El hijo de Medusa

Öèôðîâàÿ ðåïðîäóêöèÿ íàõîäèòñÿ â èíòåðíåò-ìóçåå Gallerix.ru
Medusa, Peter Paul Rubens (1618).

Es Atenea quien le da a Perseo el escudo bruñido como espejo con el cual podrá mirar a Medusa, no directamente, sino en su reflejo, y de esta forma, evitar su maleficio. Atenea es la diosa del conocimiento y de la civilización, del equilibrio, la moderación y la razón práctica. Pero es también ella la que transformó a la una vez hermosa Medusa en un monstruo con cabello de serpientes y al que nadie puede mirar sin convertirse en piedra, pues Medusa fue seducida dentro de su templo por el dios Poseidón, señor de los mares, perdiendo así su virginidad y mancillando el lugar sagrado. Mas, Atenea no hace nada contra el violador Poseidón, su rival en la competencia por el patronato de Atenas, al que termina venciendo; sino que es Medusa quien recibe el castigo de manos de Perseo. La falta profunda de Medusa ha de haber estado entonces en su vanidad, y al maldecirla de modo que nadie más pueda volver a verla, Medusa pierde lo que más amaba de sí misma, que era no tanto su belleza, sino que esta fuera reconocida. Luego, cuando el héroe Perseo corta su cabeza, las hermanas de Medusa, las gorgonas Esteno y Euríale, lloran con desconsuelo y Atenea, al oír sus voces, inventa el aulós, el cual suena a imitación de su llanto. Su frialdad y racionalidad extremas se ven ejemplificadas aquí. Ella regala este instrumento a los humanos. Pero la unión de Poseidón y Medusa ha fertilizado, y en el momento en que esta pierde su cabeza, también da a luz a Pegaso, el caballo alado, y a Crisaor, de forma humana, quienes fluyen de su cuello, o de las gotas de su sangre, según la fuente del mito.

Medusa puede haber nacido humana y hermosa, pero al final se convierte al igual que sus hermanas en un monstruo. El castigo de Atenea no es entonces algo externo a la propia Medusa, sino más bien el modo en que la diosa la devuelve a su verdadera naturaleza. Atenea es una diosa práctica y justa, y representa ante todo la moderación de la razón. Una diosa de la guerra, pero no en el sentido de Ares, sino en uno estratégico, en el cual no importa tanto la guerra en sí, sino los beneficios a los que puede llevar, y de este modo lidera a los hombres, no hasta la última gota de sangre, sino hasta que se consigue una victoria; y es ella también quien enseña a los hombres a construir arados y bridas. Sus inventos son aquellos que necesitan de meditación y concentración, y no se dan por simple azar. Es en cierto sentido la más noble de los dioses del panteón Olímpico, y por esta razón no extraña que su figura haya perdurado hasta los tiempos modernos, en escudos y monumentos, asociada a una visión benévola de la civilización y legitimando sus instituciones; algo que sería impensable de el impetuoso y tiránico Zeus, o del bestial Poseidón. Por eso hay una estatua de la libertad y no un tridente o un hombre gigante sentado en su trono, que nos mira con suficiencia.

Las historias griegas, en su mayor parte, suenan incomprensibles a la mente moderna. Las acciones de los dioses, que un día, como Atenea, castiga a la Medusa, retornándola a su condición de monstruo, y otro, le da al héroe Perseo la herramienta justa para vencerla, también suenan faltas de cualquier sentido. Hay algo humano en todos estos dioses y monstruos, pero también algo carnal y puro que el hombre sofisticado, hijo de la civilización, parece haber perdido, como si desligado de sus ancestros, ya fuera incapaz de comprender de forma profunda lo que estos representan. El origen de estos mitos es mucho más antiguo que el mismo auge de la sociedad griega, con su filosofía, y su ciencia primordiales. También para ellos era algo que provenía de un pasado lejano y oscuro, quizás mucho más oscuro y perdido en el tiempo para ellos que para nosotros, con nuestros ejércitos de arqueólogos y cronologías y explicaciones antropológicas, y que trataban de racionalizar.

¿Pero cómo pudo un caballo con alas y un hombre haber nacido del cuello cercenado de la Medusa? ¿Cómo imaginaban los griegos estos mitos, realmente los veían de un modo físico, o eran más bien un símbolo? ¿Cuando ellos escuchaban la historia del nacimiento de los gemelos Pegaso y Crisaor, qué era lo que veían?

Una mente moderna podría imaginar este nacimiento como un hecho sanguinolento y mórbido. La espada de Perseo que se eleva. El cuerpo de mujer de Medusa que yace sobre su lecho, su vestido retorcido, las sábanas arrugadas, su piel blanca un segundo antes palpitante, sus brazos agitados. La sangre que fluye de su cuello. La carne y los fragmentos de hueso. El tronco sin vida aspergido de sangre que a pesar de esto se hincha y retuerce con espasmos. La mirada atenta de Perseo al cuerpo, con la espada todavía en alto. El cuello que se abre con un chasquido y por cuya garganta asoman las patas delanteras de un potro, envuelto en el tejido de su bolsa, luego su cabeza, bañada en líquido amniótico y sangre, quizás empujando pedazos de pulmón por los que se ha abierto paso desde el vientre. El cuerpo sin vida que da vueltas, descubriendo su pecho, los pezones manchados de rojo. De entre el tejido desgarrado asoman las pequeñas alas, con plumas enrojecidas y sucias que tiemblan, todavía muy pequeñas y débiles para emprender el vuelo, como alas de pollo, y luego sus patas traseras que con un nuevo chasquido se desprenden del cuerpo que yace. Y enseguida, enredado en el cordón umbilical del potro, la cabeza roja de un niño, no un bebé, sino un niño que aparenta cuatro a cinco años, que lucha por librarse del cuerpo muerto de su madre y del potro. Los horribles gritos del niño que retumban por las paredes de la cueva y alertan a las Gorgonas. El cuello de la Medusa que se estira hasta rasgarse y por el cual al fin asoma el tronco del niño, que se sostiene en sus brazos, formando una extraña criatura arácnida con el cuerpo todavía unido de su madre. La mirada de terror del niño, su corto cabello rubio, lacio y húmedo, su rostro sucio de sangre y secreciones, humanas y animales, su cuerpo goteando, como emergiendo de un río de sangre. Al fin sus piernas que se desprenden, y que luego se acurrucan contra su cuerpo, que tiembla de frío mientras el extraño potro con alas de pollo trata de levantarse sobre sus patas y resbala sobre el charco más oscuro que la piedra que los rodea.

En Las metamorfosis de Ovidio, este episodio es narrado en un solo verso: Pennisque fugacem Pegason et fratrem matris de sanguine natos.

La mente moderna vive ansiosa por los detalles. No falta una palabra, o una frase, para calmar su sed. Siempre necesita ver.

De Crisaor, se sabe que llegaría a ser rey de Iberia, y que con la ninfa Calírroe, hija de Océano y Tetis, engendraría al monstruo Gerión. No obstante, uno no puede dejar de pensar, en qué extraño debieron ser siempre para él las circunstancias de su nacimiento, como hermano de un caballo, la forma en que una vez, su sangre y la del caballo habían palpitado al unísono. Este origen indigno, ¿lo atormentaría hasta el final de sus días? A pesar de tener la forma de un hombre, su madre, su hermano y su hijo fueron monstruos. Para la mente moderna su destino parece algo trágico, mientras que el hecho de haber alcanzado la estatura de un rey debió dotar su figura de cierta aura divina.

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La identidad de todas las cosas, animales, hombres, monstruos y dioses, la forma en que estas categorías son intercambiables, los dioses pueden dar origen a monstruos, los monstruos a dioses, las estrellas y la sangre, la carne que puede luego convertirse en puntos de luz en el espacio, parece algo que no necesitaba ser explicado para la mente antigua. Simplemente estaba ahí. Los dioses y monstruos antiguos no estaban confinados a un lugar que no estuviera aquí mismo en la tierra; sus historias tienen lugar dentro de lo común, lo conocido, ríos, mares, cuevas, montañas, islas, el cielo estrellado. No existían en un dominio espiritual distante, sino que estaban hechos de la misma materia que los hombres. Y el hombre no estaba en el centro de todas las cosas, sino que compartía al mismo nivel el mundo con las otras criaturas, reales y míticas.

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Qué distinto esto del mandato de la Biblia, que pone desde un principio, desde su Génesis, al Hombre sobre todo lo demás, como dueño y señor de las criaturas vivas y de la misma tierra, que a partir de ahí se ponen a su servicio. «Creced y multiplicaos» afirma. Pero los números no conocen de límites; y su repetición lleva a lo monstruoso, como bien expreso Borges.

Para la mente griega no había un dios que fuera más importante que los otros, pues era en base a sus interacciones, y de estos con los hombres, los animales y la propia geografía de la tierra, que el mundo era dotado de sentido. La idea de un dios único, es por contraste totalizadora y tiránica. El poder de Zeus era regulado por los otros dioses, y ni siquiera el Sol, Helios, tenía un papel preponderante dentro de la mitología griega, sino que era visto como un fenómeno más del mundo, mientras que el poder del dios de Abraham, se presenta en todo momento como ilimitado.

En los griegos se encuentra el umbral entre el nacimiento de lo moderno, y la muerte de lo antiguo. Lo moderno, es aquello cuyo centro está en el hombre como un concepto. La Biblia en este sentido está más cerca de lo moderno que de lo antiguo; su acento no está ante todo en Dios, sino en el hombre. Dios es una luz misteriosa, sin padre ni madre, ni genealogía, y la Biblia no lo sigue a él, sino a la evolución de su pueblo elegido, definición que el Nuevo Testamento ampliaría a toda la humanidad, con lo cual da el paso decisivo hacia lo moderno. El romanticismo lleva el acento al individuo, lo postmoderno pone esto en un espejo, y lo que sigue a este, rompe o ignora el espejo.

Si en la antigüedad los monstruos se hallaban indiferenciados, podían ser intercambiables con los hombres y los dioses, lo moderno distingue siempre lo monstruoso de lo humano, los pone en compartimentos separados, e infranqueables, más que por la ruptura de la norma. El hombre se ha elevado sobre ambos, monstruos y dioses. Si luego abraza los monstruos, los encuentra dentro del mismo hombre, con su comentario irónico, y su ideología implícita, es porque los verdaderos monstruos han sido confinados, han desaparecido de la vista del día a día.

Pero ellos todavía están aquí. Dentro de la industria monstruosa, las granjas de animales dispuestos como máquinas de producción primitivas, las parcelas fértiles que se extienden hasta el horizonte aspergidas con químicos, las manchas grises de las ciudades, las minas que horadan la tierra y los mares, y que ocupan ahora hasta el último rincón del mundo. Una depredación monstruosa, que ocurre como en un universo paralelo e ignorado, mientras una tierra de fantasía se colma de criaturas fabulosas e inocuas, fabricadas en serie.

Al apartar al hombre de los monstruos, lo moderno exime al individuo de responsabilidad, y por consiguiente lo humano deja de ser medida y límite del mundo, reemplazado por un concepto abstracto. El Dios sin limites guía. La razón y la matemática son libres de construir su nuevo mundo. Pero los monstruos ya no pueden ser vistos directamente, pues su realidad se haría insoportable.

Crecimiento y multiplicación. Lo único no perdura dentro del mundo de la industria. Lo único y particular es aquello que continuamente es eliminado, mientras lo general y compartido se hace más fuerte con su sacrificio. Y la paradoja de lo moderno es que un mundo centrado en el Hombre, ha de llevar necesariamente a la desaparición de este mismo Hombre, disuelto en la masa; a que la idea del hombre sea suplantada por su realidad acuciante.

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El pensamiento de la enfermedad

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La pandemia olvidada. Suecia, 1957.

Si antes nos habíamos creído inmortales o libres, la enfermedad siempre nos recuerda que nuestra condición de sujetos de los azares no es definitiva, y que más allá de la cuesta de los días habrá al final un descanso, un cementerio ornado de flores, al que los huesos serán la mayor ofrenda. Los desvaríos de la fiebre en las noches tienen esta misma cualidad; son un descanso del peso del propio yo, y las imágenes y sensaciones que se suceden en un sueño hirviente, si bien no podría escribir que son agradables, son como si la consciencia se liberara y se dejase arrastrar por el tiempo; y no hay nada más que ese tiempo.

El pensamiento de la enfermedad es terrible a la par que consuela. En ningún otro estado se siente con mayor fuerza el hecho de que el yo, no es más que una defensa y una artimaña del cuerpo para sortear el mundo. Así que a pesar de las incomodidades, siempre hay algo dulce en la enfermedad que obliga a guardar cama; es como si el tiempo se reversara y una vez más se fuera un niño indefenso e inocente. Todo lo accesorio se apaga dentro del cerebro, y la enfermedad no permite ver sino lo inmediato, o lo que está muy profundo, dentro de nosotros mismos, y que como cadáveres sepultados en el permafrost, de pronto una ola de calor los resurge a la superficie.

Quizás es la enfermedad la verdadera medida del hombre, donde sus cualidades se hacen más evidentes. Y cuando se está en cama, existe también una añoranza por tiempos más simples, cuando la gente moría en sus hogares o en las trincheras de la guerra, víctima de virus que hoy día, un par de pastillas bastarían para mantener bajo control. La enfermedad golpeaba la puerta, y en cuestión de un par de semanas o meses todo había terminado.

La muerte siempre fue algo que llegaba sin anunciarse y que obraba con rapidez; las terribles siluetas de los veleros de los bárbaros aparecían en el horizonte, y horas más tarde las mujeres eran violadas y los hombres y niños morían por la espada. La guerra era declarada con pompa y júbilo viril por el emperador y meses luego un soldado cualquiera perecía en una trinchera, asfixiado por el humo. Un barco extranjero atracaba en un puerto, cargado de animales exóticos; monos, loros, tortugas, iguanas y serpientes. Días luego un par de monos mueren, en sus cuerpos se descubren úlceras y ampollas bajo su corto pelaje amarillo. Una semana después la gente del puerto empieza a morir, terribles dolores en los órganos que se expanden con rapidez a todo el cuerpo, los curas y los sepultureros no dan abasto, las hogueras se encienden por toda la ciudad y el olor a carne chamuscada llena el aire, ocultando incluso el aroma salado del mar. Una artista de los años veinte conduce un automóvil, y en un accidente derriba a un transeúnte de cierta edad; el viejo cae y luego se levanta por sus propios medios, maldiciendo a esas mujeres liberadas y ricas que no saben conducir; el viejo muere esa misma noche, cuando cierra los ojos ya nunca vuelve a despertar. La mujer, joven, de alrededor de treinta años, tiene un desmayo al día siguiente. El médico arriba luego de un par de días de dolores que recorren todo su cuerpo, y se le diagnóstica meningitis. Tres semanas más tarde ella también muere; apenas el tiempo necesario para despedirse de la vida sin aferrarse mucho a ella.

Un hombre estoico lee y escribe en su lecho de muerte, en una isla calurosa, al otro costado del mundo donde nació, muy lejos de las zarzas de las colinas frías de su juventud, sabiendo que serán sus últimos días, no hay queja ni rebelión, ni deseos de volver el tiempo atrás, él solo se encomienda a la misericordia divina.

Hoy día¹, no obstante, la muerte ha perdido mucho de su antiguo misterio. Aquellos que contraen la enfermedad, suelen pensar que podrán luchar contra ella y que la ciencia moderna será su aliada; esto es cierto en ciertos casos, y entonces los enfermos ponen sus cuerpos en manos de los médicos y sus métodos de ensayo y error, y luego de incontables dolores, salen del hospital con una sonrisa cansada de victoria; pues en realidad qué han ganado, apenas unos años más, cuando todo hubiera podido terminar ya, todo el sufrimiento, toda la espera, no más que una ilusión de vida que vence a la muerte, como si eso fuera posible. Pero aun así, en este clima de victoria de la humanidad sobre sus verdugos invisibles, hay enfermedades que no han sido domesticadas, que de ser adquiridas, el médico bajará los ojos, apretará los labios y tratará de hacer que su mirada brille cuando se encuentre de nuevo con los ojos del enfermo, que siempre cree ciegamente en la cura, en el poder infinito de la ciencia moderna, y tendrá entonces que decirle, al modo de los viejos tiempos, que todo ha terminado, y que ojalá pudiera, como sus antiguos colegas, decirle que solo le queda encomendarse a Dios.

Luego los enfermos terminales, los leprosos, se rebelan, exhiben sus llagas con orgullo a las cámaras, y exigen sin ninguna vergüenza su derecho a ser curados, por irremediable que sea su condición, y enarbolan pancartas, y los más capaces entre ellos, vociferan sus pliegos por un megáfono. Y las madres de los incontables niños que han muerto, apenas traídos al mundo, por una infección contraída en el hospital donde vieron la luz, maldicen la corrupción y la falta de tacto de los nuevos médicos, sus ojos de mujer, redondos y vacíos; y nadie comprende, entre todos ellos, que la muerte es inevitable. Sus alaridos son fuertes y seguros, como si su derecho a la vida fuera incuestionable, por el mismo hecho de ser formulado.

¿Dónde ha quedado la dignidad de los antiguos, que sabían morir en silencio, así el dolor los torciera a gritos? ¿Que nunca maldijeron a Dios o a la vida, y que sabían que todo tenía un comienzo y un final? ¿Que aconsejaban a sus verdugos y que confesaban con honor sus culpas?

¹ Febrero, 2019.

Fragmento extraído de Dentro del mundo real (págs. 161-163). Volumen que comprende todo El mundo real.

La realidad del accidente

POOKA CUT
El monstruo de Pooka! (2018).

Todo accidente, en retrospectiva pareciera como de si de algún modo se hubiera podido evitar. Pero esto no es así. Nunca es así, por estúpido que el accidente haya sido. Siempre sucede, a pesar de lo que se quiera después.

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Las probabilidades de morir de pronto, un día cualquiera, son ínfimas. Los fallecidos, los heridos, son solo números, y como tal, como no nos vemos a nosotros mismos como números, no son algo que nos afecte directamente. Pero esto no quiere decir que la muerte no exista, sino que ha sido relegada al universo de las estadísticas, donde el lugar de la muerte repentina y misteriosa ha sido tomado por el accidente. Y dentro de este entorno abstracto, el choque de autos, se ha convertido como en la manifestación de lo monstruoso en el mundo de hoy¹.

En Pooka! (2018), el mal se convierte así en un muñeco de tamaño real, lo que podría ser un inocente oso de peluche, pero que en vez de ojos tiene un enorme par de faros de coche en el centro del rostro, y cuya boca, semeja un radiador. El afable oso de peluche llega entonces, con la adición de un par de detalles, a personificar algo perturbador. Un vehículo, que es usado de forma inocente, pero que de pronto se convierte en un instrumento de muerte. Todos saben que esto es así, que los accidentes pueden ocurrir, y que ante estos, los seres humanos no son más que carne, pero lo saben de tal modo, como un hecho estadístico, que olvidan lo que la realidad del accidente es.

¹ Mayo, 2019.

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De súcubos y Medusas

Robin de Sheerwood
Morgwyn de Ravenscar, en Robin of Sherwood, serie de TV (1984).

Un tipo especial de monstruo, más ligado con lo demoníaco que a lo monstruoso propiamente dicho, es el súcubo. El súcubo es un demonio femenino que aparece en sueños, especialmente a aquellos que han realizado un voto de castidad; una variación del tema de la sirena, pero cuyo dominio no está en los mares ni los ríos, sino en el territorio de los sueños. Es un monstruo que absorbe más que devorar, el súcubo que se lleva la energía sexual a su territorio de sombras, dejando al soñador débil y confuso, así como la rusalka incita a sus víctimas a acompañarla al fondo de los ríos, donde perecen ahogadas. La cualidad más destacada de este monstruo es por supuesto su naturaleza femenina. Es una idea repetida. Cuando Hari seduce a Kris a bordo de la nave que orbita el planeta Solaris, ella se comporta como un súcubo, absorbiendo la energía de Kris, y ella misma es una especie de sueño, que viene de la mente de Kris, pero que también tiene un origen externo y desconocido. En Under the skin (2013), el súcubo, en la forma de Scarlett Johansson, toma una apariencia extraterrestre, pero igualmente seductora hacia los hombres; y en la reciente High life (2018) la doctora interpretada por Juliette Binoche, que lleva sus experimentos a bordo de la nave que se dirige al agujero negro, es una «chamán del semen», cuyo máximo objetivo es hacer caer la resistencia del único tripulante de la nave que se mantiene célibe, dentro de un ambiente onírico.

Contra la gran multiplicidad de monstruos masculinos se oponen algunos pocos seres femeninos, la sirena o súcubo, la bruja, y la Medusa. Esto es así porque lo masculino se expresa siempre de forma más variada que lo femenino, y lo monstruoso no es la excepción. Los hombres son más distintos entre sí, de lo que las mujeres lo son, y por eso una mujer que se aparta del molde destaca más que un hombre que lo haga del suyo. Lo múltiple y profuso es masculino, lo similar, y unificador, femenino. Los monstruos femeninos son en el fondo todos variaciones del mismo ser, y la bruja, la Medusa y el súcubo tienen mucho más en común que el licántropo, el vampiro o el monstruo de Frankenstein entre ellos. Así, el monstruo femenino en su esencia siempre representa de manera amplia a la mujer, como opuesta al hombre. Hari es todas las mujeres, así como la sirena y la bruja lo son. En la Medusa, tornando todo lo que la ve en piedra, se aprecia también el poder unificador de lo femenino. ¿Pero qué torna a las criaturas en piedra? ¿Qué hace lo vivo, no vivo?

La bruja, el súcubo, son a veces explicados como símbolos de ansiedad ante lo femenino; pero el símbolo de la Medusa es más oscuro y elusivo. No es su mirada, sino la mirada de los otros, la que trae el horror. Y es la visión de su rostro, no solo sus ojos, lo que descarga el maleficio. Cuando Perseo mata la Medusa, es capaz incluso de usar su cabeza muerta como un arma, lo que nos dice que el poder de la Medusa no es una cualidad de lo vivo. Es en este sentido un instrumento; un monstruo–espejo. La Medusa devuelve nuestra mirada, y lo que vemos como un monstruo nos despoja a su vez de la vida. De otra parte su cabello está hecho de serpientes, el poder seductor de lo femenino, siendo el cabello uno de sus atractivos principales, es suplantado aquí por un símbolo de inteligencia y astucia, pero también maldad; Eva y la serpiente, San Jorge y el Dragón. La visión de cierta verdad nos convierte en piedra, lo femenino no es solo nocivo en su forma viva, sino en su estado inerte. Pero siempre requiere nuestra atención pues sin esta el monstruo es inútil, no puede hacer ningún mal. Es siempre la curiosidad la que es castigada. ¿Mas, porqué la curiosidad debe ser censurada o limitada? No comas del fruto del árbol prohibido suena similar a no mires a la Medusa a la cara. Del exceso de curiosidad, de un ansia de saber sin límites, solo puede reflejarse algo que ya no es humano. La «ciencia», pues de dónde proviene esta, sino de esa curiosidad, entendida como algo opuesto a lo vivo y humano. La Medusa es como el agujero negro, el monstruo más moderno de entre los monstruos, un lugar que absorbe todo lo que está en su cercanía y se atreve a mirar dentro de él. Nuevamente en High Life, el prisionero célibe del espacio y su hija, ven en la forma del agujero negro no un círculo, sino un «ojo». Pero el agujero negro no mira, eso es imposible, no es un sol, sino su contrario; si uno mira el agujero negro, si se deja obnubilar por su embrujo, entonces tarde o temprano ya no podrá escapar de él y su portentosa fuerza de atracción, y caerá también en el abismo. El agujero negro en High Life, es también el tabú, como lo son la Medusa, y el Árbol del Bien y el Mal. La película es simétrica, arranca con el padre que cuida de su hija en el espacio, explicándole que para ella ya no existen los tabú, desde que han de reciclar sus deposiciones para beberlas después, y termina con la ruptura de otro tabú, representado en el viaje imposible al agujero negro, que en su última secuencia sugiere también el incesto.

No hay que mirar la Medusa, no hay que comer del Fruto Prohibido, y no hay que viajar hacia el horizonte de sucesos de un Agujero Negro, el ojo que no ve, sino ante el cual la luz muere.

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Que todo el que vea a la Medusa, se convierta en piedra, significa también que la Medusa no puede ser vista. El sol, los dioses, los reyes antiguos, comparten con ella esta característica, aquel que ve el sol se arriesga a la ceguera, y el que mira a Dios a la cara se ve también fulminado por su luz. ¿Es en este sentido la idea del sol, de lo que está ahí y no puede ser visto, lo que yace detrás de su rostro? ¿Un rostro invisible con un halo de serpientes? La Medusa en efecto, nunca se oculta en las sombras, pues de hacerlo, perdería su poder. Ella depende de la luz. Una Medusa que no pueda ser vista, que no exista para la visión, es una paradoja. Pero la Medusa no es el sol, no da vida, ni calor, y el sol ha sido siempre un símbolo masculino, el sol es su fuente pero ella es más bien su antítesis. Ella es el sol femenino, el no–Sol, un ojo que no mira sino que atrae la luz y la devora, convirtiéndolo todo en piedra. Es una fuerza procreadora que ha sido interrumpida y desviada.

Mas, la Medusa no se agota en su representación clásica, con su cabello de serpientes. El mito pervive hasta nuestros días, pues todavía existen cosas que no debemos ver. Un monstruo como la medusa aparece en The Blair Witch Project (1999), y su secuela; y la Samara de The Ring (2002), puede ser entendida como una forma todavía más moderna, una cinta de video prohibida, cuya visión causa la muerte a los pocos días. La cinta, como la cabeza cercenada de la Medusa, es un instrumento, no algo vivo en sí. El «castigo» de la Medusa no es selectivo, no va dirigido contra nadie en especial, y convertirse en piedra puede ocurrir a cualquiera que vea allí donde no debe verse.

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La verdad

Odin mimir
Odin Mimir Befragend, Carl Emil Doepler (1905).

Cerré la página del foro sobre «preguntas existenciales». Aquello no iba a llevar a ninguna revelación. Como siempre se trataba de hallar una frase que resonara, que pareciera vibrar con cierta verdad. No somos nada, desde que esta es la última verdad, la que todos rechazamos, todo lo demás puede estar impregnado de cierta verdad. El mar budista donde muere la consciencia; eso es cierto, la consciencia ha de morir, todo muere, nada puede ser eterno. La visión heroica y pagana: antes de retornar a ese mar de muerte la consciencia tiene casi que el deber de esta lucha, pues de otro modo todo hubiera sido nuevamente en vano. Eso también resuena con verdad. El sacrificio cristiano, la compasión: algo cierto ha de haber ahí, pues a veces es claro que el espíritu se siente inclinado ante ella. Y podríamos seguir así, con cada uno de los motivos que diversos humanos han elaborado a través del tiempo sobre lo trascendental, encontrando en cada una, algo. Pero no menos cierto es que la suma de todo esto no produciría nada, y solo llevaría a la contradicción. La ambición totalitaria de una tierra unida en una religión ecuménica, síntesis de todas los grandes cultos, nunca podría dar ningún fruto. Esa síntesis es imposible. Quizás la verdad es que no podemos alcanzar la comprensión total del cosmos; que como esas formas imposibles que cambian de forma y volumen según la ubicación del observador, nosotros somos capaces de percibir un ángulo de la verdad de una vez; pero nunca la totalidad. Que en cada una de estas caras de un poliedro imposible, encontramos un espejo, que es también como un cristal, y que a través de este, podemos percibir cierta verdad; pero que en otra cara esta verdad será distinta e incluso contradirá la anterior, sin que por esto sea menos verdadera. En una cara encontramos el todo, en otra la nada, en la siguiente a nosotros mismos, y en otra al opuesto perfecto que dará sentido a nuestra vida. Todas las caras verdaderas, todas opuestas. Y nuestra consciencia, y quizás cualquier consciencia, solo pueden ver una por vez, y sería incapaz, siempre, de apreciar la totalidad que subyace.

Pero no todo lo que la gente llama «verdad», hace parte de estas caras, ni esto quiere decir tampoco que todo sea verdadero. Aquello que no resuena, que no atrae el espíritu, no puede ser sino mentira.

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El comportamiento de los humanos es otra cosa cíclica. Nadie cambia, pero las órbitas que describen alrededor de su centro a veces se hacen más lejanas, casi imperceptibles, y otras más cortas, podemos ver ese centro más claramente. Pero siempre iguales, incapaces de ir más allá, de desprenderse de aquello que los sujeta. Y algunos son meros satélites, piedras atraídas por gravedades más fuertes; y otros grandes masas de fuerza que organizan todo lo que los rodea. Pero nadie, a pesar de sus tremendos egos, tiene ningún poder sobre la historia.

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La mirada del abismo

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Yul Brynner en Westworld (1973).

No hay monstruos si no hay mirada.

Hay criaturas que ven hacia el abismo y se convierten en ese abismo. Su yo es moderno y cambiante. Incluso del alien, sin ojos, también se puede decir que ha visto a través de un abismo; es el abismo en sí. Es el reflejo del yo desprendido de un yo. Ver demasiado al alien es peligroso, pues estar demasiado cerca del alien puede convertirnos en un alien. Por eso semeja tanto una criatura de pesadilla, en las que nunca podemos ver a los monstruos claramente, pues cuando lo hacemos despertamos, sudorosos y con la mirada fija. Es un reflejo de nosotros mismos, que ha escapado del otro lado del espejo. Así Ripley, la cazadora del dragón, termina convirtiéndose en una de las secuelas ella misma en otro monstruo.

La mirada de los monstruos nos acecha para convertirnos también en monstruos. La Medusa, la criatura de Frankenstein, que es un reflejo de su creador, al final el reflejo también adquiere con el tiempo poder sobre aquel que refleja. Los vampiros y zombies, que con su mordida convierten a los vivos en muertos. El alien, infectando con sus huevos y usando nuestro cuerpo como una crisálida para sus crías.

Si hay en sí en la refracción del yo algo monstruoso, es en la multiplicidad de este yo, en su cualidad de no ser único y especial, sino algo repetido, de forma hasta banal. El abismo está en el mismo reflejo, en la posibilidad de la refracción. Para los animales, que no conocen lo monstruoso, pues viven inmersos en ello, los reflejos no existen. En la imagen que nos devuelve un espejo, o la superficie cristalina de un lago, reside la entrada a otro mundo, de aquello que no es real. Del mundo del espejo provienen todas las pesadillas y sueños del hombre.

La consciencia sabe que existe, sin saberlo, pues es existencia pura; pero es el yo, quien le da forma a este conocimiento; es el yo quien choca con la imagen en el espejo, pues la consciencia es ciega, y sus ojos no son atraídos por la luz.

Es el yo, cuando ve al abismo, quien encuentra su propia oscuridad. Y entonces queda atrapado en ese abismo, como otro monstruo más. Y desde el otro lado del espejo, ellos ya no pueden vernos.

Si hay algo que caracteriza al monstruo son sus ojos. Con frecuencia estos no existen o carecen de cualidad humana. Los ojos rojos del vampiro inyectados de sangre, la mirada animal del hombre lobo, la misma ausencia de órganos visuales en el alien. Infectados por los zombies, con las miradas amarillas o el globo ocular completamente negro, monstruos de la antigüedad con múltiples cabezas y por tanto múltiples miradas, u ojos de reptiles o insectos. La mirada de los monstruos no es una mirada humana, y por tanto ellos no pueden vernos. Nosotros, los humanos débiles y perezosos del día a día, es como si no existiéramos para sus ojos. Es una mirada en la que desaparecemos, y en la que nuestra existencia no tiene ningún valor. En las escenas de Alien (1979) que siguen el punto de vista de la criatura lo vemos con claridad, la criatura no ve como nosotros, como tampoco lo hace el alienígena de Predator (1987), o los robots asesinos del parque de la película de Westworld (1973), ni el Terminator. La mirada del monstruo no es como la mirada humana y por tanto ve el mundo de otra forma. Su ver es casi ciego, monocromo o como si se moviera a través de un mundo de sombras, él no puede ver como los hombres. Para los monstruos, la humanidad no existe.

De otra parte, sugerir que nuestra mirada es la única válida, que todos los demás están viendo el mundo de una forma equivocada, convierte a los demás en monstruos, como sucede en They Live (1988), cuando unas gafas especiales le dan al protagonista el poder de ver la realidad tal como es y no como ellos, quieren que la veamos.

En la mirada descansa el poder de destruirnos a nosotros mismos, pero también de anular a los otros. Si nos negamos a ver las cosas del mismo modo que lo ve la sociedad, de repente entramos también en el terreno de los monstruos, de la negación de la realidad social. Los monstruos no ven a los hombres individuales, pero son capaces de ver aquello que los propios hombres ignoran. El alien, con su misma existencia, anula esta realidad consensuada. Las plagas de zombies muestran un mundo interdependiente, pero por esta misma razón, tan frágil, que un solo fenómeno puede llevarlo al caos. La mirada de la criatura de Frankenstein a una sociedad, de la que se sabe para siempre aparte, Drácula capaz de ver más allá de lo que podemos conocernos a nosotros mismos, y despertando bajo superficies tranquilas las mayores pasiones. La mirada del monstruo siempre nos muestra, cuando podemos ver a través de ella, algo que siempre estuvo ahí, pero que nuestra mirada humana ignoraba.

Los «estudiosos de la sociedad» encontrarían aquí una función, pues para ellos no puede haber forma sin función, y su mayor gozo está en identificar algo que luego pueda ser usado, cuyas causas y consecuencias puedan comprender en totalidad, y así ser vaciado de misterio. Esto sería simplista, afirmar que entonces los monstruos sirven a la sociedad, mostrándole aquello de lo que habitualmente no es consciente. Pero su existencia no necesita ser explicada, su mundo corre paralelo al nuestro, y debió ser anterior incluso a cualquier sociedad compleja. Los primeros monstruos estuvieron ahí, mucho antes de que el hombre se creyera con el poder de domesticarlos. Eran hombres o bestias, pero su memoria pervive en la sangre.

Y no hay utilidad en el abismo, pues es la misma antítesis de lo necesario.

Un monstruo no se ve a sí mismo. Ni siquiera él podría soportar su propia monstruosidad. Cuando lo hace, deja instantáneamente de ser un monstruo.

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Ser un fantasma

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A Ghost Story (2017).

Un fantasma es lo que queda de un difunto luego de que este ha muerto, y sería sencillo decir que el fantasma equivale al alma de los que se han ido. Pero si se considera al alma como algo intrínsecamente libre, no atado ni siquiera al cuerpo, se puede afirmar que no hay nada más lejano del concepto de libertad, dentro del mundo de lo sobrenatural, como los fantasmas. Los fantasmas nunca son «libres»; son seres vacíos y mudos que permanecen atados a ciertos lugares; que no pueden desprenderse del mundo de los vivos, que es donde la libertad fluye. Los fantasmas son almas que no han podido volar, que han permanecido atadas a lo material, a lo cual ya no pueden ni siquiera tocar. Su tormento es su imposibilidad de comunicación, y su invisibilidad. Por eso su terquedad en aparecer ante los vivos, aunque estas apariciones solo produzcan horror, o como en las producciones de cine más modernas, reflejo de un mundo indiferente, apatía o incredulidad, tal como se puede ver en A Ghost Story (2017). Aun así el fantasma insiste; pues para él, el tiempo tampoco existe. El fantasma es un ser que ya no puede aprender nada más, que ya no puede sacar ninguna lección del mundo, pues su tiempo en la tierra ya ha terminado. Mientras que el tormento del monstruo, cuando en raras ráfagas él también capta su propia monstruosidad, es el ser visto por los otros, en el caso del fantasma su única razón de ser nace de una necesidad de ser visto por esos mismos otros. Y así el fantasma vaga por el mundo de los vivos, recorriendo los mismos caminos que visitó cuando estaba vivo, pero sin poder dejar ninguna huella en este mundo. Él quiere tocar, pero en vez de eso, lo atraviesa todo. Quiere oír, pero todo se escucha como a través de túneles y muros. Quiere ver, pero todo lo ve entre una bruma.

* * *

Ser un fantasma. Aquello es lo peor que le puede suceder a un ser humano. Es común sentirse así, cuando se está inmerso en alguna institución social, en la que se espera que el «yo» desaparezca por completo y que sea reemplazado por el yo de los otros. Un fantasma es un ser que no tiene libertad; un prisionero de los otros.

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La biblioteca de Westworld

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¿Has ya comenzado a cuestionar la naturaleza de tu realidad? Westworld, episodio The Passenger (2018).

«Todo hombre es una historia».

¿Cada hombre es un libro, una novela? En la serie de Westworld (2016) se sugiere algo así, cuando la programación de cada ser humano aparece como un volumen dentro de una biblioteca virtual (Dolores con su vestido azul, y luego la Dolores implacable, de pantalón, que no le tiemblan los dedos para apretar el gatillo, las montañas amarillas, el cielo azul). La paradoja, al final, era que el código de los seres humanos era demasiado simple para permitirnos tener libre albedrío, y que serían los seres artificiales, aquellos que a través de su interacción con nosotros desarrollaran un código más complejo, los primeros seres que gozarían de una verdadera «libertad». La creación superaría así a sus creadores. El sueño de la razón se haría real. Pero incluso siendo más perfectos que los mismos humanos, ¿tendrían estos seres un alma equivalente a la de estos propios seres humanos? Esta pregunta, por supuesto, es imposible de responder.

Pero aquello era falso. Mera propaganda transhumanista. Cada hombre digno de este nombre, no es un simple volumen en una biblioteca; es más bien una biblioteca en sí mismo. Un hombre que hubiera vivido un solo día, ya podría vivir una cadena perpetua en una prisión, ya con esos recuerdos le hubiera bastado, algo así escribió Camus. De la misma forma, a un verdadero escritor, la memoria de un solo día que hubiera vivido, tendría que bastarle para tener tema de lo que escribir, sin agotarse ni repetirse nunca, por el resto de sus días.

«Un hombre es como una novela: nunca conoces el final sino hasta la última página», dijo I–330. «La lectura no sería digna de otro modo», si de antemano uno conociera el desenlace.

Así de una parte, somos como bibliotecas, con volúmenes perdidos entre los anaqueles, que solo se abrirán una vez y nunca más volverán a encontrarse, y otros, libros cuyos lomos una vez abiertos no se cerraran de nuevo, que estarán siempre ahí, ante nuestros ojos, y del mismo modo, solo cuerpos, masas grotescas de carne, que un día fueron expulsados del paraíso, de las copas de los árboles, del bosque, y ahora deben vagar por la tierra entre sus propias sombras.

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Los hombres del pasado

WAR & CONFLICT BOOKERA:  WORLD WAR I/THE FRONT
La Gran Guerra (1914-1918).

Viendo una película de los años setenta, lo que más llama la atención es lo poco que ha cambiado el mundo. La vida sigue siendo la misma. El tiempo se ha detenido, la evolución de la especie ha parado.

Nada realmente nuevo ha sucedido en los últimos cincuenta años. Es como si el mundo se hubiera estancado en un estado de desarrollo ideal, del que ya no hay mucho hacia donde ir.

Lo que hay, es apenas la evolución lógica de lo que ya estaba ahí. Los transistores ya existían a mediados del siglo pasado. Incluso el debate político se suspende en los mismos temas. La revolución sexual y el feminismo ya eran antiguos en los setenta. Ni siquiera ha habido verdaderas guerras en todo este tiempo. ¿La guerra de Irak, la guerra contra el terrorismo? Meras farsas. Nada ha cambiado la faz del mundo, en una forma que sea reconocible.

¿Es la falta de una gran guerra, lo que mantiene al mundo en este estado? ¿Sería posible una gran guerra en el futuro? ¿Una guerra que arrojara nuevos vencedores y vencidos, y en consecuencia una nueva organización del mundo? Un cambio radical, donde por ejemplo, ya no circularan vehículos a gasolina por las calles, ni existieran supermercados, y la ropa dejara de ser tan colorida y vulgar…

A veces envidio demasiado a los hombres del pasado. Ellos tenían el opio, e iban a la guerra, con resignación y maravilla, como quien va hoy a un partido de fútbol portando las banderas de su equipo. Dormían en las trincheras, tenían camaradería, las mujeres les escribían cartas de su puño y letra. A lo lejos se escuchaban las bombas y las ráfagas de ametralladora. Ellos podían ser valientes, tenían la opción de hacer algo heroico y estúpido y morir por eso. Luchaban por sus patrias, por sus hijos, por sus padres, por sus abuelos, por las personas que habían vivido cientos o miles de años en un mismo pedazo de tierra, compartiendo el pan y el hambre, la lengua y la religión, los mismos reyes y la misma historia. Debían vencer o sus hijas conocerían la violación y la enfermedad. Debían vencer o sus países podían dejar de existir. Su lengua podía ser condenada, sus tierras confiscadas por los invasores. Los hombres sabían por qué luchaban. No era por el comunismo o el capitalismo, o el rey o la religión. Era por sus propios genes que luchaban.

Pero hoy¹, ¿por qué van a luchar los hombres cuando los gobiernos corporativos son su mayor enemigo, aquellos que preferirían reemplazarlos con máquinas, de carne o metal, aquellos a los que ya sobran, aquellos que ya no mantienen ningún tipo de lealtad sino con el capital?

* * *

Mi verdadera disposición, no obstante, es aceptar el poder. Mi impulso por el cambio ha sido siempre algo etéreo, no dirigido contra ningún objetivo en concreto. Es todo o nada; y en esta tesitura, los individuos no cuentan. No espero nada de los gobernantes, no entiendo cómo alguien puede vivir en esa espera. En general, solo siento un respeto indiferente hacia ellos.

El ser humano prefiere la continuidad de lo que ya existe. La revolución es algo ajeno a él, y el rebaño humano solo sigue la senda de la revolución cuando sus pastores le señalan ese camino, lo fuerzan a seguirlo, y este es inevitable. Los hombres comunes quieren persistir en su existencia, y comprenden de natural que cualquier revolución solo puede ser exitosa en la medida en que destruya lo que antes había ahí. Por lo que una verdadera moral o ética humana debería ir siempre en contra de cualquier revolución. La revolución solo sería algo deseable cuando el estado de caos hubiera hecho la revuelta lo único con cierta posibilidad de volver al orden. Es decir cuando el statu quo hubiera caído por completo.

¹ Noviembre, 2018.

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Ranas topo

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Michigan J. Frog (1955).

Un documental de la naturaleza. El Himalaya. La India. Una especie de rana, recién descubierta en 2003. Oscura, de cuerpo musculoso, gruesas patas. Pero su cabeza era tan pequeña y extraña. Un pequeño cono con dos puntos negros que sobresalía de entre sus hombros. Una cara como la de ninguna otra rana. La narradora decía que esa forma cónica estaba perfectamente adaptada a la vida que llevaba, enterrada bajo la tierra comiendo con su pequeña boca termitas y otros insectos y abriéndose paso con su nariz. Solo dos semanas al año, durante la temporada lluviosa, la rana salía al mundo exterior, lo que explicaba que nunca antes hubiera sido descubierta por los científicos. Su linaje se había apartado de los demás anfibios por la era de los dinosaurios. Qué animal tan repugnante, pensé. Su color violáceo oscuro, como el de carne molida a golpes. Un pedazo de hígado con patas. Y sus pequeños ojos y su boca casi inexistente, cuando todos sabemos que las ranas se caracterizan precisamente por su mirada saltona y su gran boca. Eso era algo chocante. La prolijidad del mundo natural. Siempre con nuevas formas de la carne por descubrir. Animales que viven ocultos en las sombras. Que nadie nunca verá.

Las ranas en general son animales que siempre producen algo de inquietud. Sus cuerpos, tan parecidos a los de los seres humanos, con brazos, piernas y dedos, sin cola ni pelo. Parecerían hombres en miniatura, de no ser porque no tienen cabeza, sino una enorme boca que se abre en frente de su cuerpo y dos ojos que sobresalen como de su espalda. Eso son las ranas; hombres sin cabeza, que son solo cuerpo. Cuerpos con patas y boca. Son como nosotros seríamos, si tuviéramos cerebros de anfibios.

Y esas ranas topo violáceas, que llevaban ocultas del mundo millones de años, era evidente que debían vivir así, bajo tierra, que no tenían lugar en el mundo de arriba, pues un día habían sido expulsadas del paraíso y condenadas a las sombras. Y esta, fue la única manera de que sobrevivieran hasta nuestros días.

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