Un texto

Ilustración de Grandes Chroniques de France, Siglos XIII a XIV.

No hay ningún texto perfecto, pues la naturaleza de un texto está en su misma imperfección. Si uno revisara un texto hasta el fin, hasta despojarlo de todo lo superfluo, lo que quedaría no sería sino un esqueleto vacío, un texto sin «yo», un texto perfecto, pero que tampoco contendría nada humano. Y el objetivo no tendría que ser combinar letras como un químico y esperar descubrir por azar algo nuevo; sino que debería ser dejar que lo vivo se funda en el lenguaje.

¿Qué es un «texto» entonces? ¿Algo en lo que lo vivo desaparece? ¿Algo que reemplaza la carne y la sangre por el papel y la tinta? ¿Y porqué esta imagen habría de ser tan importante como para opacar lo real? Pero la forma en que una imagen existe en un texto, o es un texto, no tiene nada que ver con lo visual, es decir, con la forma en que las imágenes se manifiestan en fotografías o el cine. La imagen del texto es una posibilidad, algo latente, inmerso en lo ideal; la imagen de la televisión o el cine en cambio, ya no es solo un texto, sino que toma forma. Por minuciosa que sea una descripción, esta siempre será ante todo palabras; nunca una forma terminada. Mientras las imágenes de las fotografías y videos corresponden a lo real, incluso siendo modificadas hasta hacer esto real irreconocible, las imágenes de lo textual aparecen ligadas de forma profunda a lo ideal y abstracto. Si fuera mi «yo», mi forma física, lo que quisiera que perdurara en el mundo, no habría nada más sencillo que subir fotografías, y pensamientos simples, y eternizarlos en el presente de la red; y esperar que estas imágenes subsistieran durante milenios en los servidores, hasta que este mismo sistema, saturado de imágenes que ya nadie tendría la posibilidad física de ver, los borrara inadvertidamente, e hiciera nuevo espacio dentro de sí, donde la ilusión de la perpetuidad continuara vigente para nuevas generaciones. Una eternidad, que solo existiría en el presente.

¿Es entonces el texto, más durable, es una mejor forma de extender el «yo»? ¿Puede separarse la obra de su creador? Pues, si el objeto del texto no es trascender el tiempo, ¿para qué tanto esfuerzo? Pero no hay nada de mí que quisiera llevar más allá de su presente físico. No soy mejor que nadie; no es la eternidad de mi propio yo fallido lo que busco. Hoy día esto suena a puro egoísmo; ya no estamos a principios del siglo XX, cuando a los poetas se los premiaba y se escuchaba sus versos, de una forma similar a como se oía a los profetas apocalípticos o los sacerdotes. Entonces se creía que el poeta traía al mundo la verdad; pues solo los poetas y artistas entre todos eran capaces de materializar este prodigio. Y los demás escuchaban y se inclinaban. Hoy esto es imposible; ya nadie cree que nadie sea superior a nadie, ni que haya regiones de la consciencia o el conocimiento vedadas a mayorías subyugadas. Es decir, todo yo se cree superior a todos los demás yo, pues este es uno de los mantras de la época, sino el principal, el yo que es valioso por el simple hecho de ser, y este no se mide jamás, pero en silencio, mientras por fuera la sociedad ha creado un trasfondo igualitario que lo equilibra. En un mundo así la poesía ya no tiene ningún valor. Nadie escucha ya. Cada uno de los seres alfabetizados del mundo tiene voz y voto para juzgar al «genio». En este sentido ya ningún texto es leído, sino analizado, comparado, extendido sobre el potro de torturas, diseccionado, y finalmente apartado.

Los números son enemigos de la poesía. Pudo haber decenas, cientos, algunos miles, pero cuando los poetas se cuentan por millones, ya es imposible ver nada trascendente en su actividad. Ya no son más poetas, sino gente que escribe un poema. Un «texto».¹

¹ 2019.

Para más notas sobre mitos y monstruos ver Notas al mundo real.

Las redes

Rechaza la modernidad.

Mis pensamientos no son míos, con toda seguridad, mis sensaciones, son el resultado de la presión ejercida por la evolución sobre miles de ancestros, y ahora¹ mi rostro es algo que le pertenece también a los demás, a las cámaras y aplicaciones en red. Mi cara está expuesta, puede ser tomada como entre las garras de un ave de rapiña que arranca la piel frontal de un cráneo, solo con desearlo. Pues, ¿para qué un rostro existe, quiero decir lo que nosotros percibimos como un rostro, sino para servir de advertencia o llamado a aquellos capaces de leerlo?

* * *

En las épocas de los antiguos el día a día, mundano o brutal, no perduraba. Únicamente los grandes guerreros y reyes, los sabios genuinos y los dioses, tenían el derecho a perpetuar su imagen. Pero en la era moderna, la tecnología cambió esto. Y desde que la fotografía ha caído en manos de las masas, y la imprenta es un invento superado por las bases de datos electrónicas, el ahora persistirá en el futuro tal como se presentó, sin matices ni líneas borrosas, sin revisiones ni segundos borradores, sin líneas auras; sino en su aspecto más imperfecto e inmediato. Que los datos que conservan Facebook o Twitter puedan preservarse en teoría hasta el fin de los tiempos, debiera bastar para que esta generación abriera los ojos con espanto; su obra colectiva será la primera de esta índole que le dé forma a una época, y que haya dejado su legado a la posteridad de forma completamente «democrática».

¿No es algo que produce prevención, el saber que en el futuro otras inteligencias puedan ver la propia vida, como la de una cobaya? Pero quizás en un futuro muy lejano, incluso los humanos lleguen a ser tan distintos de lo que hoy son, que nuestras máximas vulgaridades les parezcan incomprensibles, que pierdan toda su vulgaridad, y encuentren allí un nuevo enigma. Verán un mundo distinto y grotesco, en el cual les será difícil reconocerse, una utopía, o algo inalcanzable. Al menos eso es lo que nosotros preferiríamos, que nuestros descendientes fueran incapaces de comprendernos, para al menos poder tender ese velo y que nuestra brutalidad de especie joven no se manifieste tan rotunda. Pero también inquieta la posibilidad de que este ahora conservado por las bases electrónicas produzca el efecto contrario de detener la historia, a la manera de sondas atadas a las profundidades que varan un buque; y que el pasado se funda con el presente y ya nada cambie, sino que simplemente se recicle, y el ser humano esté tan satisfecho de su reflejo que no quiera separarse de él. Y ya nunca queramos ser nada más.

Entonces, lo que antes fuera exclusivo de las grandes riquezas o los intelectos artísticos, algo que solo ellos podían alcanzar, por posición social o talento innato, se ha puesto al alcance de todos. Cada ser humano se ha hecho dueño de su imagen. Así, las multitudes han descubierto, gracias al espejo digital, como si advirtieran por primera vez su imagen en un arroyo, que pueden ser individuos, que ya no los define su pertenencia a algo mayor, que esto ya no hace parte de sus obligaciones, sino que pueden ser ellos mismos. Pero, ¿qué le sucederá a estas masas, si es que alguna vez dan este paso, y la prisión virtual no los eterniza en este estado infantil de deslumbramiento, cuando la consecuencia lógica de este descubrimiento se abra ante sus ojos? ¿Cuando perciban en toda su plenitud que su adorado individuo no es nada valioso, por sí mismo, sino algo repetido y vulgar? ¿Cuando vean que el espejo no les devuelve sino vacío? ¿Cuando reconozcan que el otro, es siempre ellos mismos? ¿Que ahora, como individuos cercenados al fin de toda comunidad real, están absolutamente solos? ¿Que su carga, solo le pertenece a ellos?

¿Serán todos copias baratas de Nietzsche? ¿Perderán todo interés, incluso por reproducirse? ¿La rueda volverá al punto de partida? ¿O sentirán un ansia compartida por desaparecer?

* * *

Hay algo evidentemente malo en la granja humana virtual, que no atenúa la división, sino que antes hace que esta separación entre el mundo y el propio ser sea doblemente dolorosa.

En la ficción de la comunidad global, la seguridad del aislamiento, y la ilusión de lo virtual, se funden en un consumo continuo de información e imágenes; las relaciones se dan a través de formas mediadas por otros, y los flujos de datos se conservan en nodos ocultos, como pruebas o recuerdos por los que usan estas formas. Esta forma segura y no física de comunicación genera una adicción, y reemplaza casi del todo la necesidad por una comunicación real, que para muchos ya pierde cualquier sentido, ya se siente menos real que la aparente sinceridad y apertura que se encuentra en las redes. Lo real se vuelve de este modo irreal; lo cual es una de las características de este nuevo mundo virtual, que conforme el usuario pasa más tiempo en las redes, lo real palidece y pierde sustancia. Cada nueva aplicación que soluciona un problema del mundo, consigue que un faceta más del mundo tenga que ser mediada por lo virtual para existir. Las relaciones reales no lo son hasta que consiguen entrar a este mundo virtual; antes no existen. Este mundo exige como requisito para entrar al mundo social, firmar los contratos de prestación de servicios de las aplicaciones de mensajería y social media, sin la autorización explícita para desaparecer en su flujo anónimo de datos, no se existe ya más. El ser social ya no está solo bajo la mirada del Estado o como una vez fue, la Religión; sino que también debe sujetarse a los términos de servicio de las Empresas de Silicon Valley, que inadvertidamente llegan a superar en importancia a todo lo demás que media con el individuo. Pues todo lo que estas empresas decidan que no es soportado dentro de sus redes, de inmediato cesa de existir. El contrato social ya no es en esencia algo que se hace con el Estado, sino con empresas privadas de alcance global, sin rostro aparte del siempre amigable CEO, que en algunos casos están también de forma íntima mezcladas con los nodos de poder político. El conformismo de un sistema tal es intrínseco, pues el hecho de comunicarse en sí por una red determinada, ya presupone una aceptación implícita de la neutralidad o legitimidad de esta red, llámese Twitter, Facebook o Instagram, y de los operadores locales de fibra óptica o datos. Y dentro de este flujo masivo de información, solo lo inmediato puede ser aprehendido; mientras que el pasado es archivado.

Todo lo que sucede fuera de las redes, se ve por fuerza prehistórico, neolítico. La eficiencia de las redes supera de tal modo cualquier cosa que hubiera habido antes que no hay forma humana de competir con su velocidad y alcance. Comunicarse a través de cartas escritas o avisos que se dejan en las calles, o tratar de hacer conocer de forma masiva un mensaje de un modo que no esté mediado por estas redes, es algo impensable hoy. Igualmente cualquier mensaje que surja fuera de las redes, y sea replicado luego dentro de estas, entrará a formar parte ya de la red, y será a partir de este punto mediado por esta. Tal visión total y omnipresente de la tecnología, es desmoralizante para quienes, por idea o instinto, se le oponen o desconfían de ella. La misma palabra tecnología ha sido alterada, y con este eufemismo se designa ahora lo innombrable; es decir el conglomerado de capital privado y estatal que subyace detrás, enquistado en los nodos de la red. La tecnología es el capital, el centro mismo del cual este irradia. Y el avance de la tecnología es el avance del capital, así como su hundimiento representaría su retroceso.

Pues el monstruo Gerión nunca se detiene, una vez se ha puesto en marcha, con sus tres pares de brazos y piernas, sus tres cuerpos, sus tres caras.

¹ Mediados de 2019.

Para la versión completa de este texto ver Notas al mundo real.

Axiomas Covid 1984 III

Coronavirus = bad.

Interiorización

En cuanto al covidismo y el rechazo instintivo que produce en cierto porcentaje de la población, se puede decir que la división de la especie humana en dos vertientes cada vez más antagónicas e irreconciliables no es algo reversible, sino una consecuencia misma del desarrollo de sistemas complejos de comunicación. Es posible incluso que esta división se fundamente en ciertos genes, y que por más que el sistema quiera unificar a todos los habitantes del planeta en pensamiento y acción, exista siempre una minoría que por instinto sentirá necesario ir en contra del pensamiento dominante.

Los líderes de la sociedad saben bien cómo inocular el pensamiento dominante y cómo ha de ser interiorizado este por cada ser humano. En 1984, O’Brien informa a Winston Smith, mientras este es sometido a la tortura, de tres pasos; aprendizaje, entendimiento y aceptación. Con las doctrinas covidistas no es diferente. Ellos provocan un shock, y nos tienden casi de inmediato, como por arte de magia sus soluciones. La labor del humano es entonces aprender lo que el sistema nos quiere enseñar (a «cuidarnos»), interiorizarlo y comprenderlo («es por nuestro bien») y finalmente aceptarlo como necesario (si cumplimos con lo que se nos ordena todo «saldrá bien»). Se ha escrito que por miedo, pero esto no agota el tema. Para comprender algo más a fondo la psicología del pensamiento de rebaño, habría que aclarar que no todas las ovejas son iguales. Hay ovejas optimistas, ovejas pesimistas, y ovejas esquizos.

La oveja optimista piensa con toda seriedad (las más de las veces no lo piensa, sino que este pensamiento es implantado dentro de su cerebro, pero para este caso de análisis es lo mismo), que el gobierno y las instituciones en realidad están velando por su seguridad y que todo lo que ordenan se basa en premisas racionales e imparciales. Siente miedo, pero este miedo es contrarrestado por el pensamiento de que el Estado Todopoderoso y la Humanidad Unida saldrán al fin adelante de las adversidades y que las medidas aunque molestas son solo temporales. Con lo que al usar una máscara, al permanecer encerrado dentro de su vivienda, al cambiar sus hábitos esta persona–oveja no solo interioriza el mandato, sino que se tranquiliza a sí misma diciéndose que mientras todos obedezcamos las nuevas órdenes todo saldrá bien. Entonces cree con toda seriedad que una «cuarentena» en la que apenas la mitad de la población permanece encerrada va a hacer que un virus que ya se ha extendido por todo el globo desaparezca (si esto funcionara, ¿porqué no se ha declarado nunca una cuarentena global contra el virus de la influenza, o el VIH y estos no han desaparecido para siempre?), o que siguiendo unas flechas marcadas en el piso por los pasillos de un supermercado lo hará menos vulnerable (como si una partícula suspendida en el aire fuera a seguir estas mismas líneas). Esperan el desarrollo de una vacuna o que el gobierno les informe oportunamente un día que el virus ha de pronto desaparecido o que ya no es peligroso. Esta persona–oveja confía ciegamente en su pastor y piensa que si es obediente todo saldrá bien y la «normalidad» regresará pronto, si no hoy, en seis meses, un año, o cinco años, dependiendo de la fase de interiorización en que se encuentre. Si esto no es así, esta oveja puede incluso empezar a pensar que las cosas son mejores así que antes, y justificará así a sus captores, pues todo esclavo con el tiempo creerá que sus cadenas son necesarias, y si alguna vez se las quitan extrañará su peso.

La oveja negativista por su parte, cree lo mismo que la oveja positivista, pero se prepara para una lucha más ardua. Podríamos decir que su diferencia con la oveja positivista es solo de grado. Cree que las medidas de los gobiernos no funcionan no porque sean ilógicas y no racionales, sino porque no se implementan con la debida contundencia. La oveja negativista sospecha que las cosas son diferentes a como las cuentan los pastores, pero aun así cree que esto es por el bien de la mayoría, para que no haya «pánico». La oveja negativista cree que las cuarentenas fallan porque no son lo suficientemente estrictas, no porque sea imposible encerrar a toda una población sin que de inmediato se extiendan el hambre, el desabastecimiento y la hiperinflación. La oveja negativista cree que las máscaras no funcionan porque la gente no las usa adecuadamente o porque se necesita de máscaras de mejor grado de protección; etcétera. Es el mismo pensamiento del fanático ideológico que perdona al comunismo, porque nunca ha sido establecido correctamente (en vez de aceptar que se trata de una idea fallida desde su misma concepción). Esta oveja está dispuesta a hacer los mayores sacrificios necesarios, pero al igual que la oveja positivista sigue pensando que habrá una luz al final del túnel; solo que esta costará muchas más lágrimas y sangre.

La oveja esquizofrénica, por su parte, es la única que por predisposición genética está preparada a negar y dudar en todo momento de las intenciones de sus pastores. Por ejemplo, mientras la psiquiatría califica la sensación de tener pensamientos invasivos como una patología, el esquizo solo reporta en tales casos la realidad de que todo pensamiento es en el fondo un pensamiento implantado desde el exterior; o cuando se escribe que un factor de riesgo para la esquizofrenia es haber sido criado en una ciudad, esto significa que el esquizo es el único que se da cuenta de la verdad de que tal ambiente es una celda, un zoo de la civilización antinatural. Puede que algunas de sus conclusiones sobre la realidad sean paranoides, pero solo lo son porque en un mundo enfermo los únicos preparados para percibir la verdad de las cosas como realmente son, son precisamente aquellos que en este mundo son marginados y etiquetados como enfermos e inadaptados. Así, la oveja esquizo sabe que si sus amos se han tomado tanto trabajo para modificar el comportamiento de sus ovejas, y si esto les resulta favorable en algún sentido, así sea solo en demostrar su poder, la intención secreta de sus amos es hacer estos cambios permanentes en el tiempo. La oveja esquizo sabe que si ellos promueven una «nueva normalidad» como algo beneficioso para la humanidad, es porque ese es realmente el ideal al que apuntan. Ese es su objetivo; las circunstancias puntuales son solo una excusa. La oveja esquizo sabe lo que O’Brien sabe; que el único deleite y motivo del poder es la opresión sobre aquellos que están abajo. Entonces, las ovejas normales, positivas y negativas desprecian y temen por igual a las ovejas esquizo; pues esta representa la verdad que temen tanto, que no pueden ni siquiera asimilar; que el pastor en realidad no cuida de ellas, sino que es solo un opresor; que si ellos aceptan lo que él les dice que hagan están renunciando para siempre a lo que había atrás.

Las ovejas positivas y negativas simplemente han comprado la propaganda del miedo que les vende el sistema a un módico precio (el precio de ciertas libertades). No obstante, con el tiempo estas ovejas interiorizarán la necesidad de los nuevos comportamientos artificiales implantados, tal como lo han hecho innumerables veces en la historia. Seguirán usando máscaras, siguiendo líneas en el piso y permaneciendo en sus hogares hasta que olviden por qué lo hicieron en primer lugar (estos procesos tienen una duración de cinco a diez años).

Es claro para la oveja esquizo que la intención de la élites es hacer sus «soluciones» permanentes. Esto no quiere decir que lo vayan a conseguir. Si la propaganda falla o se relaja, o antes de completar el ciclo de cinco a diez años de difusión y aceptación esta se hace confusa, los comportamientos naturales pueden volver a manifestarse de inmediato (ver axioma 2 de la parte I). Si estas élites no están dispuestas a ejercer su tiranía de forma contundente, pueden fallar. Si no consiguen convencer a todos los niveles inferiores de su pirámide de poder en que sus soluciones son necesarias al 100% (también por medio del miedo), pueden fallar. Si cada siervo no obedece ciegamente, pueden fallar. Ellos no pueden vigilar efectivamente cada ser humano en todo momento, por ahora.

Si sus intenciones fallan, esto no invalidaría la existencia de un pensamiento covidista, sino solo nos mostraría su fracaso, aunque fuera temporal. Es posible que su intención no sea tampoco instalar el sistema hipocondríaco covidista de inmediato, de una sola vez, sino que se conformen con pequeños pasos en esa dirección. Ellos saben que esto no es posible, y por eso sus medidas indefinidas se extienden en el tiempo poco a poco, quincena a quincena, mes a mes, semestre a semestre.

* * *

Preparación de las élites

La aparición de un nuevo virus puede haber cogido por sorpresa a la población en general, pero no así a sus líderes; de un momento a otro salió a la luz que ellos ya lo tenían todo preparado, cómo afrontarlo, con qué medidas, y qué nuevas palabras se harían necesarias introducir en la programación neurolingüística para que cada oveja entendiera su nuevo papel dentro del necesario ajuste del sistema; las medidas de la OMS y los filantropistas como Bill Gates habían estado refinándose durante años, esperando el momento correcto para ponerse en marcha. El covidismo no es algo improvisado, ni fruto de las circunstancias, sino un sistema de creencias que lleva años en la sombra esperando tomar las riendas del poder. Los hechos son bien conocidos y documentados; la celebración del Evento 201 en octubre de 2019, la realización en Wuhan de ejercicios militares al tiempo que el virus aparecía no muy lejos de los laboratorios de investigación de propiedad de George Soros y Bill Gates, la manipulación desde 2015 en laboratorios de diversos virus respiratorios en base a virus de murciélagos y otros animales.

Aquellos que ante las alarmas ingenuamente pensaron en un inminente colapso no pudieron estar más equivocados; ellos no permitirán que esta sociedad colapse, a cualquier costo, lo cual incluye el sacrificio de un porcentaje aceptable de ovejas, ya sea llevándolos a caer en la miseria o el hambre. Al respecto del pronombre genérico ELLOS, no es que pensemos en ellos como una sociedad secreta ni un culto satánico, ni siquiera una organización como tal. ELLOS se refiere aquí más bien a un sistema de poder, con complejas interacciones y entramados, más que a unos individuos concretos, aunque es evidente que haya ciertos individuos con más voz y poder dentro de este entramado, muchos de los cuales se llaman a sí mismos «elegidos». Los gobiernos locales son solo un peldaño intermedio dentro de la estructura de poder global. Una vez el sistema covidista ha entrado en las mentes de las masas, principalmente de las masas intermedias con cierto poder, este sistema solo busca como todo sistema su propia preservación y extensión en el tiempo y el espacio. Con cada vez más personas dependiendo materialmente o psicológicamente del nuevo sistema covidista, o simplemente encontrándose cómodos dentro de él, el sistema se hace más fuerte.

El objetivo de estos apuntes, no va en todo caso dirigido a inducir una revolución organizada contra este desarrollo natural de las cosas, ni siquiera a abrir los ojos a aquellas ovejas positivas o negativas que se encuentran en este momento interiorizando el nuevo sistema covidista mediante el proceso de shock, y que en este punto deben hallarse ya en la fase de aceptación. El mensaje va dirigido solo a aquellos esquizos o genéticamente preparados para pensar; para que dirijan sus esfuerzos en la dirección individual correcta. Es inútil discutir o tratar de convencer a una oveja de que deje su rebaño; es inútil enfrentarse solo a un sistema organizado a nivel global. Pero se puede tratar de hacer las cosas difíciles para el sistema. Los sistemas necesitan de los seres humanos y la mayor parte de estos son seres cómodos, perezosos y sin voluntad de poder. Cada pequeño acto de ejemplo cuenta; y cada individuo debe pensar primero en qué es correcto y qué no, en base a sus propias necesidades e intuición. Ellos pueden dibujar líneas en el piso u obligar a andar con el rostro cubierto, ponerle precio al aire o a dar cada paso, pero no pueden vigilar cada metro cuadrado ni cada ser humano. La entropía siempre puede salirse de su control y el caos engendrado irse en contra de su creador.

Mas, estos pensamientos no deben hacer olvidar que el proceso general al que se dirige la especie humana es uno que lo lleva directamente hacia la debilidad y la dependencia cada mayor de un sistema organizado.

* * *

Teorías sobre el origen del virus

Las élites han demostrado tal grado de preparación para la eventual «pandemia» del Covid–19, al menos en teoría, que no asombra conocer que no han sido pocas las teorías que han surgido pretendiendo explicar el curso de los hechos en base a conspiraciones y hechos que no han sido científicamente probados. Algunas son simplemente descabelladas, o demasiado fantásticas para pensar en estas solamente como planes para un futuro todavía lejano. Pero en el fondo no importa si un hecho ha sido intencional o no; o si la causa ha precedido la consecuencia, pues los hechos no cambian. Puede ser que la civilización no haya surgido como una conspiración ancestral para hacer las masas más débiles y dóciles; pero el resultado es el mismo. Puede que el capitalismo no se haya desarrollado para sostener una población parasitaria dentro del Estado más rico y próspero del planeta en base al sacrificio indiscriminado de aves de corral y ganado; pero así es que ha terminado. El esquizo puede ver las verdades que el común de las ovejas no; pues las ovejas están programadas para aceptar su realidad como necesaria. Puede que las élites no hayan planeado conscientemente el diseño de un virus de baja letalidad perfecto para expandirse indefinidamente dentro de la población, casi imposible de aniquilar, y de este modo extender su control; pero igual ellos han manejado la situación de la misma manera; para conservar y extender su poder y riqueza. Puede ser también que los monopolios tecnológicos no sean una aberración sino al contrario una característica intrínseca del sistema, pero eso no los hace «mejores». Con lo que la búsqueda de conspiraciones y conspiradores es lo menos importante aquí, pues el sistema ya está en marcha; mas hay varias teorías contrarias entre sí que de acuerdo a el futuro desarrollo de los acontecimientos, y el panorama presente, podrían demostrarse más o menos acertadas. Algunas de estas van desde culpar a los chinos, al propio gobierno norteamericano, a Bill Gates o al Estado de Israel; o incluso a la tecnología 5G. También se dice que el virus pudo haber escapado por accidente del laboratorio, o que se trata de un híbrido con el VIH.

No obstante, la versión oficial y generalmente aceptada es que el virus ha surgido de manera natural de un mercado de China. Si esto es así, no se trataría de ningún supervirus con capacidades desconocidas y como todas las recientes pandemias, debería alcanzarse un punto de inmunidad natural, y el virus debería hacerse inocuo por sí mismo. Las medidas restrictivas de los gobiernos no podrían sostenerse por mucho tiempo sin ir en contra de la realidad, con lo que solo seguirían implementadas en entornos limitados.

Pero existe también la posibilidad de que el virus haya sido desarrollado por una coalición globalista de conglomerados tecnológicos, poderes en la sombra, y una facción del establecimiento norteamericano, con el necesario apoyo financiero del sistema bancario. Se ha prometido a China que conservará su independencia, pero es claro que el resto del mundo caerá bajo el dominio de facto de esta coalición, que se encargará de debilitar los gobiernos nacionales, sobre todo el de Estados Unidos, a fin de que el poder real recaiga cada vez más dentro de las instituciones globalistas como la OMS, y los monopolios tecnológicos. En este escenario es evidente que el virus no ha sido diseñado para poder ser erradicado, sino para extenderse indefinidamente en el planeta, de modo que «aprendamos a vivir con él», de la forma como nos ordene el Ministerio de la Salud global. Los poderes locales han sido coaccionados a colaborar bajo la amenaza implícita de liberar virus todavía más letales si no lo hacen. En este escenario, la caída de Trump a la que parecen apuntar todos los últimos movimientos del tablero, con la histeria del #BLM, es solo una excusa para la necesario debilitación del poder local. Una vez los Estados Unidos caigan, habrá un efecto dominó que favorecerá a estas élites. El covidismo serviría entonces para extender en el tiempo los recursos del planeta para uso principal de sus élites, mientras se mantiene a las ovejas en un estado de semisugestión hipnótica.

Estas son también teorías provisionales, y de acuerdo a los hechos pueden demostrarse más o menos correctas; pero es evidente que no riñen con la realidad, sino que al contrario esta pareciera alienarse con estas presunciones. En todo caso el sistema ya está en marcha y sus consecuencias serán las mismas; incluso si el virus es natural y decae, las élites encontrarán un nuevo virus o una nueva excusa para extender la «nueva normalidad». Pues es evidente que la guerra contra los virus es solo la sucesora inmediata de la guerra contra el terrorismo, para interiorizar la vigilancia invasiva y el control de la población, y que esta bien podría ser reemplazada en unos años por una «guerra» contra una amenaza del espacio exterior, como un meteorito, un cometa o un evento cósmico todavía desconocido.

Para todos los post de esta serie ver el tag Axiomas Covid 1984.

Insana pureza

Solaris (1972).

Nunca vemos las cosas tal cual son, pues si así lo hiciéramos, caeríamos en la desesperación. Podemos tener breves intuiciones de la verdad, del mundo y las personas como objetos en una realidad tridimensional, y estas impresiones suelen ser casi paralizantes; un continuo de verdad, en el que percibiéramos todo tal cual es, es algo inimaginable, pues sería insoportable, más allá de la capacidad del cuerpo y el cerebro humanos. Pues si no tuviéramos cerebro, si este no se hubiera desarrollado hasta tal punto, no importaría, si fuésemos como plantas, árboles o incluso animales, aunque algunos de ellos, los más evolucionados, y pienso en ballenas, en delfines y elefantes, parezcan a veces ya tener que soportar este peso, el de ver al mundo e intuir su realidad, y en ocasiones también enloquezcan, les sea insoportable, si fuésemos pequeños gusanos o bacterias, viviríamos en la realidad, y esta realidad, a pesar de todo lo terrible que contiene, nunca podría doblegarnos; estaríamos a salvo, no en la ignorancia, pues no hay saber verdadero más allá de la existencia, sino en algo más, en la pureza, podría decirse. Pero desde que poseemos un cerebro evolucionado todo puede además de percibirse tal cual es, o tal cual es para nuestro cuerpo, ser también interpretado e intuido, y esta interpretación, a la vez que nos salva, haciendo que veamos siempre el significado, y no lo que está ahí, también puede abismarnos en la realidad, haciendo que dotemos de significado lo que en realidad no tiene ninguno, lo que solo es. Entonces, en vez de ver a una reunión de seres humanos, cada uno dotado de un nombre, un vestido y una determinada posición en la sociedad, con ciertas características individuales, un modo de hablar o de sostener la mirada, si por decir algo, en vez de mirar a María o Juan, viéramos todo el tiempo su piel, cada uno de sus vellos, las glándulas, las secreciones, si no los escucháramos hablar, sino solo oyéramos chasquidos, si fuéramos conscientes de que cada uno de sus actos ha estado programado con antelación dentro de sus cuerpos, si viéramos esto como un hecho físico, si sus brazos se movieran para nosotros de la misma forma que las hojas se mecen con el viento, o las rocas resbalan por una ladera, con lógica inmisericorde, si pudiéramos verlos hacia el pasado y el futuro, desde un embrión hasta el momento en que su carne se descomponga, si los viéramos como entes diseccionados, con sus órganos proyectados al exterior, si no hubiera dentro y afuera, si ya no fueran individuos, sino variaciones del mismo tema, como hormigas de una colonia, si no entendiéramos de arte y las fachadas de sus edificios, los objetos que cuelgan de sus paredes, las joyas que llevan al cuello, no nos dijeran nada, si todo eso fuera solo materia, un inexplicable desperdicio de energía, o una forma de distribuir los materiales de la tierra, si, en fin, viéramos la verdad, si nos olvidáramos de las palabras por un solo instante, de todos los significados; ¿no sería insoportablemente dolorosa, para nuestro cerebro, esa pureza? Y si ya no pudiéramos volver al estado anterior, al estado corrupto, tergiversado por las palabras, que este permaneciera como un sueño vagamente recordado… Qué horror, o qué insana delicia sería.¹

¹ Enero de 2019.

Fragmento tomado de El mundo real.

Axiomas Covid 1984 II

Bandera de la OMS adoptada en 2084.

El uso de máscaras

Una de las doctrinas covidistas más llamativa es el uso generalizado de máscaras, tapabocas o barbijos, entre otras muchas denominaciones que se le da al accesorio ahora obligatorio en muchos lugares que ha de cubrir completamente la nariz y la boca; dejando las más de las veces solamente los ojos a la vista de los otros. En cuanto a este implemento, incluso aunque la «pandemia» baja de intensidad, nunca se oye hablar de suspenderlo, como si se quisiera programar a la población a aceptar su uso de forma indefinida, del mismo modo como cuando un ejército musulmán conquistaba un nuevo pueblo, y luego de matar a los que se opusieran, se obligaba a los sobrevivientes a usar de ahí en adelante sus vestimentas tradicionales.

Las regulaciones varían de país a país, y en general se puede decir que entre más tercermundista, con menor IQ, y una mayor tradición de gobiernos autoritarios es un país, el uso del tapabocas es más estricto. Es evidente que se tratan de medidas coercitivas, que las más de las veces llevan consigo sanciones de multas o incluso cárcel a los infractores. Pero la doctrina covidista es una doctrina preventiva. El principal peligro de una doctrina preventiva, es necesario decirlo, es que es a prueba de críticas; pues no hay manera de probar que de no seguirla las cosas hubieran sido peores; por ejemplo, cuando los Estados Unidos o Israel bombardean de forma preventiva un campo de terroristas, no hay forma de saber a posteriori si estos terroristas hubieran cometido atentados peores en suelo enemigo, o si eran incluso en realidad terroristas.

Los efectos físicos del uso de las máscaras son bien conocidos, y cualquiera que lo desee puede experimentarlos por sí mismo si así lo quiere. Sensación de ahogo y de aislamiento, dificultades en la comunicación; e incluso se han reportado desmayos. Como la misma OMS recomienda, las máscaras deberían ser usadas únicamente por personal médico y personas con síntomas, como tos y estornudos, pues estás son las únicas formas directas en que un virus respiratorio puede transmitirse de humano a humano. Puede ocurrir de otra forma, como que por milagro una partícula virosa haya quedado suspendida en el ambiente o sobre una superficie, pero esto es marginal desde el punto de vista estadístico (hay que anotar que la OMS puede que haga estas recomendaciones racionales apenas del mismo modo como un «policía bueno» lo hace en una situación de interrogatorio policial, mientras los gobiernos locales, es claro, toman el papel del «policía malo»).

Ya se ha explicado que la intención aquí no es entrar en polémicas «científicas», sino en analizar las consecuencias a largo y mediano plazo para la humanidad sujeta al covidismo. No se niega la existencia del Covid–19, como tampoco se niega la existencia del cáncer, la sífilis, el sida, o la misma gripe común. Pero las estadísticas son bien conocidas, y una mortandad que no llega al 1% entre aquellos que contraen un virus, y que no se encuentran en el grupo de riesgo (adultos mayores de 70 años con otras enfermedades preexistentes), no parece suficiente razón para complicar la vida de la gran mayoría de seres humanos sanos. Con lo que todas estas medidas en conjunto lo único que hacen es contribuir a la degeneración de la especie humana; pues aunque los efectos físicos del uso de tapabocas sean molestos; su uso generalizado constituye una amenaza todavía más contundente en el campo psicológico, social y evolutivo.

En cuanto a esto, es claro que entre los principales efectos de la doctrina covidista de las máscaras están la despersonalización, la deshumanización del otro, la pérdida de empatía, y el rechazo instintivo a los demás seres humanos, que ahora son vistos más como posibles infectados ambulantes que como verdaderos individuos. Esto es así porque el cerebro humano ha sido depurado durante millones de años, incluso antes de que este perteneciera a un propio ser humano, para reconocer los rostros de los otros y basar su comportamiento social y afectivo en lo que pudiera ver en esos otros rostros; cuando se interactúa de forma anónima, sin ver otros rostros, se está yendo en contra de este acervo y aprendiendo a comportar no como un humano, sino como un robot. Estos efectos serán más pronunciados entre los niños que aprendan a vivir de este modo, sin saber que antes hubo otra «normalidad»; y en aquellos que por cuestiones de trabajo deban usar del tapabocas todo el tiempo también deberían observarse ya con claridad fenómenos de despersonalización.

Si estas medidas se extienden en el tiempo de manera indefinida, llegará el punto en que solo los viejos conservarán las viejas costumbres del mundo y los jóvenes verán que lo normal es relacionarse sin máscaras solo a través de medios electrónicos.

De otra parte es palpable que el uso de máscaras, no se da tanto por una decisión racional de cada individuo, sino por miedo; si no a contagiarse de una enfermedad virosa (personas que antes no prestaban el más mínimo cuidado a su salud y que todavía no lo hacen se cuentan entre los más fanáticos del covidismo actual), por el temor al Estado y las medidas represivas tales como multas onerosas, y no menos importante, a la censura social. A partir de cierto punto, todo aquel que no usa máscaras es visto como un paria; del mismo modo que en una sociedad musulmana o cristiana tradicional todo aquel que no iba a los templos era de inmediato despreciado, con lo que incluso las personas inteligentes y pensantes debían fingir su credo. Esta fuerza es tan poderosa que incluso personas que antes se habían mostrado despiertas ante el mundo, han caído contagiadas por el credo covidista. Lo que nos reafirma en que no hay virus más peligrosos que los virus mentales.

Se podría hacer un paralelo con el sida o VIH y la generalización de los preservativos plásticos y el Covid–19 y la masificación del uso de máscaras. Con el VIH se consiguió que casi todo el mundo adoptara al preservativo plástico en sus relaciones sexuales, con una resistencia casi nula. Con el Covid–19, de pronto los gobiernos han decidido que hay que perseguir también la transmisión de las enfermedades aéreas, y ante la intensidad de la propaganda se puede intuir que uno de los principales objetivos del covidismo como tal es la institución en la vida común del uso de las máscaras. Es tanto así que si las demás medidas propuestas por el covidismo no prosperan, este podría declararse victorioso si solo consigue que así como los humanos adoptaron en sus relaciones sexuales el uso de preservativos plásticos por el VIH, hacen lo mismo con las máscaras en su vida regular.

Como en Nosotros, la obra de Yevgueni Zamiatin que inspiró a George Orwell en el argumento de 1984, en el mundo del Estado Único estar sano es uno de los deberes principales de todo ciudadano. Y uno de los principales ministerios en Nosotros (y el más terrible de todos) es el Ministerio Médico.

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Usuarios de las máscaras

Podríamos dividir a los usuarios de máscaras en las siguientes categorías:

1. Personas que sufren de alguna enfermedad contagiosa y que por alguna razón deben aventurarse al exterior (uso válido).

2. Personas que por su trabajo en los servicios de salud deben protegerse de manera especial (segundo uso válido).

3. Personas muy mayores de edad y con una salud débil o deteriorada que temen legítimamente por su salud (tercer uso válido y racional).

4. Personas que por su trabajo en servicios esenciales, como seguridad, ventas al público o industria, se ven obligadas a usar máscaras, por el Estado o los monopolios (estás personas no tienen ninguna posibilidad de elección, como tampoco la tenían los antiguos esclavos. Entre estos es posible que algunos desarrollen sentimientos negativos de inferioridad, o que proyecten su ira interna de esclavos hacia los demás).

5. Personas víctimas de la propaganda que sin estar en grupos de riesgo han desarrollado paranoia ante el virus (estas personas frecuentemente usan también gafas, pantallas para el rostro, o incluso trajes de protección de cuerpo entero, y son buenos ejemplos del éxito de la propaganda covidista).

6. Personas que también por medio de la propaganda se han convencido a sí mismas que lo hacen porque son «buenos ciudadanos», o porque «el bienestar de la mayoría importa más que el de la minoría» (aunque al final sea todo lo contrario). Estos, junto con los apuntados en el numeral 5, son de los más peligrosos, pues actúan como vectores del propio pensamiento covidista. De estas clases surgen los llamados chivatos o informantes que sostienen todo régimen.

7. Personas que finalmente lo hacen por temor a las multas o porque ven a toda la demás gente hacerlo (es posible que sea la mayoría, ya que casi que se ha demostrado empíricamente que el ser humano actúa socialmente no muy distinto a las ovejas de un rebaño).

De esta lista, es claro que los humanos que han caído dentro de los numerales 4, 5 y 6 son aquellos que sostienen la doctrina covidista en la práctica.

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Otras teorías sobre el uso de las máscaras

Hay que mencionar otras teorías, que aunque no se comparta, dado que no es posible evaluar su exactitud con seguridad, deberían también ser tenidas en cuenta, y no ser echadas a un lado sin un somero análisis.

—Se ha sugerido que con el uso de máscaras se pretende también testear de manera masiva nuevos modos de reconocimiento e individualización por medio de cámaras y otras tecnologías que no dependan exclusivamente del rostro.

—Se ha sugerido que como parte de un plan para estabilizar la población mundial, se espera también que el uso de máscaras disminuya la frecuencia de los apareamientos, al convertirse en prácticamente imposible entablar relación con desconocidos. Se podría contradecir este punto anotando que la interacción social romántica sigue siendo posible dentro de las redes sociales, pero es evidente que las redes tienden a virtualizar incluso los encuentros sexuales y es un hecho que empieza a ser reconocido que un efecto colateral de la hipersexualización de la sociedad es la desaparición del propio sexo real.

—Se ha sugerido que el uso de máscaras hace también parte de una operación psicológica, o un experimento sobre las masas. Se sugiere que el mensaje subliminal del uso de máscaras está en obligar al «silencio»; sobre todo ante los abusos de gobiernos y multinacionales, y por supuesto del propio sistema covidista. Los orígenes de esta programación mental se podrían rastrear hasta películas y series de televisión, donde se ha tratado de «normalizar» el uso de máscaras hace un buen tiempo.

—Se ha sugerido incluso que se pretende convertir al humano en una especie de cyborg, no para mejorar sus capacidades, sino para controlarlo más eficientemente. Se sugiere que las máscaras de tela son el primer paso en un camino que llevará inevitablemente al uso de máscaras sofisticadas de metal o plástico, que no podrán abrirse a voluntad, sino solo mediante el permiso del gobierno.

—Se ha sugerido que en determinado punto se hará ilegal incluso conocer el sexo o color de piel de cualquier otro humano, para evitar problemas de discriminación, y que por tanto todo humano será obligado a cubrir su cuerpo por completo por medio de trajes tecnológicos a medida distribuidos por el sistema sanitario, que apenas dejarán a este ver y respirar.

—Es evidente que muchas de estas últimas teorías anónimas rozan la paranoia; y que la paranoia no debería ser el estado normal de una mente normal, pero otra de las nocivas consecuencias de las políticas covidistas es la intensificación de los problemas mentales entre la población en general.

Para todos los post de esta serie ver el tag Axiomas Covid 1984.

Líneas MMXX IV

Fábulas del siglo XXI.

Hay un momento terrible en que se puede publicar cualquier cosa, pues ya nada significa nada.

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Solo la noche hace soportable el horror de concreto de la ciudad.

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Ellos consiguieron al fin su casa de cuento, y entonces nacieron sus primeros monstruos.

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Tal vez no estamos en el mundo de una única posibilidad; sino en el de la posibilidad que nunca ocurre.

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Una vez los buitres se hicieron reyes de las aves. Al poco tiempo a todo aquel que no comió carne podrida lo cogieron a picotazos.

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Las palabras son un laberinto sin resolución.

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Las criaturas son libres de juzgar al Padre Tiempo. ¿Pero quién ejecutará la sentencia?

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Ellos vinieron a visitarnos desde el futuro. Entonces nos destruyeron antes de que los creáramos. Y las cucarachas metálicas empezaron a salir de todas partes.

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Cuando terminó, la luz del Sol había alcanzado Gliese 393.

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La verdad es evidente, solo que muy pocos la pueden ver.

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No hay que excederse más allá de los límites naturales.

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Hasta que no te odies a ti mismo hasta el fondo, no serás capaz de amarte.

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Aquel que usa el lenguaje del enemigo, ya ha perdido.

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Al final lo único que se puede hacer con la propia mierda, es tragarla.

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En el mundo moderno la omisión es crimen; el silencio, digno siempre de sospecha.

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Toda palabra inventada después de 1945 no debería ser usada.

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A nadie le gusta ver las cicatrices.

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En el mundo en red, hay que decir y decir cosas sin decir nunca nada. Los que hacen lo opuesto, son inexpertos, inocentes, no entienden o llanamente no les importa.

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En el mundo de hoy no ver las noticias es la primera medida para garantizar la salud mental.

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No todas las veces se tiene el tiempo para ser perfecto.

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La distopía siempre ha estado ahí; solo se ha intensificado.

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Es mejor la belleza que la verdad.

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En el primer día de las olimpiadas animales se vieron los cerdos y los buitres, aunque también hubo uno que otro simio y no faltaron las ratas.

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Las erratas son como el pulso de los libros.

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Humano las más de las veces es palabra en clave para idiota.

Aproximaciones a la hiperinflación

Niños jugando con fajos de billetes durante la República de Weimar (1922).

Que el dinero deba imprimirse, es algo difícil de entender sin pensar en todo el sistema monetario como una estafa; que una simple pasada de tinta le dé valor de inmediato a un trozo de papel, que este trozo de papel circule durante algún tiempo hasta que un par de años luego esté tan gastado y roto que deba ser devuelto a un banco para que recupere su valor; pero, ¿cómo sabe el banco, si es que lo sabe, cuánto dinero tiene que imprimirse cada día, cuánto tiene que ser reemplazado, y a quién debe llegar ese dinero primero? ¿Cuándo ese trozo de papel deja de ser solo papel y se convierte en dinero? ¿Tan pronto como sale el rollo impreso de la máquina, en sus colores brillantes y opacos, con sus hologramas e imágenes ocultas, o cuando este es cortado y organizado en fajos, o había que esperar a que fuera registrado y luego llevado dentro de un carro blindado de transporte de valores hasta un banco o un cajero automático, dentro de esas gruesas bolsas grises que son como la máxima ambición de cualquier ladrón, y que uno siempre asocia con películas de los años veinte o viñetas de cómic? Y esto, sin mencionar todavía la irrealidad del dinero fiduciario o el dinero electrónico. Es evidente que el dinero fluye de unas manos hacia otras, que hay quienes tienen derecho a imprimirlo y que otros no, que los bancos pueden fabricar dinero con un simple clic, pero al tiempo, esta idea se resiste a entrar en la mente. El dinero es una categoría en sí en nuestra sociedad, algo que se da por hecho, como que el agua y la electricidad lleguen a cada casa; es algo abstracto pero también tangible y neutral, todo el mundo necesita dinero, y se supone que su reparto es justo, es decir, aquel que más trabaja o tiene mayores responsabilidades recibe más y aquel que menos trabaja o realiza actividades más simples y que cualquiera podría realizar, recibe menos; aquello que es precioso y escaso y complejo es costoso, y aquello abundante y simple no vale casi nada. En este sentido es neutral y justo, en que todo tiene un valor y todo es asequible por él. Pero casi nadie se detiene a pensar de dónde proviene.

El dinero abunda, pueden imprimirse millones de billetes en un solo día, pero no se puede alimentar a cada ser humano con solo pulsar un botón. En Venezuela y Zimbabwe ha habido recientemente hiperinflación, como la que hubo en Alemania antes de la Segunda Guerra Mundial, donde para comprar un pan se requerían fajos de billetes. Siempre es extraño que las cosas puedan divergir tanto de país a país, que con solo cruzar una frontera todo pueda diferir de esa forma; este dinero tenía ya tan poco valor que los venezolanos que huían del régimen preferían regalar en los buses los billetes que habían traído consigo, por cualquier moneda, que llevarlos a una casa de cambio.

Si el sistema monetario en sí elude la comprensión, el pensar en la hiperinflación, en sus causas y sus consecuencias, en la escalada de precios que trae consigo, es todavía más inaprensible, casi como tratar de entender las implicaciones de la teoría cuántica. Suena a algo ilógico, pues ¿por qué se iba a seguir imprimiendo dinero cuando este ya no tiene ningún valor? Y si el dinero es una creación del hombre, ¿cómo podía la propia creación del hombre irse en su contra? Como si el dinero fuera un ser vivo por sí mismo, y el ser humano se encontrara en una simbiosis tan profunda con esta especie, que no pudiera prescindir de ella ni aun controlarla. ¿Pero no estaba todo, si se lo veía desde afuera, desde más alto, ausente de cualquier sentido? El mundo es un sistema en un frágil equilibrio, siempre. Y todo sistema humano se organiza siempre de la misma manera, azarosa y sin verdadero objetivo, más allá de su propia preservación, pero si las circunstancias cambiaban entonces estos sistemas podían empezar a fallar, y entre más complejo fuera un sistema más posibilidades de fallo existían; mas los sistemas son también elásticos y dados a la adaptación, pueden resistir, y adaptarse a las nuevas circunstancias. La hiperinflación es un fenómeno tan genuinamente humano, que no puedo pensar en nada que se le asemeje en la naturaleza. Es como si las abejas de una colmena continuaran fabricando miel, aunque esta miel hubiera perdido todas sus propiedades nutritivas y ya no fuera miel, sino un fluido insípido y venenoso, o como si a un árbol con el tronco muerto le crecieran hojas muertas. De repente el sistema decide hacerle la vida un millón de veces más difícil a cada uno de sus individuos, como si hubiera una sequía de verdadero valor, como si nada tuviera ya ningún sentido. Es algo tan humano que lo único que viene a mi cabeza es la palabra desesperación. El sistema desespera, antes de colapsar; pero esta desesperación no es como la que tiene un individuo, que este siente dentro de sí, como si su sangre se helara de repente, sino algo todavía más frío, como un resorte que se expande más allá del límite de resistencia de su material y se quiebra. Y este proceso se repite una vez más; lo más extraño acerca de la hiperinflación es que esta no se detiene nunca, que nadie puede detenerla, nadie puede prescindir de pronto del dinero; la civilización industrial es tan compleja que no puede simplemente volver al trueque o al intercambio de sal. El único modo en que la Alemania de los años veinte pudo detener la hiperinflación fue creando una nueva moneda, el Rentenmark, respaldado por hipotecas sobre la tierra y la industria. Pero las causas profundas de la hiperinflación siguen siendo un misterio incluso para los economistas, y es que tiene que ver con conceptos tan abstractos y humanos, como la «confianza», o el «temor» de que el dinero emitido pierda todo su valor, de un día a otro. El sistema en último lugar solo se sostiene si los humanos creen en él, ciegamente; en el momento en que nadie cree, el sistema se desvanece ante sus ojos, y entonces este sistema debe hacerse de nuevo visible, y la única forma en que puede hacerse visible de nuevo es mediante la fuerza. Y mientras no se encuentre algo mejor que el dinero para medir al hombre, pues esta es su verdadera función, más que servir de unidad de intercambio, este seguirá existiendo, y he aquí que si se encuentra algo mejor esto será algo terrible, pues será una medida tan perfecta, fundamentada en registros electrónicos, que será imposible de evadir, y cada ser humano se convertirá del todo en una suma de números. Si no se cree en el sistema, entonces no se cree en su «realidad», no como en algo que este dado y que sea sólido. Si este pensamiento se expandiera, el sistema colapsaría, y entonces vendría la hiperinflación, y luego la hambruna, y el colapso de los servicios públicos, del agua y la electricidad, y entonces la enfermedad y la guerra, la muerte y el fuego, pero todo esto sería inútil, pues de las cenizas se forjaría poco a poco un nuevo sistema, pues nunca se desvanecería a tal punto que fuera irreconocible, a menos que se asistiera a un colapso total, de naturaleza inesperada y global, y entonces se encontrara un nuevo equilibrio.¹

¹ Marzo de 2019.

Fragmento tomado de El mundo real (versión II).

Dispositivos de control mental

Prototipo de burka desarrollado a fines de los años sesenta (siglo XX).

Uno de los dispositivos de control mental más conocidos es la burka, que al contrario de lo que se cree en la actualidad, no es un vestido tradicional de los países árabes, sino que fue desarrollado a fines de los años sesenta del siglo XX por investigadores de la CIA, dentro del marco de las investigaciones sobre drogas psicodélicas que se llevaron a cabo por aquel tiempo (proyecto MK–Ultra).

La burka, como es sabido, consiste de un ropaje que recubre el cuerpo entero, incluso el rostro, y de uso obligatorio entre las mujeres, especialmente dentro de la la fe islámica. Su primera mención data de Afganistán, cuando los talibanes derrotaron al ejército de ocupación soviético en los ochenta, y libres de establecer su Estado, instituyeron su obligatoriedad, entre otras nuevas medidas que habían acordado con la CIA. Se adujo un retorno a las tradiciones ancestrales del pueblo afgano, pero este atuendo había sido en realidad desconocido en Afganistán, como se puede apreciar en las fotografías y filmaciones previas a la revolución. Fueron los expertos del proyecto MK–Ultra quienes se encargaron de diseminar las pruebas teológicas e históricas que llevan a la confusión actual sobre los orígenes del traje. Aunque en un principio la intención de los responsables de esta operación con la conducta humana había sido hacer este atuendo obligatorio también para los hombres, los miembros de las fuerzas talibanes no se decidieron a dar este paso, por lo que la CIA debió contentarse con que su experimento se llevará a cabo solo con una mitad bien definida de la población.

Las primeras burkas fueron distribuidas a través de bombarderos B–52 que dejaban caer su carga sobre las montañas. La resistencia fue poca, pues aquellos que se negaban a vestir u obligar a usar a sus mujeres el atuendo eran ahorcados o fusilados. Pero pronto lo que antes había sido anormal se convirtió en lo «normal», lo cual complació a los psicólogos del comportamiento de MK–Ultra, infiltrados entre los asesores militares, pues demostraba que sus proposiciones habían sido válidas. A pesar de que el atuendo en sí mismo era un instrumento de tortura que impedía respirar propiamente, reducía la visión, la audición y producía un aislamiento permanente y una disminución general de la información que llegaba a los sentidos, la sociedad organizada bajo una estricta vigilancia pudo seguir llevando sus actividades de un modo «funcional». Otros de los experimentos que se llevaron a cabo en el Estado Talibán fueron la aniquilación del tiempo relativo, con el bombardeo sistemático de ruinas, estatuas, y templos antiguos, de modo que toda referencia al pasado desapareciera, y el diseño de drogas experimentales de naturaleza opiácea que se aspergían sobre la población en general, en pequeñas dosis. Todas estas ideas demostraron su utilidad en el control de poblaciones. Se trataba de eliminar de la vida humana todo lo que no fuera estrictamente necesario para el funcionamiento de un sistema complejo. Con el tiempo ya no fue necesaria ni siquiera la supervisión de los psicólogos y el sistema empezó a andar por sí mismo, sin intervención externa. Se puede decir que entonces el experimento se convirtió en un éxito total. A tal punto, que aunque los talibanes cayeron con el tiempo, la burka sigue siendo hoy usada por la mayoría de la población.

El siguiente paso en el proyecto de los psicólogos no se llevó nunca a cabo. Cuando se hubiera hecho el uso de la burka extensible también a los hombres, los cuales se diferenciarían solo de las hembras por el color de su burka, se pretendía dotar poco a poco a cada burka de cámaras y diversos chip, que facilitarían el rastreo de cada ciudadano, y un dispositivo que repetiría constantemente en voz baja oraciones y consignas dentro de la tela. Este proyecto estaba basado ante todo en la teoría de que privando al cerebro humano de la visión de otros rostros, proceso para el cual este se ha refinado durante millones de años, este no tardaría en ver a los demás como seres deshumanizados, destruyendo toda empatía por el otro (ellos afirmaban que la empatía ha sido siempre una fuerza contraria al avance de la humanidad como un conjunto). De otra parte, se esperaba que la necesaria represión sexual y dificultades de interacción social que se derivarían del uso masivo de la burka, fueran útiles para dirigir las energías de los sujetos hacia actividades como la adoración política y religiosa, y la quiebra de sus voluntades individuales.

Este último paso tuvo que ser archivado, con una nota que avisaba que sería necesario esperar nuevas condiciones para su implementación total. Algunos especulan que estas condiciones ya se han dado o que están prontas a darse, y es posible que para conseguir su objetivo y hacerlo extensible a toda la humanidad los investigadores del MK–Ultra no se valgan ya solo de la fe islámica, sino de un nuevo tipo de credo. Se ha sugerido que puede ser un tipo de credo de naturaleza sanitaria, y que el uso de una burka impermeable y aislada herméticamente será exigido por los mismos ciudadanos, si la atmósfera es envenenada con químicos o se extiende un virus de baja letalidad —lo de baja no por filantropía, sino para que este pueda reproducirse a sí mismo indefinidamente, sin matar a todos los infectados—. Pues su objetivo es estabilizar la sociedad, no exterminarla, para lo que otros métodos han demostrado ser más útiles. Cuando el tiempo sea justo, a todos aquellos que se opongan se les explicará con claridad que las nuevas medidas son necesarias e inevitables, para que el sistema complejo del cual hacen parte sobreviva a su propia expansión, como explican los procedimientos previstos. Mientras tanto, a los que aun así no estén de acuerdo, se les diagnosticará delirio paranoico u otras enfermedades mentales, de modo tal que se adivina que la colaboración del sistema de salud será primordial, y tendrá que ser posiblemente infiltrado por miembros de la organización en una primera fase, antes de que tal como sucedió en el experimento social adelantado en el Estado Talibán todo empiece a marchar por su propia cuenta.

Clímax

Climax (2018).

En el campo del extremismo francés, el nombre de Gaspar Noé estará vinculado para siempre con las escenas más que explícitas, casi imposibles de ver, de cintas como Irréversible (2002) o Love (2015). Por lo que ante Climax (2018), la sensación era la de encontrarse ante algo nuevamente indigerible y que posiblemente, de no verse en el estado adecuado, sería capaz de llevar a la psicosis o a la destrucción de delicados entramados neuronales ajustados con dificultad durante decenas de años. Pero el riesgo estaba ahí. Y en efecto, tal como se ha explicado antes, más que de gore o sadismo, de lo que el extremismo se trata es de perturbar al espectador; hacerlo parte de una experiencia irrepetible, y que un espíritu sano no querrá tampoco repetir; todo el contrario de la violencia y el sexo de Hollywood que siempre humanizan, o estilizan esta misma violencia sin sentido. Así que si la falsa violencia de Hollywood no hace sino inocular los huevos de los parásitos en los cerebros jóvenes, haciendo que estos vean la violencia y el sexo como algo legítimo y estético, el extremismo perfecto debería repeler a tal punto que estas conductas que representa fueran imposibles de repetir en un estado de mente sano. No sé si es esa la intención de estos cineastas, tampoco es que importe mucho, pero el resultado parece el mismo. Que entre más descarnada se muestre la violencia, así sea de una forma estética (que nunca bella, pues esto sería un oximorón), la experiencia será más profunda. El extremismo no humaniza, sino que al revés, hace ver las raíces animales de los comportamientos violentos, lo lejos que están de lo «humano». Que cualquiera que cometa tales actos, es ya un animal, o menos que eso. En el caso de Climax, como el mismo director nos advierte, no vamos a asistir a la manera de Kubrick en 2001: A Space Odyssey (1968) a la evolución del hombre, sino a su retorno a su naturaleza simiesca.

Podemos ver una cierta lógica del reductio ad absurdum en este juego cinematográfico. En Climax, Gaspar Noé lleva a los límites las realidades contemporáneas y nos muestra un resultado, frío y sin contemplaciones, a partir de lo que supuestamente es una historia real, ubicada temporalmente en 1996 (aunque solo si estamos dispuestos a creer que una leyenda urbana de los noventa es real). Al igual que con esta temporalidad ambigua de la cinta, nunca sabemos dónde comienza la película ni dónde termina. Los créditos se presentan a mitad del filme; el título aparece en el último instante, antes de que, si estuviéramos en un teatro, se enciendan las luces. La pregunta por la realidad de lo que se ve siempre está ahí; pues el hiperrealismo es tal en ciertas escenas que no hay modo de separar lo que es ficción de lo que no; la mayor parte de los diálogos obedecen a la improvisación. En un primer momento estamos frente a las entrevistas a una serie de bailarines dentro de un viejo televisor; ¿pero son ellos realmente bailarines profesionales o meros actores? ¿Vamos a asistir a un reality show? ¿O acaso a un filme dentro del mismo filme? Cuando los personajes entran en escena lo hacen a través de una avalancha de preguntas incómodas, aparentemente dentro de un casting, que pueden hacerse extensibles a todo el universo del arte mainstream, sobre la droga y la perversión que se manejan dentro de este ambiente, o su hedonismo rampante; lo que también nos hace preguntar cómo cualquier cosa moralizante o verdadera podría salir de ese mundo. Entonces es que se entra de improviso a la fiesta, donde las primeras dudas sobre la idoneidad de los danzantes se borran en un instante. La escena de la danza es en sí misma extrema, y para aquellos no acostumbrados a ver este tipo de baile, la realidad de lo que se ve, una coreografía, es impactante. La danza misma nos muestra toda la violencia que lleva dentro. Volviendo a la reductio ad absurdum en este microcosmos de la cinta se refleja una realidad; hay una enorme bandera francesa y en varios momentos exclamaciones patrióticas del tipo de «¡vamos a darle duro a esos Yankees!», o, en los créditos, «una película francesa y orgullosa de serlo», pero de otra parte los bailarines se burlan luego de esta misma bandera, incluso llamando al escenario como propio de un «culto», y la mayoría son de origen inmigrante, lo que en el momento álgido de la cinta llevará a escenas de evidente violencia racial, con lo que la verdad cruda del fracaso del multiculturalismo también se hace palpable. La moral que se muestra no es maniquea. Pero más que eso, hay una verdad animal que no se oculta, que permanece frente a los ojos en todo momento, y en esto se encuentra el mayor mérito del filme, en cuanto a su extremismo; pues vuelve a una forma pura y desnuda de malestar, en la que no hay necesidad de lo absolutamente visual o directo para que este malestar surja. Como en las mejores cintas de terror, en las que el monstruo apenas es visible, aquí pasa lo mismo: apenas avistamos el mundo infernal de las drogas y el sexo sin control, pero eso parece suficiente para no querer darle otra mirada. Evidentemente que no todos los espectadores llegarán a esta conclusión, quizás en muchos de ellos la degeneración y el sentir animal estarán tan presentes, que esta película y otras solo les dé una confirmación de lo que ya saben, o en lo que se encuentran hundidos, mientras que para otros apenas representará el riesgo de experimentar este horror. Pero, ¿por qué tomar este riesgo? O, ¿por qué querer representar lo que ante todo solo produce disgusto y repulsión? Se podría uno hacer estas preguntas legítimamente.

No hay por qué develar nada más de lo que se ha visto; baste saber que la violencia y lo grotesco aparecerá de una forma casi natural. Al final, la trama desaparece en esta bruma, abrupta, en el punto de su propio climax. A pesar de esto, las preguntas no paran. ¿Es la experimentación en esta inmersión en los sentidos arte, o una mera exhibición técnica del dominio de las imágenes y los sonidos sobre la psicología? ¿Es la experiencia que se nos ha mostrado válida más allá de la ficción, o apenas una forma elaborada de replicar ciertos estados alterados de consciencia dentro de la mente, una ausencia temporal de la realidad inmediata? ¿Documenta algo esta cinta o no debemos creer nada de lo que nos susurra tras su apariencia visceral? ¿Es sobre 1996 o 2018? ¿Toda reconstrucción es falsa, un imposible?

Cuando despertamos de este rapto de los sentidos, de la noche a la luz, no interesa entonces quién envenenó el ponche, ni qué sucedió con el pequeño niño perdido dentro de esta pesadilla (pues el horror no estaría completo si no supiéramos que hay un niño dentro, ni sus gritos); se puede decir que si después de ver esta cinta no nos sentimos peor de lo que somos, al menos hemos superado la prueba con la que se nos tienta.

La vida, obra y milagros de San George Floyd

Mural en honor del nuevo Santo del Estado (Circa 2020).

George Perry Floyd Jr. (1973–2020) es uno de los nombres más recordados del infame año 2020. A partir de lo poco que nos queda de esa época confusa, los científicos del Ministerio de la Historia hemos sido comisionados a escribir una biografía actualizada, de modo que la vida que se vio obligado a vivir dentro de su entorno primitivo sirva de ejemplo a los más jóvenes en nuestra Era Dorada, y de recordatorio de que nunca todo fue tan perfecto como lo es hoy. De más está anotar que esta pequeña contribución hace parte de las conmemoraciones por los Mil Años de existencia del Estado Unido de la Tierra que se aproximan.

Hoy día ya no quedan muchas personas que nos puedan decir qué era en realidad eso, pero San George Floyd nació como un Black¹ en Fayetteville, North Carolina, un pueblo que había sido originalmente habitado por nativos Siouan, (tampoco sabemos ya qué era eso) hasta que estos fueron vencidos en una guerra por el white, un término ambiguo que creemos hacía referencia al color de las nubes en un día soleado y también a una gente de piel clara que existió hasta el siglo XXII. Es sabido que todo pueblo fiero y valiente ha preferido la muerte a la slavery a lo largo de la historia; los Siouan, fueron uno de estos, por lo menos es lo que se cree ahora. Felizmente nosotros no necesitamos ya nada de esa bravura y testarudez de los antiguos. «La valentía es a la muerte como la sed al agua», dice una de nuestras máximas, y siempre es bueno recordarlo.

Los orígenes del Black se pierden para nosotros en las brumas del tiempo. Se dice que se originaron en África, como un cruce de Homo erectus y una variante de Homo sapiens, pero no hay ya manera de probar esto, desde que todas las bases de datos fueron borradas antes de que nuestro Estado naciera. En todo caso, los llamados Portugueses y los Arab comerciaron con sus reyes por sus propios hombres, mujeres y niños, pues en esa época primitiva los seres humanos no habían descubierto todavía ni siquiera las máquinas más simples. Los Black estaban perfectamente adaptados a la vida en su continente, con su fuerte luz solar, sus selvas y sus bestias salvajes, pero entonces fueron llevados a lo que entonces se conocía como America (no Amazonia, como se llama ahora), donde luego de varios siglos no habían conseguido adaptarse del todo. Cuando lo que se conocía como slavery terminó, algunos de ellos regresaron a su continente y fundaron el Imperio de Liberia, una de las civilizaciones más avanzadas que se instituyó alguna vez sobre la Tierra, al menos en esos tiempos primitivos —perviven fragmentos de su esplendor en ciertos fotogramas de un documental de la época llamado Black Panther (2018), para aquellos interesados en profundizar en la historia—. Pero el resto quedó atrapado en Amazonia, sin poder regresar a su continente ancestral. Eran los tiempos en los que el emperador Trump regía sobre Amazonia; y para que todos los Black no osaran abandonar nuevamente su Estado (algunos historiadores dicen que este fue un imperio desarrollado tecnológicamente, pero yo, Wo–92347, disiento del todo), el emperador Trump hizo construir un muro alto y terrible que rodeaba toda la parte norte de Amazonia, excepto los territorios helados en los que nadie quería vivir pues eran el hábitat de unas enormes bestias que llamaban osos polares.

¿Cuál fue el papel entonces de San George Floyd en este escenario? No sabemos mucho de sus primeros años, pero fue convicted de ocho crimes, estrella de hip hop, jugador de basketball y football y actor porno, todo lo cual eran cosas de lo que todo Black se enorgullecía en su época, y actividades reservadas a los mejores seres humanos de entonces. Por supuesto que no sabemos nada de lo qué significaba esta palabra crimes en el ayer, pero estamos seguros de que se refería en el fondo a actividades loables, inofensivas y beneficiosas para todos, que un Estado primitivo insistía en prohibir. Hoy todos nos drogamos para nuestro beneficio desde la cuna («una vida sin drogas es como un caminante sin zapatos»), pero entonces esta era una actividad que el Estado solo permitía en el seno de su Ministerio de la Salud primitivo. San George Floyd ejercía su legítimo derecho a drogarse y a tomar para sí los bienes de los demás («todo nos pertenece a todos» es otro de nuestros lemas), cuando un police, haciendo uso de un procedimiento estándar para su época, se sentó con todo su peso en su rodilla sobre su nuca y el buen Black murió.

Fue entonces cuando ocurrió su Milagro (la pasada iglesia católica exigía dos; nosotros nos contentamos con uno, que se puede dividir indefinidamente en varios más). Todo aquel que recibía la bendición de Floyd se hacía inmune a la horrible plaga que diezmaba la humanidad. El movimiento #BLM, el cual hasta entonces había estado infiltrado por los malignos Portugueses, se hizo global y poco a poco empezó a liberar a la gente de America de la opresión del tirano Trump, de quien se cree estuvo emparentado con Nerón y Calígula. Por supuesto hubo fuego y muerte de inocentes, pero toda revolución se da de este modo. Fueron solo unos cientos de años luego que los Portugueses hicieron notar que el #BLM Reich se había salido de control y que nuestros antepasados tuvieron que realizar una operación de limpieza genética sin precedentes en la historia, para eliminar toda maligna diferencia de la humanidad e instaurar la Paz Global. Pero como esto sucedió mucho después no podemos culpar a San George Floyd de los errores de sus inmediatos seguidores, y es por eso que el Estado ha decidido honrarlo en el Parque de los Santos, con una estatua gigante como agradecimiento por las piedras que puso para que nuestro Estado Unido de la Tierra surgiera cientos de años luego.

En esta estatua el escultor ha decidido plasmarlo con sus manos apuntando con una gun sobre el vientre de una Black, para hacer notar también su inteligente labor primitiva en contra de la maternidad natural, una posición en la que todos estamos de acuerdo hoy, pero que en su época aún generaba división, pues los primeros vientres artificiales estaban lejos de ser tan perfectos como los que tenemos hoy. Al respecto, Chang–211879 ha escrito un interesante artículo, que puede ser consultado también en la Biblioteca sin costo.

Que el Estado Unido y la Gran AI de Amazonia prospere por todos los mundos.

Wo–92347

¹ Debido a las limitaciones de nuestra lengua internacional, me he visto obligado a incluir términos de la época del Santo, para hacer esta biografía más clara —Nota de Wo-92347.