Extractos del manifiesto: La sociedad industrial y su futuro

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Theodore John Kaczynski, más conocido como Unabomber, es un filósofo, matemático y neoludita estadounidense, en prisión en la actualidad.

Sobre la libertad:

93. Vamos a argumentar que la sociedad tecnológico-industrial no puede ser reformada de tal modo, que sea posible prevenir el progresivo estrechamiento de la esfera de la libertad humana. Pero, porque «libertad» es una palabra que puede ser interpretada de muchas maneras, debemos dejar claro primero en qué clase de libertad estamos interesados.

94. Con «libertad» nos referimos a la oportunidad de atravesar el proceso de poder, con finalidades reales, no las finalidades artificiales de las actividades sustitutorias, y sin interferencias, manipulaciones o supervisión de nadie, especialmente de ninguna gran organización. Libertad significa tener control (tanto como una persona o como miembro de un grupo PEQUEÑO) de los problemas de la vida y de la muerte de la existencia propia; comida, vestido, refugio y defensa contra cualquier amenaza que pueda haber en nuestro medio. Libertad significa tener poder, no el poder de controlar a otra gente, sino el poder de controlar la propia vida. Uno no tiene libertad si cualquier otro (especialmente una gran organización) tiene poder sobre uno, no importa la benevolencia, la tolerancia y la permisividad con que este poder pueda ser ejercido. Es importante no confundir libertad con la mera permisividad (ver párrafo 72).

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Sobre el proceso de poder:

33. Los seres humanos tienen una necesidad (probablemente basada en la biología) por algo que llamaremos el «proceso de poder». Esto está estrechamente relacionado a la necesidad de poder (la cual está ampliamente reconocida) pero no es exactamente la misma cosa. El proceso de poder tiene cuatro elementos. Los tres más claramente delineados los llamamos finalidad, esfuerzo y logro de la finalidad. (Todo el mundo necesita tener finalidades cuyo logro requiera esfuerzo, y necesita triunfar logrando al menos alguna de sus finalidades). El cuarto elemento es más difícil de definir y puede que no sea necesario para todos. Lo llamamos autonomía y lo discutiremos más tarde (párrafos 42-44).

34. Consideremos el caso hipotético de un hombre que pueda tener todo lo que quiera simplemente deseándolo. Tal hombre tiene poder, pero desarrollará problemas psicológicos serios. Al principio tendrá mucha diversión, pero conforme siga, estará agudamente aburrido y desmoralizado. Eventualmente llegará a estar clínicamente deprimido. La historia nos enseña muchos aristócratas ociosos, que tendieron a la decadencia. Esto no se aplica a los aristócratas luchadores que tenían que esforzarse para mantener su poder. Pero los aristócratas ociosos y seguros, que no tenían necesidad de esforzarse, normalmente se convertían en aburridos, hedonistas y desmoralizados, incluso aunque tuvieran poder. Esto muestra que el poder no es suficiente. Uno debe tener finalidades hacia las que ejercitarlo.

35. Todos tenemos finalidades; si no hay nada más, obtener las necesidades de vida: comida, agua y cualquier vestido y refugio que sean necesarios por el clima. Pero los aristócratas ociosos obtienen estas cosas sin esfuerzo. La consecuencia de ello es su aburrimiento y desmoralización.

36. El no lograr finalidades importantes conlleva la muerte, si estas son necesidades físicas, y la frustración, si son compatibles con la supervivencia. Consecutivas derrotas al intentar alcanzarlas a lo largo de la vida resulta en derrotismo, baja autoestima o depresión.

37. Así, con objeto de eludir problemas psicológicos serios, el ser humano necesita finalidades cuyo logro requiera esfuerzo, y debe tener un éxito razonable consiguiéndolas.

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Sobre la permisividad:

72. La sociedad moderna es en ciertos aspectos extremadamente permisiva. En cuestiones que son irrelevantes para el funcionamiento del sistema podemos generalmente hacer lo que queramos. Podemos creer en cualquier religión que nos guste (en tanto que no fomente comportamientos que sean peligrosos para el sistema). Podemos acostarnos con quien queramos (en tanto que practiquemos «sexo seguro»). Podemos hacer todo lo que queramos en tanto que sea TRIVIAL. Pero en todas las cuestiones IMPORTANTES el sistema tiende a incrementar las regulaciones sobre nuestro comportamiento.

73. El comportamiento no solo está regulado a través de reglas explícitas y no solo por el gobierno. El control está frecuentemente ejercido a través de coerción indirecta o de presión o manipulación psicológica, y por otras organizaciones aparte del gobierno, o por el sistema como conjunto. Muchas grandes organizaciones usan alguna forma de propaganda para manipular la actitud o el comportamiento del público. Cuando alguien acepta el propósito para el que la propaganda está siendo usada en un caso determinado, generalmente la llama «educación» o le aplica algún eufemismo similar. Pero la propaganda es propaganda independientemente para el propósito que sea usada. Esta no está limitada únicamente a los «clientes» y a los anuncios, e incluso algunas veces no es conscientemente intencionada por la gente que la hace. Por ejemplo, el contenido de la programación de entretenimiento es una forma poderosa de propaganda. Un ejemplo de coerción indirecta: no hay ninguna ley que diga que tengamos que ir a trabajar todos los días y seguir las órdenes de nuestro jefe. Legalmente no hay nada que nos evite que vayamos a vivir a la naturaleza como la gente primitiva o a entrar en los negocios por nuestra cuenta. Pero en la práctica hay muy poco campo salvaje, y en la economía solo hay sitio para un número limitado de pequeños propietarios de negocios. Por lo tanto muchos solo pueden sobrevivir siendo el empleado de algún otro.

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Sobre sus métodos:

96. En cuanto a nuestros derechos constitucionales, consideremos por ejemplo eso de la libertad de prensa. Ciertamente no queremos acabar con ese derecho: es una herramienta muy útil para limitar la concentración de poder político y para mantener a aquellos que lo tienen atrás de la línea, exponiendo públicamente cualquier mala conducta por su parte. Pero la libertad de prensa es de muy poca utilidad para el ciudadano medio como individuo. Los medios de masas están en su mayor parte bajo el control de grandes organizaciones que están integradas en el sistema. Cualquiera que tenga un poco de dinero puede imprimir algo, o puede distribuirlo en Internet o de alguna otra manera, pero lo que tenga que decir será sumergido por el vasto volumen de material lanzado por los medios, por tanto no tendrá un efecto práctico. Es por eso casi imposible para muchas personas y grupos pequeños el hacer un efecto en la sociedad con palabras. Tomémonos a nosotros (Freedom Club) como ejemplo. Si no hubiéramos hecho nada violento y hubiéramos presentado los presentes escritos a un editor, probablemente no hubieran sido aceptados. Si hubieran sido aceptados y publicados, probablemente no hubieran atraído muchos lectores, porque es más divertido ver el entretenimiento lanzado por los medios que leer un ensayo sobrio. Incluso si estos escritos hubieran tenido muchos lectores, la mayoría hubieran olvidado pronto lo que habían leído porque sus mentes habrían sido anegadas por la masa de material a que los medios las exponen. A fin de presentar nuestro mensaje ante el público con alguna oportunidad de crear una impresión duradera, tuvimos que matar gente.

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Palabras de noviembre

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Los doce patos salvajes, ilustración de Theodor Kittelsen, 1897.

La única libertad verdadera, es aquella que nace del silencio y la introspección.

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Cada decisión tomada en nombre de la «libertad», tenderá siempre a ser un limitante más de esta misma falsa «libertad».

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Los pensamientos racionales son virus.

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La más extrema alteración del pasado se encuentra en el olvido.

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Todos los errores que un ser bípedo es capaz de cometer en una vida, se pueden reducir en realidad a uno solo: el haber buscado la compañía de sus semejantes.

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El ser humano es un animal que camina.

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En la sociedad actual la labor del subhumano parece ser mover cada vez más los límites de aquello que es socialmente permitido, como si pensara, siendo el animal que es, que la verdadera libertad se haya en el exceso.

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La intolerancia se ha convertido en sinónimo de sensatez.

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¿Qué es el subhumano?

El subhumano nace siendo lo que es y lo que ya será. El subhumano de siente naturalmente atraído, siempre en primer lugar, hacia lo más básico de la existencia y sus apetencias son predecibles y vulgares. Se decantará por todo aquello que le exija el menor esfuerzo. En cuanto a su descripción taxonómica, su esencia animalesca es su característica más notable. Es en últimas, un protohumano o al contrario, un humano involucionado. Un Humano verdadero puede caer en la subhumanidad, pero un subhumano jamás será un Humano verdadero.

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La única pirámide verdadera es aquella que pone en la cima a la humanidad, en el medio a los animales, y más abajo a los subhumanos.

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La TV informativa, nos quiere hacer creer que por un lado vemos comerciales y por el otro contenido real; generando una dicotomía engañosa, siendo que ambas cosas, o fragmentos, son dos caras de una misma moneda. Todo lo que se ve en la TV informativa ha sido pagado por alguien para salir al aire, todo tiene el mismo propósito; perpetuar el sistema basado en el dinero y la depredación, y los privilegios de una clase.

Pero los comerciales son el único contenido real, el único que en verdad importa. Los anunciantes representan los intereses de los grupos económicos que están detrás de lo que se llama eufemísticamente, línea editorial.

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Mientras se mueva el dinero todo está bien, y esto es algo que no es comprensible a primera vista, pues puede llevar a aparentes contradicciones.

Pero la única moral de las élites, es hacer más dinero abstracto; quemar la tierra para llenar columnas de números en las bases informáticas de datos bancarios, las únicas extrañamente inmunes a los hackers. No hay nunca ninguna contradicción; su única ideología verdadera es el dinero.

Pero cuando la tecnología moderna caiga, cuando todo sea colapso, cuando no queden más recursos que esquilmar de la tierra; entonces nada tendrá ningún valor.

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Un día los humanos dejaran de reunirse como ratas que escarban entre la basura en sus ciudades, orgullosos de su simiente subhumana y solo aquellos, muy pocos, que puedan conseguir el sustento por sus propios medios, que no hayan olvidado el uso de sus manos y su fuerza, merecerán entonces la vida.

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Aquellos que quieran mantener la pureza de su pueblo bajo la amenaza de un gobierno mundial, han de olvidarse de sus semejantes y concentrarse en sí mismos. Pues el pueblo reside en su sangre.

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Llevar vidas más simples; se puede tener menos cosas y menos comodidades y conservar la dignidad. Se puede tener todo lo que vende la máquina de información y ser un ser indigno y detestable.

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Más que una realidad aumentada, el humano necesita de una forma de sueño aumentado.

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Nadie debería iniciar una carrera, que no esté dispuesto a terminar por sus propios medios.

Blade Runner 2049: corporaciones mito

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En el poster de Blade Runner 2049, nótese la composición piramidal dentro de la que se distribuyen los personajes, y sus diversos niveles de realidad.

Una secuela a Blade Runner (1982) era algo a primera vista por completo innecesario. Blade Runner fue algo perfecto, autocontenido y finalizado. Lo que en la otra obra maestra de Ridley Scott, Alien (1979), pudo darse solo unos años después de forma natural, la continuación de una película de monstruos en el espacio, en Blade Runner, la idea se siente desde un comienzo extraña. Más de tres décadas luego es inevitable cuestionarse la razón de tanto esfuerzo. Desde el punto de vista de la producción esto podría responder más a una falta de creatividad y a un interés puramente comercial, que a cualquier otra cosa. A diferencia de lo sucedido con otros clásicos de la Sci-Fi, muy pocos fan de la película de 1982 se atrevieron alguna vez a pensar en la posibilidad de una segunda parte.

Visto esto, al realizar una secuela tantos años después los artistas y técnicos del cine se enfrentarían desde un comienzo a una serie de obstáculos casi insalvables. Podrían acometer un absoluto remake, dejando a un lado la película original y creando un mundo a efectos prácticos completamente nuevo, tal como se hizo en la espectacular visualmente, pero del todo vacía, Mad Max: Fury Road (2015), que se aparta desde un comienzo de la estética y el ritmo de la original Mad Max (1979). O podrían tratar de realizar una ampliación o continuación de este universo de ficción, un riesgo enorme cuando ya los medios técnicos y el modo de hacer cine han evolucionado tanto como pueden hacerlo en 30 años. Los resultados de este tipo de esfuerzos suelen ser, en cualquier caso, blockbuster fallidos desde cualquier punto de vista conceptual y artístico, como los que se ven en las nuevas Star Trek o Star Wars, que poco recuerdan ya las primeras películas y conforman más un intento de adaptar productos en determinados momentos pasados de moda a los gustos actuales, en un avaricioso deseo de exprimir hasta el último centavo de los fan, más que en respetar cualquier intención o estética, o menos aún, el espíritu de las obras originales.

Siendo esto así, es comprensible que las expectativas respecto a Blade Runner 2049 (2017) hayan sido en general moderadas. El director Denis Villenueve ha debido sortear en este caso la peor pesadilla posible: se le ha comisionado, una ampliación al universo perfecto de Blade Runner; mas, contra todo lo que se hubiera podido esperar, consigue recrear algo más que digno. Y esto es, porque desde un comienzo es visible que esta nueva cinta aspira también a soportarse por sí misma, y que aunque respetando en todo momento a su molde, trata de ser, de existir, independientemente de su primera parte. Más que una cinta de acción, lo que Villenueve le entrega al espectador es algo contemplativo: una obra de arte que se extiende en el tiempo. Y no hay duda, de que los puntos más fuertes de Blade Runner 2049 están en sus aportes propios, en todo lo que se aparta y se tuerce en la vision de Villenueve y la cinematografía completamente abismal de Roger Deakins, mientras que sus pocas debilidades, nacen solo de su propia concepción como un producto de segunda mano, como un replicante nacido del seno de una megacorporación. En este sentido un Blade Runner 2049, con una historia completamente nueva, sin cameos y con apenas referencias a su molde original, como se hizo en Prometheus (2012), hubiera sido algo excelso. Pues si la fotografía, si la actuación, si el sonido, si los efectos especiales son perfectos; lo único que impide a 2049 alcanzar el aura de Blade Runner es paradójicamente todo aquello en que sobrepasa a su original. Pues Blade Runner tenía una historia sencilla, soportada en dos o tres escenas magníficas; mientras que 2049 es mucho más denso, oscuro y desesperanzador, casi rozando lo depresivo, y su historia es mucho más compleja y por tanto imperfecta.

Dos horas y cuarenta minutos; una extensión que invita a la inmersión. Pero más que nada 2049 es algo desolado, y allí es donde esta alcanza su mayor logro, en la consecución de una atmósfera, casi opuesta, en cierto sentido, a la de su molde.

Pues si en Blade Runner todavía parecía haber algo de humanidad, alguna posibilidad de salvación; en 2049, esta salvación, cuando aparece, se torna algo antihumano y sin esperanza alguna para esta misma humanidad. La desolación se aprecia desde la primera escena, donde ya la paleta cambia del todo. El azul de 1982 es reemplazado por un amarillo frío y seco, sin nada de calor, un amarillo gris que parece simbolizar la pérdida de todo el verde de la Tierra. Los seres humanos han caído en la subhumanidad, millones de ellos sobreviven entre la basura y los que tienen la fortuna de habitar en las ciudades, soportan cinturones de miseria que recuerdan los de ciudades latinoamericanas como Lima o Ciudad de México, de montañas y pirámides de casas de ladrillo, unas sobre otras, en tomas que muestran a la aglomeración de seres humanos en la conurbación de Los Ángeles (que se presiente sin límites) en una escala propia de hormigas o termitas; tomas magníficas que recuerdan los planos abiertos de Sicario (2015) y Enemy (2013), y tienen la misma cualidad desolada. El verde de la Tierra desplazado por enormes plantas solares que recubren el desierto como lo harían colonias de hongos o bacterias, y más allá la miseria, y basura que se extiende hasta el horizonte. Ya no parece haber espacio en la Tierra para cobijar a un ser humano más, pero estos y sus copias replicantes continúan expendiéndose, incluso hacia otros mundos. No obstante, lo que le da a todo esto una tristeza infinita es la belleza con la que Villeneuve y Deakins  muestran este abismo. Los ojos casi sangran de tanta belleza, pero al mismo tiempo, algo en el fondo dice que todo es repugnante. Los hologramas son seres vacíos; las hermosas construcciones humanas solo hacen recordar aún con más fuerza todo lo que ahora está ausente; las afueras de la ciudad son territorios apocalípticos. Ciertas tomas, recuerdan incluso la manera en que la cámara de Tarkovsky mostraba ese otro mundo, abandonado e industrial, en algunas de las secuencias de Stalker (1979).

Empero, más allá de la cinematografía, es evidente que 2049 es una fecha como cualquier otra y que solo se asiste a la escenificación de una ficción. No obstante las preguntas están ahí. ¿Qué pasaría si la humanidad solo actuara en su propio beneficio como un ente abstracto? ¿Si antepusiera a cualquier cosa el bienestar de los suyos, si aún el mejor sistema posible demostrará al final ser una máquina de depredación sin límites? ¿Si de repente se lograra una estratificación social tan perfecta que propusiera también distintos niveles de realidades? ¿Del nivel más bajo, Joy, un mero software, a los replicantes, a K. y su Némesis femenina, cuya realidad está soportada en sus recuerdos falsos, y a los propios humanos, consumidores moldeados por una publicidad perfecta pero omnipresente? Lo que se terminaría viendo no sería muy diferente en algún punto de lo que se presenta con tanta poesía en Blade Runner 2049: una distopía capitalista, en una Tierra devastada, donde los seres humanos del futuro son meros productos marcados desde su ADN, diseñados para obedecer, y cuyo única esperanza descansa en otros productos virtuales, consciencias incorpóreas creados por las mismas corporaciones para que otros las compre y posea. Ryan Gosling y su mirada falta de cualquier sorpresa, su mirada racional pero sin esperanza, y su novia virtual, un mero holograma producido en serie al que sin embargo K. considera un ente real: no puede haber algo más desalentador que esto. El ser humano ha pasado a ser la mera variación de un producto, y su soledad, una mera necesidad que las megacorporaciones utilizan para vender sus excedentes y aprisionarlo aún más.

Los seres humanos parecen perdidos y fuera de lugar aquí, han llegado a ser obsoletos, al destruir su propio hábitat solo han creado una prisión para sí mismos, una ciudad infinita, que les da bienestar y posibilidades virtuales sin límite, a cambio de toda su humanidad. Así, Blade Runner 2049, lleva al espectador más allá de lo que probablemente este quería cuando entró a la sala de cine; lo confronta de forma descarnada con una oscuridad existencial más profunda y opresiva de la que cabría esperar. Si muchos soñaron de niños con vivir en un futuro tecnológico como el de Blade Runner; aquí nadie osaría esto. La arquitectura mágica, los autos voladores, ahora se lo puede ver con claridad, descansan sobre una devastación y una matanza de todo lo vivo y natural, descansan sobre el propio esqueleto de la Tierra. Si en Blade Runner en su Theatrical Cut se mostraba al final la posibilidad de un bosque, más allá de esa ciudad lluviosa y azul; en 2049 más allá de la ciudad y sus industrias solo hay un desierto y un frío gélido, falto de toda vida y de toda posibilidad de humanidad. El aliento de la muerte, de lo no vivo, parece recorrerlo todo como un fantasma, parece introducirse en cada lugar, el gris de la niebla parece solo recordar la muerte y la nada. Ya no solo los animales se han extinguido; también toda la vida vegetal.

La distopía se hace todavía más profunda que en el 1984 de Orwell o en el Nosotros, de Zamyatin. Si en estas últimas la sociedad antihumana solo amenazaba a lo humano, en 2049 la distopía tecnológica se nos muestra descarnadamente en su verdadera esencia, como algo opuesto a todo lo vivo y todo lo natural, algo que aspira en últimas a reemplazar la naturaleza con algo artificial y tecnológico. La singularidad tecnológica propuesta no parece, por una vez, algo deseable y mágico, sino más bien el delirio de la razón.

Algunos han encontrado en este escenario un exceso de negativismo. En efecto, la oscuridad de 2049 no es el tipo de oscuridad que nos deja refugiarnos a pesar de todo en sus sombras; aquí la oscuridad es más terrible pues viene de mano de la luz. De una luz que es oscuridad, que no deja apartar la vista y buscar consuelo en otra parte, es este tipo de oscuridad; una luz que solo ilumina la muerte. Y siempre, en 2049, se ve a Thanatos, se ve siempre a través de los ojos de aquel que muere. Y nunca hay nada más allá.

Siempre se podrá afirmar que es algo extraño que una visión tan oscura de la tecnología, provenga de una cinta producida por una megacorporación. Pero si Alien y Prometheus fueron cuentos de hadas, Blade Runner y 2049 parecen aspirar a lo mítico. Cada cinta, en su propio tiempo y lugar, por lo que, desde este punto de vista donde colindan la metaficción y la realidad, lo que menos se debería hacer es tender a la comparación. Ambas son el equivalente moderno de los mitos antiguos que levantaban los faraones o los druidas en piedra, ahora erguidos sobre espacios virtuales y no sobre la materia.

No solo hay perfección técnica, algo ya casi vulgar, sino que hay algo detrás, cierta intención. Y en esta, la secuela nunca esperada recompensa al espectador, no con una ampliación o un remake propiamente dichos, con un mero despliegue de efectos especiales cuyo único tema es la misma técnica, sino con algo tan extraño y bello en su desolación, que hace de cualquier referencia que se quiera hacer al guión algo de cierto modo innecesario. Más que un guión, una sucesión de escenas, lo que hay es una sucesión de símbolos y paisajes, que, como heridas en la retina, todavía dolerán en el espectador mucho tiempo después de salir de la sala.

Y es aquí, en últimas, donde el mayor riesgo de Villeneuve se concreta, no buscando el agrado de las mayorías o los fan, sino todo lo contrario, enfrentándolos a algo que se preferiría evitar: una visión inmersiva y descarnada en un espejo de la propia existencia. Pues, qué son los replicantes, en su significado, sino solo imágenes de los mismos humanos¹, creados a su semejanza, con sus mismas preguntas y sus mismos misterios. Tanto, que al final, cuando se enciendan la luces, será también irrelevante tratar de desentrañar el acertijo que se propone, el tratar de diferenciar cuáles personajes eran en realidad humanos y cuáles no, y hasta dónde llegaba su artificio. Pues todos ellos, a pesar de su vivacidad, no eran más que, en su esencia, criaturas virtuales, que estaban ahí, en su propio mundo maravilloso y a la vez terrible, solo para poder visualizar con claridad aquello que en la vida ordinaria de sus creadores podría pasar desapercibido; es decir, la existencia de una consciencia y un libre albedrío, ilusorios y volátiles.

¹ Así como son ángeles, desde su misma esterilidad, y los ángeles, imágenes de seres humanos ideales.
Ver también:
Modern Mythology. Blade Runner And The Synthetic Panopticon. Octubre 27, 2017.

Rampage

Bill Willianson Rampage
En el siglo XXI un personaje de ficción puede decir más verdades en un par de minutos que los propios líderes del mundo libre en todas sus carreras. Brendon Fletcher expandiendo el mensaje de Bill a través de Youtube.

En la trilogía de Rampage, que inicia con Rampage (2009), no hay ninguna intención artística o conceptual obvia. En esta serie de películas de Uwe Boll, más conocido por sus adaptaciones de videojuegos y películas de nazi exploitation, la intención va más allá, hacia algo más importante que la pura gratificación personal o buscar el agrado de las masas. Rampage es, más que una serie de cintas de humor negro, un legado y un manifiesto.

El mensaje de Bill Willianson, interpretado por el canadiense Brendon Fletcher, quien en todo momento logra hacernos creer en la nobleza de su personaje, en el fondo es solo uno, y es simple y puro: no puedo decirles a quién odiar, pero sí puedo decirles qué pueden hacer al respecto. Y si lo piensan bien, si ven alrededor la vida mediocre a la que están destinados si siguen confiando en el sistema, la única solución es construir una armadura de kevlar y salir a la calle y hacer eso que tienen que hacer. Y entretanto estrellar un camión contra un banco y llevarse todo el dinero que se pueda. Porque ese dinero y la sociedad artificial que se ha creado en torno al acaparamiento del trabajo y el tiempo humano no merece ningún respeto de alguien como él. De alguien que está despierto y ve las cosas tal como son. Porque en su mente nihilista la muerte es algo inevitable, en todo caso, y con ningún significado.

En la segunda entrega, Rampage: Capital Punishment (2014), Bill es todavía más claro: empiecen con los ricos. Todos ellos son la misma escoria, todos aquellos que viven en mansiones han olvidado por completo lo que significa ser un ser humano. Las estrellas de cine son hologramas vacíos; los directores de Hollywood solo venden mentiras, solo son pagados para reescribir la historia (y ellos lo saben), los informativos no se diferencian de la propaganda, son solo la otra cara de la moneda. Todo es pagado por los ricos, el sistema es mantenido por su dinero; todo lo que se ve en la televisión o el Internet solo tiene un objetivo; hacer más ricos a los ricos. Si algo da dinero, no importa que sea amoral o destructivo, los ricos pagarán a los políticos y a los así llamados periodistas para que informen y legislen por su negocio. Las armas son un negocio, los seres humanos de pie solo son ganado, monitoreado día a día por medios tecnológicos. La Tierra es contaminada y arrasada. Las guerras contra el terrorismo se basan en mentiras, tan simples y de baja factura que su masiva aceptación deja entrever que las masas no solo se comportan como ganado, sino que en realidad lo son. Todo es un miserable negocio que se lucra de la sangre y la muerte.

La raza humana se expande como una infección. Los individuos degeneran. Y no hay recursos suficientes para todos. Sí, Bill Willianson también quisiera creer que es posible una sociedad igualitaria y racional, donde todos dan y reciben lo justo, pero él es demasiado inteligente para saber que eso nunca sucederá. No, los seres humanos no son iguales, y su deseo y tesón para trabajar y dar y recibir no es el mismo. Toda sociedad lleva a la esclavitud en manos de los poderosos. No hay Dios, no hay ninguna redención, la religión y las ideología son meras herramientas para mantener al ganado dormido.

Vas a morir de frío en la calle, le dice Bill a un vagabundo. ¿Qué nunca vas a hacer nada al respecto? Levántate y haz lo que tienes que hacer, lo único racional y lógico que un ser humano inteligente sabe que debe hacer en tal estado de cosas. Levántate y mata tantos parásitos como sea posible. La Tierra tiene que ser limpiada para que algo nuevo crezca.
¿Odias a los ricos? Toma un arma y mata tantos como sea posible. ¿Odias a los periodistas que solo repiten mentiras? Toma un canal de televisión y hazlo explotar con una bomba. ¿U odias a alguien más? Solo haz algo al respecto, pon tu maldito grano de arena. ¿Haz visto lo que sucede? Hay sobrepoblación humana; los recursos terminarán eventualmente y los ricos los acapararan todos para ellos, ya lo están haciendo, y dejaran que el resto muera en hambrunas y convertidos en algo peor que subhumanos. ¿Ves en lo que se han convertido los humanos? Son solo ganado sin dignidad, que no merecen la vida, cuya vida no es nada precioso, sino más bien algo patético. ¿No vas a hacer nada al respecto? ¿Vas a ser un esclavo como lo fue toda tu progenie, o vas a ayudar a terminar con el ciclo de depredación sobre la Tierra y el individuo?

La decisión es tuya.

Sí, Bill Willianson tiene un sueño, también, a pesar de su profundo nihilismo. Cree que hay suficientes humanos que pueden despertar y a través de sus acciones individuales, y por supuesto violentas, empezar un cambio. Si comete algún error, es esta trilogía, es creer en algo. En creer que su propia pureza y entrega, son algo tan extendido.

A veces ciertos paralelismos, hacen que la realidad copie la ficción, o la ficción anticipe la realidad. Masacres en Noruega o Las Vegas, todas casi siguiendo el mismo patrón. Al final no importa la ideología, si cada uno de estos actos consigue acercarnos al fin deseado. El dominio de la realidad artificial sobre la realidad verdadera es cada día mayor; pronto llegará el día en que ni siquiera un Bill Willianson pueda hacer llegar su mensaje. Los mensajes serán interceptados por el sistema y, tergiversados, utilizados para sus propios fines. En la tercera entrega, en Rampage: President Down (2016) Bill asesina al presidente de los Estados Unidos; pero los medios acusan del crimen al ISIS, mientras silencian el mensaje de Bill.

Bill, se toma su final con humor nihilista. Pero tal vez Bill tiene razón; tal vez el primer tabú que nunca debió ser aceptado por los humanos fue el asesinato. Tal vez de ser así, en una realidad paralela, los genes que llevan a la depredación y a la opresión, hubieran sido eliminados antes en la historia. O tal vez no; tal vez esta broma cósmica solo debía terminar de una manera; con el ser humano ahogándose en el pantano de su propia podredumbre, después de haber recibido para sí, un «paraíso».

Colossal

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El poster nos devela la cinta mejor que el propio trailer. Un monstruo que repite un gesto, como si fuera solo la sombra de la mujer, como si fuera ella misma. Un gesto de confusión que delata ansiedad. Los colores pastel están ahí, solo para mimetizar, más que matizar, esta psicología oscura.

Colosal. El original y polarizante guión de Nacho Vidalongo podría ser descrito como una mixtura de diversas películas condensadas en un único argumento.

Vidalongo, como en sus filmes anteriores, usa las contradicciones y de manera sorpresiva integra en una misma historia extremos irreconciliables: la misoginia y el feminismo, la fantasía y el drama, las catástrofes naturales y los desordenes psicológicos. También, a pesar de su recurso repetido al twist, una vez más sus finales son lo suficientemente abiertos para dejar la valoración moral de lo que se ha visto, en manos del espectador.

Aquí Anne Hathaway interpreta lo que podría ser el papel que siempre ha hecho, el de una Cinderella. Solo que esta vez no en el camino de la chica común que se eleva a un universo de élite, sino al contrario, como la chica de New York, Gloria (una escritora de artículos de Internet de éxito: nótese que su profesión es algo tan efímero y banal que incluso conseguir el éxito en esto no parece requerir mayor esfuerzo) que luego de haber conseguido ciertos logros, deviene en una especie de indigente cuando retorna al pueblo del interior del que proviene; ella toma esta vez el camino inverso.

En el universo de las metahistorias del cine, las elecciones de los actores no parecen ser dejadas nunca a la casualidad. Gloria parece la reencarnación de uno de los típicos personajes de Anne Hathaway, ahora venido a menos. Pero el centro de la historia no es un romance, ni es una historia de chicas, aunque lo parezca por momentos.

Existe un delirio psicológico en el que el yo se proyecta sobre las grandes calamidades y carga sobre sí la culpa de estas. Gloria sufre de este desorden y achaca las muertes causadas por un monstruo al otro lado del mundo, un monstruo que aparece a una hora determinada en Seúl, Corea, a su propia incapacidad de dejar la bebida. Ella se siente tan importante que cree que la vida de millones de seres humanos dependen de su propio comportamiento.

Y ella encuentra, cuando regresa al pueblo de su infancia, a una casa en ruinas, a un hombre que es como el reflejo extremo de su propio egocentrismo, Jason Sudeikis, alguien que también se ve a sí mismo tan poderoso como para engendrar un monstruo con sus acciones; otra persona que ante todo actúa egoístamente.

Se nos dice que la película es una comedia, el casting es de comediantes, las escenas parecen tener el mismo sentido chocante de una comedia; pero si es una comedia, es una muy oscura; sobre todo si se la lee desde el punto de vista simbólico.

La descripción de los traumas y problemas internos de los seres humanos no se deja en efecto al realismo teatral o a la escenificación; estos problemas se abordan primariamente desde el guión, dejando a los actores la tarea de retratar sus personajes más desde lo simbólico, como piezas de ajedrez establecidas en un tablero, que como caracteres propiamente dichos.

Tómese por ejemplo la escena de la pelea: siempre se da en una especie de cuadrilátero imaginario. Es en el campo de juegos, en donde todo comienza de nuevo. No hay ningún realismo, no hay un verdadero drama entre seres humanos; los monstruos son aquí más importantes como símbolos que los propios actores. Pero esto no quiere decir que este drama de símbolos no sea profundo. La escritura recuerda entonces uno de aquellos capítulos de la Twilight Zone, donde el malestar mental y psicológico era producido a través del recurso al absurdo; con humanos que viven atrapados en casas de muñecas, o al revés, como si los niños en realidad le dieran vida a sus creaciones de fantasía, y sus padres fueran sus verdaderos juguetes; una deliberada subversión de los roles relacionados con el poder.

Es el alma (el Soul, Seúl o Seoul) de los personajes, más que su exterior, lo que es retratado. Podríamos interpretarlo como un juego de espejos, en el que la imagen es tomada por la realidad, y la realidad por la imagen; de este modo el espectador poco atento llega a sentirse embaucado, al ser engañado por las imágenes, mientras que aquel que ya capta desde un principio que solo ve un reflejo, la sombra en una caverna de lo que realmente se quiere decir, es quien alcanzará alguna recompensa; al poder armar dentro de su mente las piezas, y los símbolos, otorgándoles a estos su propia interpretación. Es en la oscuridad donde se encuentra la verdadera luz y nunca está de más detenerse en este pensamiento, pues si nos dejamos engañar por la luz, por aquello que se ve en un primer nivel en la pantalla, nunca penetraremos ningún significado.

Tal vez por esto, por esta modesta exigencia de integrar sus piezas dentro de un tablero mental interior, es que la película parece haber repelido al gran público¹; no nos entrega como el típico cine de Hollywood un guión de interpretación que nos diga qué pensar y qué sentir en cada escena. No hay grandes explosiones ni combates de mechas con graves efectos sonoros.

Hay entonces, más que un intento de aleccionar o inyectar cierta ideología en el que ve, un juego, macabro en cierto sentido, pues juega con cosas a las que se da por sentado deben ser juzgadas siempre son severidad: cuando los humanos se ven a sí mismos como juguetes de sus propios traumas, como meros monstruos creados por sus infancias, y la respuesta a esto no parece ser otra que al final, aceptar la imagen del monstruo que ven ante ellos.

Esta sugerencia, y no otra, es la que le da un valor al guión y a la puesta en escena de Nacho Vidalongo en Colossal (2016). E incluso se podría ir más allá y considerar esta proyección como un tercer episodio, de una metahistoria donde también se tendría a Los cronocrímenes (2007) y Open Windows (2014) (en la que no ha de ser coincidencia que la protagonista interpreta dentro a un personaje llamado también Gloria), todas estas cintas escritas y dirigidas por él mismo Vidalongo, que consiguen llevar al cine de entretenimiento, un paso más allá de la repetición de clichés y virtuosismos técnicos a los que la pereza mental del público parece acostumbrada.

Al final, las malas reseñas no son justas, pues ante todo no se debería esperar una cinta de acción, una especie de vacía Pacific Rim con heroína. Colossal no es sobre monstruos ni robots, no en un sentido directo; es más una fábula moderna sobre traumas de la niñez, y abuso; no sobre monstruos en Seúl, sino en el alma. Hay un monstruo, la mujer con un comportamiento inaceptable, y un robot, el símbolo de un sujeto sin sentimientos, un hombre que un día perdió la oportunidad de sentir cualquier cosa. La contradicción explota cuando vemos que esta tragedia oscura y deprimente es representada en el contexto de una comedia ligera. Se puede leer una historia de violencia doméstica, o la de dos niños que un día, sufrieron juntos un trauma, del que ninguno de los dos pudo volver alguna vez; pero hay también una lectura sobre la indiferencia y sobre como asuntos demasiado serios y perturbadores se convierten en la norma, cuando se está inmerso en ambientes tan negativos como los que muestra la cinta.

¹ Típica reseña encontrada en Imdb: El trailer muestra una comedia, pero la película pronto se torna desagradable y violenta contra las mujeres, y se hace muy difícil de ver… El personaje de Jason está tan perversamente escrito que estaría mejor en una cinta de Alfred Hitchcock; cualquiera que disfrute esto probablemente tiene también uno que otro cargo de violencia doméstica; no hay nada que me guste de esta película, nada de nada, es una pérdida de tiempo.