay nada más allá de los límites del lienzo, la primavera se halla perfectamente contenida en sus colores y formas. Incluso si desconocemos todo sobre la mitología y los dioses, su significado seguirá ahí, y el deleite para la vista es inmediato. Todo es claro y moderado en este arte.

El cuadro, que data probablemente de entre 1477 y 1482, se encuentra actualmente dentro de la galería Uffizi, en Florencia, Italia, a donde fue trasladado en 1815, fecha hasta la que estuvo en su ubicación ideal, la llamada Villa di Castello.

Songbird

La ficción copia la irrealidad.

Probablemente la mayoría de las malas reseñas de Songbird (2020) provienen de gente que ha sentido sus miedos irracionales reflejados en la pantalla. Pero después de un año de libertades civiles absurdamente destruidas, esta película puede ser vista incluso como una parodia de la situación actual (la culminación de lo que se ha venido a llamar Clown World). En la cinta es 2024, y el virus que ha llevado a la ruina a las ciudades convirtiendo a estas en paisajes fantasmales, es extremadamente letal, una variante del conocido Corona ahora denominada Covid–23, con una mortalidad cercana al 99%. No obstante, algunas personas son naturalmente inmunes y pueden ir de aquí para allá sin consecuencias (como en el mundo real los trabajadores esenciales), mientras la gente normal debe permanecer en estricto confinamiento en sus casas, viviendo en constante temor de ser contagiados y reduciendo todo su contacto humano a relaciones virtuales, pues incluso cada paquete que reciben y que garantiza su supervivencia ha de pasar antes por una cámara de descontaminación hermética (¿dónde se esconde toda la gente que hace estos productos?) En la realidad, es bastante curioso que muchas personas jóvenes y saludables se hayan comportado en la misma forma por un virus similar a la gripe; viviendo como si pudieran morir de repente si abren una ventana. El virus de la cinta es como el perfecto opuesto del de la vida real, pero sorprendentemente sus consecuencias, guardando las proporciones, son las mismas, e incluso se trata de secuestrar emocionalmente al espectador con la imagen del ama de casa que sufre por su pequeña hija, que debido a su frágil salud es más susceptible de caer enferma, aunque se nos haya dicho que casi todos mueren igual por el virus (¿entonces, cómo puede un virus tan extremadamente peligroso hacer una diferencia para nadie? Un pequeño plot hole). También se presentan otros caracteres, que son como miniaturas de aquellos sectores más beneficiados por las restricciones. Está Alexandra Daddario, la modelo y cantante que vende sus shows por Internet, mientras enseña sugerentemente su cuerpo, tendencia que ha crecido enormemente desde 2020, y los empleados de una compañía de entregas que a diferencia de Amazon, es como una empresa familiar donde todos se conocen, desde el veterano de Iraq en silla de ruedas hasta el simpático jefe negro, sin olvidar el protagonista, que recorre con libertad sobre su bicicleta los apocalípticos Los Ángeles aunque sea rastreado por GPS, y su novia virtual de origen mexicano; por supuesto no falta el corrupto agente de Sanidad, Peter Stormare, para completar el casting, muy al estilo de Michael Bay. Los actores hacen su parte, la dirección y la fotografía son de buena calidad técnica, el ritmo se mantiene a lo largo de los 84 minutos del filme, y el argumento se concentra en las luchas personales por romper las reglas inhumanas, más que en tópicos científicos o generales, como hubiera pasado en Contagion (2011), por lo que no sería relevante detenerse en estos aspectos. Si el espectador no se ve indignado por las continuas violaciones de las ridículas Corona–reglas (¡Oh no, un asintomático sin máscara! ¡Explotación inmoral de una tragedia!), o no se detiene a pensar en teorías de conspiración (¡Programación mental!) todo irá bien, y se tendrá una interesante experiencia cinematográfica, no una gran película, pero al menos una divertida pieza de entretenimiento. Solo, no hay que pensar mucho sobre el por qué. Quizás a diferencia de la cinta, en 2024 todo esto haya terminado. O a lo mejor no, y tendremos que andar con brazaletes amarillos por las calles, si tenemos suerte.

La vacuna contra Dios

El covidismo, «una pesadilla sin fin».

Mensaje anónimo No. xxxxxxxxxx

Alrededor de 2010 el Pentágono reveló por error un video del hombre que diez años después estaría a cargo de la virología en el mundo (luego de su experiencia con virus de computadora), el bien conocido filántropo Bill Gates. Allí Bill se veía reunido en una sala con varios funcionarios del Pentágono, entre militares y civiles, cuyas identidades estaban oscurecidas digitalmente. La iluminación era lúgubre, y al fondo varios hombres con batas de doctor blancas, se sentaban ante sus pantallas. Era un fragmento no muy largo, con numerosas interrupciones y saltos, en el cual Bill trataba de vender un nuevo tipo de arma a los militares. En el video Bill la llamaba un virus, pero el audio era deficiente y por momentos la palabra sonaba más bien a vacuna, y Bill hablaba apresurado y nervioso. La particularidad del arma era que esta producía apenas un ligero resfriado, pero luego, inadvertidamente, era capaz de alterar el comportamiento de los afectados, a través de la mutación de un gene que se encuentra fuertemente relacionado con la parte del cerebro que hace que los humanos crean en Dios. En el video Bill Gates sugería que su uso podía acabar con la guerra en Afganistán, haciendo perder la fe del enemigo.

«La vacuna contra Dios» la llamaba Bill al final del video, con una gran sonrisa. Empero, con los acontecimientos recientes del mundo, es evidente que cuando Bill decía una vacuna, en realidad se estaba refiriendo a un virus y el uso de la palabra vacuna era metafórico. Hacer esta distinción es de suma importancia ahora. Pero ya fuera un virus o una vacuna, lo que estaba vendiendo Bill Gates mataba cualquier vestigio de espiritualidad en el infectado, a un nivel genético. Es sabido que a Bill Gates le gusta la iconografía satánica, como en su famosa patente de ese pequeño chip que se hizo viral (yo fui el autor desconocido de ese meme), que tenía el número 666 grabado por todas partes. En esa ocasión, cuando un periodista le preguntó el por qué de ese número, Bill Gates desdeñó la cuestión diciendo que se trataba de «conspiraciones de neonazis». Entonces abandonó la sala de prensa y no respondió más preguntas.

De más está decir que el video de Gates con el Pentágono desapareció poco después de su publicación por error. O quizás no se trataba de eso propiamente, sino de…

Cuando volví a recargar la página el mensaje se había ido. La última frase contenía otra revelación, que mis limitados conocimientos en la lengua extranjera usada en el foro no me permitieron descifrar. Puede que se tratara simplemente de un bulo. No lo sé. Pero al día siguiente salió a la luz en los medios internacionales que una de las vacunas experimentales contra el SARS–CoV–2 desarrollada por AstraZeneca había producido resultados neurológicos inesperados en una mujer con antecedentes de enfermedad mental. Pocos minutos luego de recibirla, la mujer había empezado a gritar con desesperación: «¡Mataron a Dios! ¡Ya no lo siento, mi alma está muerta!» El caso se encuentra todavía bajo investigación de las autoridades médicas. De otra parte, la misma vacuna produjo recientemente una ola de muertes en Brasil. Por esta razón creo que es mi deber de humano compartir la nota sobre el video de Bill Gates, aunque no tenga ninguna prueba de su verosimilitud, con aquellos que puedan llegar por azar a esta página.

* * *

Lo siguiente debe ser tomado como una pura especulación. Lo mejor es que sea leído como una ficción.

Hace algunos años, dentro de un laboratorio de investigación de alta seguridad unos científicos que mapeaban el cerebro humano descubrieron una irregularidad, a la cual no pudieron dar explicación. No se sabe exactamente de qué se trataba (imaginen un campo de energía que flota un poco más arriba de la cabeza, como una nube esférica brillante y azul, visible con los instrumentos adecuados; un nudo de neuronas imbricado con el bulbo raquídeo; incluso un nervio muy fino que llega hasta el corazón). La irregularidad consiguió ser medida y aislada y se encontró, luego de incontables vacilaciones, que se trataba del «alma», aunque no lo dijeron directamente sino mediante un complicado término técnico. Desde luego que este conocimiento le dio al laboratorio también el poder de destruir esta alma a voluntad, de forma indolora e inadvertida. Entonces los investigadores diseñaron un cuerpo microscópico y autoreplicable, que se podía transmitir de humano a humano, y este cuerpo, bajo su apariencia de virus inocuo, lo que hacía en realidad era atacar el alma del infectado, hasta desvanecerla por completo. El infectado podía seguir con su vida normal luego de una pequeña molestia (fiebre, malestar, o dolor de cabeza, según el caso); pero ya no tenía un alma.

Se hizo un experimento limitado al respecto en una ciudad de un país no especificado. Los resultados fueron los esperados y la irregularidad consiguió ser eliminada en casi todos los casos. Pero luego los científicos descubrieron que aunque las personas habían perdido su alma, seguían comportándose prácticamente igual; con lo que su proyecto no consiguió ningún resultado apreciable. La gente no se hacía más sumisa, ni más temeraria, ni perdía o ganaba inhibiciones al perder su alma; sus acciones no cambiaban, ni siquiera su preferencia política o amorosa, o lo que querían comer esa noche.

No obstante ellos continuaron con su investigación solo con el fin de medir la propia propagación y eficiencia de su invento. Ellos no tuvieron otra opción que terminar con lo que habían empezado.

El mundo sin alma no se diferenciaba en nada del mundo con alma.

Ni siquiera los infectados eran capaces de percibir que ya no poseían un alma. Seguían usando la palabra, pero de la misma forma que un autómata podía hacerlo. Aquellos que eran religiosos continuaban asistiendo a sus iglesias y llevando a cabo sus oraciones y ritos, tal como antes. Todo era igual exteriormente; pero todas las sensaciones espirituales que sentían antes se habían ido (lo cual los investigadores habían aprendido a medir también); sin que ellos pudieran ni siquiera darse cuenta de esto. Incluso podían decir con seguridad que seguían creyendo en la otra vida, y en cosas espirituales, y realmente lo creían, pero ya los gráficos no mostraban nada.

La conclusión de los investigadores fue que la irregularidad era despreciable y no debía temerse por el uso de drogas y medicinas que tuvieran como efecto adverso atacar el bulto o zona de energía desconocida (esto nunca se describió propiamente en los informes, permaneciendo como información confidencial).

Otra característica de este virus diseñado en el laboratorio era que alteraba el ADN, y por consiguiente se esperaba que se transmitiera a las siguientes generaciones, que nacerían sin la irregularidad conocida antes como alma.

Es ignoto si el virus ha sido liberado ya.

* * *

Pero no soy el único que ha tenido pensamientos o sueños extraños estos días.

Oí a alguien contar el siguiente sueño (estaba a mis espaldas y yo no podía ver su rostro ni a quién se lo contaba, si a otra persona que estaba allí, o hablaba por su teléfono):

—Nunca he creído en Dios ni en nada de eso, pero esta mañana desperté con un sueño muy vívido, como una visión. Por eso lo cuento ahora, he oído decir que si uno cuenta el sueño tan pronto despierta ya no lo olvida; y hoy salí temprano.

»Era un futuro cercano, 2025 o 2030. Millones de personas habían desaparecido y yo escuchaba a la gente hablar sobre eso, pero no podía entender si habían muerto o se los habían llevado a alguna parte. Luego me di cuenta de que los alienígenas habían hecho contacto con el gobierno de la Tierra. Eran de los que llaman en las películas «grises», y habían diseñado un chip híbrido biológico para ser implantado en los humanos, de modo que acelerara nuestra evolución y nos diera telepatía y otros poderes; y nos privara también de nuestros instintos primitivos (racismo, tribalismo, agresividad, emociones, etc.) Todos estaban de acuerdo en que esto era bueno. De pronto las ciudades estaban en silencio y calmadas y nadie hablaba con nadie, ni siquiera dentro de sus propias casas. Yo le preguntaba a todos qué estaba pasando, pero nadie respondía.

»Las personas ricas se encontraban subiendo sus cerebros a servidores de modo que pudieran escapar del Apocalipsis. Había un sentimiento general de desesperanza y vacío. Los que accedieron al chip estaban interiormente sufriendo de un dolor intenso e infernal, aunque por fuera parecieran normales. Lo supe porque al final yo también fui implantado; y no hacía sino pensar en toda la paz y serenidad que nos habían prometido, mientras no sentía sino ese terrible dolor como si alguien hubiera vendido mi alma. No había escapatoria, y recordé el rostro de Jesús en la iglesia y quise volver a ser un niño y entrar con mis padres en el templo y cantar los Salmos, pero entonces me vi rodeado de oficiales del gobierno de la Tierra y de grises, y ver a sus ojos era como ver a demonios, con dientes pequeños y afilados. Y yo supe que ellos estaban detrás de todos los asesinatos y violaciones de niños, y que todo lo que habían hecho los globalistas en mi vida era con el objeto de llegar a ese momento, el Fin de los Tiempos… Entonces creo que antes de entrar al trabajo voy a pasar por una iglesia… Toma lo que te digo como quieras…

La gente en el bus tenía sus audífonos puestos o miraba las pantallas de sus teléfonos.

Pero yo no creo que nada de esto pasará.

Al cabo de los años habrán transcurrido tantos cambios en el mundo (que igual habrían sucedido sin la invención de la «vacuna») que la investigación de los científicos será incluso olvidada. El laboratorio yacerá bajo toneladas de escombros, las memorias electrónicas se habrán borrado, los registros escritos habrá mucho que se habrán hecho polvo.

Y ya nadie tendrá alma, ni tampoco estos sueños.

Insana pureza

Solaris (1972).

Nunca vemos las cosas tal cual son, pues si así lo hiciéramos, caeríamos en la desesperación. Podemos tener breves intuiciones de la verdad, del mundo y las personas como objetos en una realidad tridimensional, y estas impresiones suelen ser casi paralizantes; un continuo de verdad, en el que percibiéramos todo tal cual es, es algo inimaginable, pues sería insoportable, más allá de la capacidad del cuerpo y el cerebro humanos. Pues si no tuviéramos cerebro, si este no se hubiera desarrollado hasta tal punto, no importaría, si fuésemos como plantas, árboles o incluso animales, aunque algunos de ellos, los más evolucionados, y pienso en ballenas, en delfines y elefantes, parezcan a veces ya tener que soportar este peso, el de ver al mundo e intuir su realidad, y en ocasiones también enloquezcan, les sea insoportable, si fuésemos pequeños gusanos o bacterias, viviríamos en la realidad, y esta realidad, a pesar de todo lo terrible que contiene, nunca podría doblegarnos; estaríamos a salvo, no en la ignorancia, pues no hay saber verdadero más allá de la existencia, sino en algo más, en la pureza, podría decirse. Pero desde que poseemos un cerebro evolucionado todo puede además de percibirse tal cual es, o tal cual es para nuestro cuerpo, ser también interpretado e intuido, y esta interpretación, a la vez que nos salva, haciendo que veamos siempre el significado, y no lo que está ahí, también puede abismarnos en la realidad, haciendo que dotemos de significado lo que en realidad no tiene ninguno, lo que solo es. Entonces, en vez de ver a una reunión de seres humanos, cada uno dotado de un nombre, un vestido y una determinada posición en la sociedad, con ciertas características individuales, un modo de hablar o de sostener la mirada, si por decir algo, en vez de mirar a María o Juan, viéramos todo el tiempo su piel, cada uno de sus vellos, las glándulas, las secreciones, si no los escucháramos hablar, sino solo oyéramos chasquidos, si fuéramos conscientes de que cada uno de sus actos ha estado programado con antelación dentro de sus cuerpos, si viéramos esto como un hecho físico, si sus brazos se movieran para nosotros de la misma forma que las hojas se mecen con el viento, o las rocas resbalan por una ladera, con lógica inmisericorde, si pudiéramos verlos hacia el pasado y el futuro, desde un embrión hasta el momento en que su carne se descomponga, si los viéramos como entes diseccionados, con sus órganos proyectados al exterior, si no hubiera dentro y afuera, si ya no fueran individuos, sino variaciones del mismo tema, como hormigas de una colonia, si no entendiéramos de arte y las fachadas de sus edificios, los objetos que cuelgan de sus paredes, las joyas que llevan al cuello, no nos dijeran nada, si todo eso fuera solo materia, un inexplicable desperdicio de energía, o una forma de distribuir los materiales de la tierra, si, en fin, viéramos la verdad, si nos olvidáramos de las palabras por un solo instante, de todos los significados; ¿no sería insoportablemente dolorosa, para nuestro cerebro, esa pureza? Y si ya no pudiéramos volver al estado anterior, al estado corrupto, tergiversado por las palabras, que este permaneciera como un sueño vagamente recordado… Qué horror, o qué insana delicia sería.¹

¹ Enero de 2019.

Fragmento tomado de El mundo real.

El uso de máscaras

Coronavirus = bad.

El uso de máscaras

Una de las doctrinas covidistas más llamativa es el uso generalizado de máscaras, tapabocas o barbijos, entre otras muchas denominaciones que se le da al accesorio ahora obligatorio en muchos lugares que ha de cubrir completamente la nariz y la boca; dejando las más de las veces solamente los ojos a la vista de los otros. En cuanto a este implemento, nunca se oye hablar de suspenderlo, como si se quisiera programar a la población a aceptar su uso de forma indefinida, del mismo modo como cuando un ejército musulmán conquistaba un nuevo pueblo, y luego de matar a los que se opusieran, se obligaba a los sobrevivientes a usar de ahí en adelante sus vestimentas tradicionales.

Las regulaciones varían de país a país, y en general se puede decir que entre más tercermundista, con menor IQ, y una mayor tradición de gobiernos autoritarios es un país, el uso del tapabocas es más estricto. Es evidente que se tratan de medidas coercitivas, que las más de las veces llevan consigo sanciones de multas o incluso cárcel a los infractores. Pero la doctrina de las máscaras es una doctrina preventiva. El principal peligro de una doctrina preventiva, es necesario decirlo, es que es a prueba de críticas; pues no hay manera de probar que de no seguirla las cosas hubieran sido peores; por ejemplo, cuando los Estados Unidos o Israel bombardean de forma preventiva un campo de terroristas, no hay forma de saber a posteriori si estos terroristas hubieran cometido atentados peores en suelo enemigo, o si eran incluso en realidad terroristas.

Los efectos físicos del uso de las máscaras son bien conocidos, y cualquiera que lo desee puede experimentarlos por sí mismo si así lo quiere. Sensación de ahogo y de aislamiento, dificultades en la comunicación; e incluso se han reportado desmayos. Como la misma OMS recomienda, las máscaras deberían ser usadas únicamente por personal médico y personas con síntomas, como tos y estornudos, pues estás son las únicas formas directas en que un virus respiratorio puede transmitirse de humano a humano. Puede ocurrir de otra forma, como que por milagro una partícula virosa haya quedado suspendida en el ambiente o sobre una superficie, pero esto es marginal desde el punto de vista estadístico (hay que anotar que la OMS puede que haga estas recomendaciones racionales apenas del mismo modo como un «policía bueno» lo hace en una situación de interrogatorio policial, mientras los gobiernos locales, es claro, toman el papel del «policía malo»).

Ya se ha explicado que la intención aquí no es entrar en polémicas «científicas», sino en analizar las consecuencias a largo y mediano plazo para la humanidad sujeta a estas doctrinas. No se niega la existencia del Covid–19, como tampoco se niega la existencia del cáncer, la sífilis, el sida, o la misma gripe común. Pero las estadísticas son bien conocidas, y una mortandad que no llega al 1% entre aquellos que contraen un virus, y que no se encuentran en el grupo de riesgo (adultos mayores de 70 años con otras enfermedades preexistentes), no parece suficiente razón para complicar la vida de la gran mayoría de seres humanos sanos. Con lo que todas estas medidas en conjunto lo único que hacen es contribuir a la degeneración de la especie humana; pues aunque los efectos físicos del uso de tapabocas sean molestos; su uso generalizado constituye una amenaza todavía más contundente en el campo psicológico, social y evolutivo.

En cuanto a esto, es claro que entre los principales efectos de la doctrina de las máscaras están la despersonalización, la deshumanización del otro, la pérdida de empatía, y el rechazo instintivo a los demás seres humanos, que ahora son vistos más como posibles infectados ambulantes que como verdaderos individuos. Esto es así porque el cerebro humano ha sido depurado durante millones de años, incluso antes de que este perteneciera a un propio ser humano, para reconocer los rostros de los otros y basar su comportamiento social y afectivo en lo que pudiera ver en esos otros rostros; cuando se interactúa de forma anónima, sin ver otros rostros, se está yendo en contra de este acervo y aprendiendo a comportar no como un humano, sino como un robot. Estos efectos serán más pronunciados entre los niños que aprendan a vivir de este modo, sin saber que antes hubo otra «normalidad»; y en aquellos que por cuestiones de trabajo deban usar del tapabocas todo el tiempo también deberían observarse ya con claridad fenómenos de despersonalización.

Si estas medidas se extienden en el tiempo de manera indefinida, llegará el punto en que solo los viejos conservarán las viejas costumbres del mundo y los jóvenes verán que lo normal es relacionarse sin máscaras solo a través de medios electrónicos.

De otra parte es palpable que el uso de máscaras, no se da tanto por una decisión racional de cada individuo, sino por miedo; si no a contagiarse de una enfermedad virosa (personas que antes no prestaban el más mínimo cuidado a su salud y que todavía no lo hacen se cuentan entre los más fanáticos de las medidas actuales), por el temor al Estado y las medidas represivas tales como multas onerosas, y no menos importante, a la censura social. A partir de cierto punto, todo aquel que no usa máscaras es visto como un paria; del mismo modo que en una sociedad musulmana o cristiana tradicional todo aquel que no iba a los templos era de inmediato despreciado, con lo que incluso las personas inteligentes y pensantes debían fingir su credo. Esta fuerza es tan poderosa que incluso personas que antes se habían mostrado despiertas ante el mundo, han caído contagiadas por este credo. Lo que reafirma que no hay virus más peligrosos que los virus mentales.

Se podría hacer incluso un paralelo con el sida o VIH y la generalización de los preservativos plásticos y el Covid–19 y la masificación del uso de máscaras. Con el VIH se consiguió que casi todo el mundo adoptara al preservativo plástico en sus relaciones sexuales, con una resistencia casi nula. Con el Covid–19, de pronto los gobiernos han decidido que hay que perseguir también la transmisión de las enfermedades aéreas, y ante la intensidad de la propaganda se puede intuir que uno de los principales objetivos del covidismo como tal es la institución en la vida común del uso de las máscaras. Es tanto así que si las demás medidas propuestas por el covidismo no prosperan, este podría declararse victorioso si solo consigue que así como los humanos adoptaron en sus relaciones sexuales el uso de preservativos plásticos por el VIH, hacen lo mismo con las máscaras en su vida regular.

Como en Nosotros, la obra de Yevgueni Zamiatin que inspiró a George Orwell en el argumento de 1984, en el mundo del Estado Único estar sano es uno de los deberes principales de todo ciudadano. Y uno de los principales ministerios en Nosotros (y el más terrible de todos) es el Ministerio Médico.

* * *

Usuarios de las máscaras

Podríamos dividir a los usuarios de máscaras en las siguientes categorías:

1. Personas que sufren de alguna enfermedad contagiosa y que por alguna razón deben aventurarse al exterior (uso válido).

2. Personas que por su trabajo en los servicios de salud deben protegerse de manera especial (segundo uso válido).

3. Personas muy mayores de edad y con una salud débil o deteriorada que temen legítimamente por su salud (tercer uso válido y racional).

4. Personas que por su trabajo en servicios esenciales, como seguridad, ventas al público o industria, se ven obligadas a usar máscaras, por el Estado o los monopolios (estás personas no tienen ninguna posibilidad de elección, como tampoco la tenían los antiguos esclavos. Entre estos es posible que algunos desarrollen sentimientos negativos de inferioridad, o que proyecten su ira interna de esclavos hacia los demás).

5. Personas víctimas de la propaganda que sin estar en grupos de riesgo han desarrollado paranoia ante el virus (estas personas frecuentemente usan también gafas, pantallas para el rostro, o incluso trajes de protección de cuerpo entero, y son buenos ejemplos del éxito de la propaganda covidista).

6. Personas que también por medio de la propaganda se han convencido a sí mismas que lo hacen porque son «buenos ciudadanos», o porque «el bienestar de la mayoría importa más que el de la minoría» (aunque al final sea todo lo contrario). Estos, junto con los apuntados en el numeral 5, son de los más peligrosos, pues actúan como vectores del propio pensamiento covidista. De estas clases surgen los llamados chivatos o informantes que sostienen todo régimen.

7. Personas que finalmente lo hacen por temor a las multas o porque ven a toda la demás gente hacerlo (es posible que sea la mayoría, ya que casi que se ha demostrado empíricamente que el ser humano actúa socialmente no muy distinto a las ovejas de un rebaño).

De esta lista, es claro que los humanos que han caído dentro de los numerales 4, 5 y 6 son aquellos que sostienen la doctrina covidista en la práctica.

* * *

Otras teorías sobre el uso de las máscaras

Hay que mencionar otras teorías, que aunque no se comparta, dado que no es posible evaluar su exactitud con seguridad, deberían también ser tenidas en cuenta, y no ser echadas a un lado sin un somero análisis.

—Se ha sugerido que con el uso de máscaras se pretende también testear de manera masiva nuevos modos de reconocimiento e individualización por medio de cámaras y otras tecnologías que no dependan exclusivamente del rostro.

—Se ha sugerido que como parte de un plan para estabilizar la población mundial, se espera también que el uso de máscaras disminuya la frecuencia de los apareamientos, al convertirse en prácticamente imposible entablar relación con desconocidos. Se podría contradecir este punto anotando que la interacción social romántica sigue siendo posible dentro de las redes sociales, pero es evidente que las redes tienden a virtualizar incluso los encuentros sexuales y es un hecho que empieza a ser reconocido que un efecto colateral de la hipersexualización de la sociedad es la desaparición del propio sexo real.

—Se ha sugerido que el uso de máscaras hace también parte de una operación psicológica, o un experimento sobre las masas. Se sugiere que el mensaje subliminal del uso de máscaras está en obligar al «silencio»; sobre todo ante los abusos de gobiernos y multinacionales, y por supuesto del propio sistema covidista. Los orígenes de esta programación mental se podrían rastrear hasta películas y series de televisión, donde se ha tratado de «normalizar» el uso de máscaras hace un buen tiempo.

—Se ha sugerido incluso que se pretende convertir al humano en una especie de cyborg, no para mejorar sus capacidades, sino para controlarlo más eficientemente. Se sugiere que las máscaras de tela son el primer paso en un camino que llevará inevitablemente al uso de máscaras sofisticadas de metal o plástico, que no podrán abrirse a voluntad, sino solo mediante el permiso del gobierno.

—Se ha sugerido que en determinado punto se hará ilegal incluso conocer el sexo o color de piel de cualquier otro humano, para evitar problemas de discriminación, y que por tanto todo humano será obligado a cubrir su cuerpo por completo por medio de trajes tecnológicos a medida distribuidos por el sistema sanitario, que apenas dejarán a este ver y respirar.

—Es evidente que muchas de estas últimas teorías anónimas rozan la paranoia; y que la paranoia no debería ser el estado normal de una mente normal, pero otra de las nocivas consecuencias de las políticas del covidismo es la intensificación de los problemas mentales entre la población en general.

Líneas MMXX IV

Fábulas del siglo XXI.

Hay un momento terrible en que se puede escribir cualquier cosa pues ya nada significa nada.

* * *

Solo la noche hace soportable el horror de concreto de la ciudad.

* * *

Ellos consiguieron al fin su casa de cuento y entonces nacieron sus primeros monstruos.

* * *

Tal vez no estamos en el mundo de una única posibilidad; sino en el de la posibilidad que nunca ocurre.

* * *

Una vez los buitres se hicieron reyes de las aves. Al poco tiempo a todo aquel que no comió carne podrida lo cogieron a picotazos.

* * *

Las palabras son un laberinto sin resolución.

* * *

Las criaturas son libres de juzgar al Padre Tiempo. ¿Pero quién ejecutará la sentencia?

* * *

Ellos vinieron a visitarnos desde el futuro. Entonces nos destruyeron antes de que los creáramos. Y las cucarachas metálicas empezaron a salir de todas partes.

* * *

Cuando terminó la luz del Sol había alcanzado Gliese 393.

* * *

La verdad es evidente, solo que muy pocos la pueden ver.

* * *

No hay que excederse más allá de los límites naturales.

* * *

Hasta que no te odies a ti mismo hasta el fondo no serás capaz de amarte.

* * *

Aquel que usa el lenguaje del enemigo ya ha perdido.

* * *

A veces, lo único que se puede hacer con la propia mierda es tragarla.

* * *

En el mundo moderno la omisión es crimen; el silencio, digno siempre de sospecha.

* * *

Toda palabra inventada después de 1945 no debería ser usada.

* * *

A nadie le gusta ver las cicatrices.

* * *

En el mundo en red, hay que decir y decir cosas sin decir nunca nada. Los que hacen lo opuesto, son inexpertos, inocentes, no entienden o llanamente no les importa.

* * *

No todas las veces se tiene el tiempo para ser perfecto.

* * *

La distopía siempre ha estado ahí; solo se ha intensificado.

* * *

No ver las noticias es la primera medida para garantizar la salud mental.

* * *

Las erratas son como el pulso de los libros.

* * *

En el primer día de las olimpiadas animales se vieron los cerdos y los buitres, aunque también hubo uno que otro simio y no faltaron las ratas.

* * *

Humano las más de las veces es palabra en clave para idiota.

* * *

Al final, es mejor la belleza que la verdad.

Aproximaciones a la hiperinflación

Niños jugando con fajos de billetes durante la República de Weimar (1922).

Que el dinero deba imprimirse, es algo difícil de entender sin pensar en todo el sistema monetario como una estafa; que una simple pasada de tinta le dé valor de inmediato a un trozo de papel, que este trozo de papel circule durante algún tiempo hasta que un par de años luego esté tan gastado y roto que deba ser devuelto a un banco para que recupere su valor; pero, ¿cómo sabe el banco, si es que lo sabe, cuánto dinero tiene que imprimirse cada día, cuánto tiene que ser reemplazado, y a quién debe llegar ese dinero primero? ¿Cuándo ese trozo de papel deja de ser solo papel y se convierte en dinero? ¿Tan pronto como sale el rollo impreso de la máquina, en sus colores brillantes y opacos, con sus hologramas e imágenes ocultas, o cuando este es cortado y organizado en fajos, o había que esperar a que fuera registrado y luego llevado dentro de un carro blindado de transporte de valores hasta un banco o un cajero automático, dentro de esas gruesas bolsas grises que son como la máxima ambición de cualquier ladrón, y que uno siempre asocia con películas de los años veinte o viñetas de cómic? Y esto, sin mencionar todavía la irrealidad del dinero fiduciario o el dinero electrónico. Es evidente que el dinero fluye de unas manos hacia otras, que hay quienes tienen derecho a imprimirlo y que otros no, que los bancos pueden fabricar dinero con un simple clic, pero al tiempo, esta idea se resiste a entrar en la mente. El dinero es una categoría en sí en nuestra sociedad, algo que se da por hecho, como que el agua y la electricidad lleguen a cada casa; es algo abstracto pero también tangible y neutral, todo el mundo necesita dinero, y se supone que su reparto es justo, es decir, aquel que más trabaja o tiene mayores responsabilidades recibe más y aquel que menos trabaja o realiza actividades más simples y que cualquiera podría realizar, recibe menos; aquello que es precioso y escaso y complejo es costoso, y aquello abundante y simple no vale casi nada. En este sentido es neutral y justo, en que todo tiene un valor y todo es asequible por él. Pero casi nadie se detiene a pensar de dónde proviene.

El dinero abunda, pueden imprimirse millones de billetes en un solo día, pero no se puede alimentar a cada ser humano con solo pulsar un botón. En Venezuela y Zimbabwe ha habido recientemente hiperinflación, como la que hubo en Alemania antes de la Segunda Guerra Mundial, donde para comprar un pan se requerían fajos de billetes. Siempre es extraño que las cosas puedan divergir tanto de país a país, que con solo cruzar una frontera todo pueda diferir de esa forma; este dinero tenía ya tan poco valor que los venezolanos que huían del régimen preferían regalar en los buses los billetes que habían traído consigo, por cualquier moneda, que llevarlos a una casa de cambio.

Si el sistema monetario en sí elude la comprensión, el pensar en la hiperinflación, en sus causas y sus consecuencias, en la escalada de precios que trae consigo, es todavía más inaprensible, casi como tratar de entender las implicaciones de la teoría cuántica. Suena a algo ilógico, pues ¿por qué se iba a seguir imprimiendo dinero cuando este ya no tiene ningún valor? Y si el dinero es una creación del hombre, ¿cómo podía la propia creación del hombre irse en su contra? Como si el dinero fuera un ser vivo por sí mismo, y el ser humano se encontrara en una simbiosis tan profunda con esta especie, que no pudiera prescindir de ella ni aun controlarla. ¿Pero no estaba todo, si se lo veía desde afuera, desde más alto, ausente de cualquier sentido? El mundo es un sistema en un frágil equilibrio, siempre. Y todo sistema humano se organiza siempre de la misma manera, azarosa y sin verdadero objetivo, más allá de su propia preservación, pero si las circunstancias cambiaban entonces estos sistemas podían empezar a fallar, y entre más complejo fuera un sistema más posibilidades de fallo existían; mas los sistemas son también elásticos y dados a la adaptación, pueden resistir, y adaptarse a las nuevas circunstancias. La hiperinflación es un fenómeno tan genuinamente humano, que no puedo pensar en nada que se le asemeje en la naturaleza. Es como si las abejas de una colmena continuaran fabricando miel, aunque esta miel hubiera perdido todas sus propiedades nutritivas y ya no fuera miel, sino un fluido insípido y venenoso, o como si a un árbol con el tronco muerto le crecieran hojas muertas. De repente el sistema decide hacerle la vida un millón de veces más difícil a cada uno de sus individuos, como si hubiera una sequía de verdadero valor, como si nada tuviera ya ningún sentido. Es algo tan humano que lo único que viene a mi cabeza es la palabra desesperación. El sistema desespera, antes de colapsar; pero esta desesperación no es como la que tiene un individuo, que este siente dentro de sí, como si su sangre se helara de repente, sino algo todavía más frío, como un resorte que se expande más allá del límite de resistencia de su material y se quiebra. Y este proceso se repite una vez más; lo más extraño acerca de la hiperinflación es que esta no se detiene nunca, que nadie puede detenerla, nadie puede prescindir de pronto del dinero; la civilización industrial es tan compleja que no puede simplemente volver al trueque o al intercambio de sal. El único modo en que la Alemania de los años veinte pudo detener la hiperinflación fue creando una nueva moneda, el Rentenmark, respaldado por hipotecas sobre la tierra y la industria. Pero las causas profundas de la hiperinflación siguen siendo un misterio incluso para los economistas, y es que tiene que ver con conceptos tan abstractos y humanos, como la «confianza», o el «temor» de que el dinero emitido pierda todo su valor, de un día a otro. El sistema en último lugar solo se sostiene si los humanos creen en él, ciegamente; en el momento en que nadie cree, el sistema se desvanece ante sus ojos, y entonces este sistema debe hacerse de nuevo visible, y la única forma en que puede hacerse visible de nuevo es mediante la fuerza. Y mientras no se encuentre algo mejor que el dinero para medir al hombre, pues esta es su verdadera función, más que servir de unidad de intercambio, este seguirá existiendo, y he aquí que si se encuentra algo mejor esto será algo terrible, pues será una medida tan perfecta, fundamentada en registros electrónicos, que será imposible de evadir, y cada ser humano se convertirá del todo en una suma de números. Si no se cree en el sistema, entonces no se cree en su «realidad», no como en algo que este dado y que sea sólido. Si este pensamiento se expandiera, el sistema colapsaría, y entonces vendría la hiperinflación, y luego la hambruna, y el colapso de los servicios públicos, del agua y la electricidad, y entonces la enfermedad y la guerra, la muerte y el fuego, pero todo esto sería inútil, pues de las cenizas se forjaría poco a poco un nuevo sistema, pues nunca se desvanecería a tal punto que fuera irreconocible, a menos que se asistiera a un colapso total, de naturaleza inesperada y global, y entonces se encontrara un nuevo equilibrio.¹

¹ Marzo de 2019.

Fragmento tomado de El mundo real (versión II).

Dispositivos de control mental

Prototipo de burka desarrollado a fines de los años sesenta (siglo XX).

Uno de los dispositivos de control mental más conocidos es la burka, que al contrario de lo que se cree en la actualidad, no es un vestido tradicional de los países árabes, sino que fue desarrollado a fines de los años sesenta del siglo XX por investigadores de la CIA, dentro del marco de las investigaciones sobre drogas psicodélicas que se llevaron a cabo por aquel tiempo (proyecto MK–Ultra).

La burka, como es sabido, consiste de un ropaje que recubre el cuerpo entero, incluso el rostro, y de uso obligatorio entre las mujeres, especialmente dentro de la la fe islámica. Su primera mención data de Afganistán, cuando los talibanes derrotaron al ejército de ocupación soviético en los ochenta, y libres de establecer su Estado, instituyeron su obligatoriedad, entre otras nuevas medidas que habían acordado con la CIA. Se adujo un retorno a las tradiciones ancestrales del pueblo afgano, pero este atuendo había sido en realidad desconocido en Afganistán, como se puede apreciar en las fotografías y filmaciones previas a la revolución. Fueron los expertos del proyecto MK–Ultra quienes se encargaron de diseminar las pruebas teológicas e históricas que llevan a la confusión actual sobre los orígenes del traje. Aunque en un principio la intención de los responsables de esta operación con la conducta humana había sido hacer este atuendo obligatorio también para los hombres, los miembros de las fuerzas talibanes no se decidieron a dar este paso, por lo que la CIA debió contentarse con que su experimento se llevará a cabo solo con una mitad bien definida de la población.

Las primeras burkas fueron distribuidas a través de bombarderos B–52 que dejaban caer su carga sobre las montañas. La resistencia fue poca, pues aquellos que se negaban a vestir u obligar a usar a sus mujeres el atuendo eran ahorcados o fusilados. Pero pronto lo que antes había sido anormal se convirtió en lo «normal», lo cual complació a los psicólogos del comportamiento de MK–Ultra, infiltrados entre los asesores militares, pues demostraba que sus proposiciones habían sido válidas. A pesar de que el atuendo en sí mismo era un instrumento de tortura que impedía respirar propiamente, reducía la visión, la audición y producía un aislamiento permanente y una disminución general de la información que llegaba a los sentidos, la sociedad organizada bajo una estricta vigilancia pudo seguir llevando sus actividades de un modo «funcional». Otros de los experimentos que se llevaron a cabo en el Estado Talibán fueron la aniquilación del tiempo relativo, con el bombardeo sistemático de ruinas, estatuas, y templos antiguos, de modo que toda referencia al pasado desapareciera, y el diseño de drogas experimentales de naturaleza opiácea que se aspergían sobre la población en general, en pequeñas dosis. Todas estas ideas demostraron su utilidad en el control de poblaciones. Se trataba de eliminar de la vida humana todo lo que no fuera estrictamente necesario para el funcionamiento de un sistema complejo. Con el tiempo ya no fue necesaria ni siquiera la supervisión de los psicólogos y el sistema empezó a andar por sí mismo, sin intervención externa. Se puede decir que entonces el experimento se convirtió en un éxito total. A tal punto, que aunque los talibanes cayeron con el tiempo, la burka sigue siendo hoy usada por la mayoría de la población.

El siguiente paso en el proyecto de los psicólogos no se llevó nunca a cabo. Cuando se hubiera hecho el uso de la burka extensible también a los hombres, los cuales se diferenciarían solo de las hembras por el color de su burka, se pretendía dotar poco a poco a cada burka de cámaras y diversos chip, que facilitarían el rastreo de cada ciudadano, y un dispositivo que repetiría constantemente en voz baja oraciones y consignas dentro de la tela. Este proyecto estaba basado ante todo en la teoría de que privando al cerebro humano de la visión de otros rostros, proceso para el cual este se ha refinado durante millones de años, este no tardaría en ver a los demás como seres deshumanizados, destruyendo toda empatía por el otro (ellos afirmaban que la empatía ha sido siempre una fuerza contraria al avance de la humanidad como un conjunto). De otra parte, se esperaba que la necesaria represión sexual y dificultades de interacción social que se derivarían del uso masivo de la burka, fueran útiles para dirigir las energías de los sujetos hacia actividades como la adoración política y religiosa, y la quiebra de sus voluntades individuales.

Este último paso tuvo que ser archivado, con una nota que avisaba que sería necesario esperar nuevas condiciones para su implementación total. Algunos especulan que estas condiciones ya se han dado o que están prontas a darse, y es posible que para conseguir su objetivo y hacerlo extensible a toda la humanidad los investigadores del MK–Ultra no se valgan ya solo de la fe islámica, sino de un nuevo tipo de credo. Se ha sugerido que puede ser un tipo de credo de naturaleza sanitaria, y que el uso de una burka impermeable y aislada herméticamente será exigido por los mismos ciudadanos, si la atmósfera es envenenada con químicos o se extiende un virus de baja letalidad —lo de baja no por filantropía, sino para que este pueda reproducirse a sí mismo indefinidamente, sin matar a todos los infectados—. Pues su objetivo es estabilizar la sociedad, no exterminarla, para lo que otros métodos han demostrado ser más útiles. Cuando el tiempo sea justo, a todos aquellos que se opongan se les explicará con claridad que las nuevas medidas son necesarias e inevitables, para que el sistema complejo del cual hacen parte sobreviva a su propia expansión, como explican los procedimientos previstos. Mientras tanto, a los que aun así no estén de acuerdo, se les diagnosticará delirio paranoico u otras enfermedades mentales, de modo tal que se adivina que la colaboración del sistema de salud será primordial, y tendrá que ser posiblemente infiltrado por miembros de la organización en una primera fase, antes de que tal como sucedió en el experimento social adelantado en el Estado Talibán, todo empiece a marchar por sí solo.