Ranas topo

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Michigan J. Frog (1955).

Un documental de la naturaleza. El Himalaya. La India. Una especie de rana, recién descubierta en 2003. Oscura, de cuerpo musculoso, gruesas patas. Pero su cabeza era tan pequeña y extraña. Un pequeño cono con dos puntos negros que sobresalía de entre sus hombros. Una cara como la de ninguna otra rana. La narradora decía que esa forma cónica estaba perfectamente adaptada a la vida que llevaba, enterrada bajo la tierra comiendo con su pequeña boca termitas y otros insectos y abriéndose paso con su nariz. Solo dos semanas al año, durante la temporada lluviosa, la rana salía al mundo exterior, lo que explicaba que nunca antes hubiera sido descubierta por los científicos. Su linaje se había apartado de los demás anfibios por la era de los dinosaurios. Qué animal tan repugnante, pensé. Su color violáceo oscuro, como el de carne molida a golpes. Un pedazo de hígado con patas. Y sus pequeños ojos y su boca casi inexistente, cuando todos sabemos que las ranas se caracterizan precisamente por su mirada saltona y su gran boca. Eso era algo chocante. La prolijidad del mundo natural. Siempre con nuevas formas de la carne por descubrir. Animales que viven ocultos en las sombras. Que nadie nunca verá.

Las ranas en general son animales que siempre producen algo de inquietud. Sus cuerpos, tan parecidos a los de los seres humanos, con brazos, piernas y dedos, sin cola ni pelo. Parecerían hombres en miniatura, de no ser porque no tienen cabeza, sino una enorme boca que se abre en frente de su cuerpo y dos ojos que sobresalen como de su espalda. Eso son las ranas; hombres sin cabeza, que son solo cuerpo. Cuerpos con patas y boca. Son como nosotros seríamos, si tuviéramos cerebros de anfibios.

Y esas ranas topo violáceas, que llevaban ocultas del mundo millones de años, era evidente que debían vivir así, bajo tierra, que no tenían lugar en el mundo de arriba, pues un día habían sido expulsadas del paraíso y condenadas a las sombras. Y esta, fue la única manera de que sobrevivieran hasta nuestros días.

(De Notas al mundo real).

Intimidad

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Retrato de Mrs. Cecil Wade, John Singer Sargent (1886).

Hay una razón por la cual los pensamientos íntimos han de permanecer íntimos. Es algo que tiene que ver con la vergüenza y la dignidad; el respeto hacia los otros y hacia sí mismo. Nadie sería capaz de ver a ese espejo, ajeno o propio, más que unos minutos, luego de lo cual, tendría que apartar el rostro, antes de que este se desmoronara. Por eso nunca se escribe la verdad, sino lo que el lenguaje, en determinado periodo de tiempo, permite expresar.

* * *

La intimidad cumple su función evolutiva en el fuero interno de cada cual; pero fuera de ahí se torna algo peligroso. Una sociedad donde lo íntimo dejara de ser íntimo sería una donde el mismo concepto de la intimidad desapareciera. Si lo íntimo ya no existe más, en una sociedad virtual conectada a un nivel cerebral, o por virtud de una presencia ideológica aplastante, los seres humanos serían como mera materia que anda. No habría ya diferencia entre ellos y las hormigas. Pues en una sociedad sin intimidad, ya no habría pensamiento, sino normas de pensar que han de ser seguidas. Allí donde todo lo interior tuviera por fuerza que hacerse exterior, el ser terminaría vaciado. Lo interno desaparecería con el tiempo, y en todo momento los seres humanos serían francos y directos y sabrían exactamente qué hacer y qué decir, siendo en suma, máquinas. Regresando a cierta perfección animal.

En lo oculto se encuentra todo lo que avergüenza al ser humano de sí mismo. Pero si esta se hace una vergüenza compartida, ya no sería una vergüenza, sino lo contrario. Y habría perdido su función evolutiva.

Estrellas

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Una noche de luna (2018/22/12).

Las estrellas están ahí en el firmamento para que las miremos; no para que tratemos de tocarlas. Hace miles de años los hombres no tenían nada mejor que hacer en las noches de penumbra que mirar al cielo; quizás no todos los hombres, sino algunos de ellos, que se sentían especialmente atraídos por aquello que estaba más allá. Y estas personas, o quizás todavía no personas, quizás todavía estaban más cerca de ser otra cosa que propiamente humanos, estos seres especiales, con retinas tan sensibles como para poder discernir en la noche estrellada cada una de las antorchas blancas que colgaban de aquel cielo negro y profundo, seguían cada noche sus movimientos y descubrían patrones y coincidencias. Para eso existían las estrellas, para guiar las mentes de los hombres. Ellos se preguntaban qué eran esas luces diminutas y aparentemente tan lejanas, y no sabían como nosotros que son esferas parecidas al Sol, y que cada una se suspende en el vacío a distancias inconmesurables y que hay algunas tan enormes y masivas que no hay nada en la Tierra ni en el sistema solar que se les compare.

Pero para el hombre moderno ya no hay estrellas, ya han desaparecido del cielo de las ciudades. No hay más tiempo para las estrellas. Al igual que muchas otras cosas, algo que esta ahí, que siempre permanecerá detrás de las nubes y de la luz artificial, ahora hace parte del pasado, sin que en verdad se haya ausentado del presente.

* * *

«En renunciar al amor está el mayor acto de amor». Pues en el amor siempre hay daño, siempre hay sufrimiento. Hay dos tipos de amor y uno está atado a la vida y el otro no. Y el amor que no tiene nada que ver con la vida, que es frío y distante, es el más compasivo.

Hacia este último deberíamos tender, si realmente creyéramos en él.

La idea del viaje

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Atardecer en el mar, Ivan Aivazovsky (1864).

Una de estas noches, la luna flotó un instante sobre la montaña, como una barca iluminada suspendida entre las nubes azules. Es quizás la forma más bella de la luna, cuando aparece apenas sobre el horizonte, una línea delgada y curva sobre la que se refracta una luz amarilla, y que luego cae.

Luego la luz roja parpadeante de un avión que se alejaba, y que a la distancia parecía también parte del firmamento. Como si el cielo, desde tiempos inmemoriales estuviera hecho de nubes y estrellas, y rápidas luces amarillas y rojas que destellan y después se pierden en el horizonte.

Durante el día, los aviones de pasajeros, semejan algo que siempre hubiera estado ahí, y sobre el cielo de la ciudad, casi que son más abundantes que los mismos pájaros, que vuelan bajo o permanecen ocultos en sus nidos, a excepción de aquellas plazas o parques donde se congregan las palomas. Pero las palomas no son relacionadas de inmediato con el cielo, sino que su lugar está siempre cerca de la tierra, o los tejados de las viviendas humanas. No hay nada etéreo ni esquivo en ellas. Con lo que el cielo del mundo moderno pertenece ante todo a estas formas simples, con su cuerpo cilíndrico y sus alas rectas, que se suspenden entre las nubes como si igual que estas, fueran objetos bendecidos sobre los que la gravedad no tiene ningún poder; y al igual que el trueno no es lo mismo que el rayo, su fragor las sigue. También están por supuesto esos aviones supersónicos, con alas en delta, que despiertan la imaginación de los niños, pero su aparición es siempre breve, o relacionada con días festivos, y habitualmente permanecen ocultos, pues como las aves de presa su lugar está mucho más arriba, y si descienden es solo por exhibición, como si por un segundo accedieran a ser vistos, para enseguida regresar a las alturas, caso en el cual las personas incluso se asoman a las ventanas de sus apartamentos, que tiemblan a su paso, para seguir su estela. En cambio los aviones de pasajeros, más iguales entre sí que los autos o camiones que recorren las calles, están ahí todos los días, hora tras hora, con su forma estándar, y si acaso alguien levanta los ojos al cielo, pues tan acostumbrados están todos a su presencia que esta no se cuestiona jamás, ni destaca, aunque su ruido atronador los alcance igual.

Todo el tiempo, están ahí, jamás su flujo se detiene, ni siquiera en las raras ocasiones en que una de estas bestias cae. Siempre recordando en su murmullo a los habitantes de la ciudad la posibilidad del viaje. Para algunos esta posibilidad es algo que prefieren ignorar, y es como si siempre cerraran sus ojos a su paso; mientras que para otros es como el recordatorio de pasados viajes, quizás a una isla u otra ciudad no muy lejana. A algunos pocos les suena a esperanza, y a otros a rutina.

Los viajes. ¿Por qué no escribir de algo tan extraordinario? ¿A quién no le gusta la vida de viajes, de presumir, de restaurantes, de fotografías al lado de monumentos exóticos?

Subir a un avión, contemplar por la ventanilla la ciudad empequeñecer, desaparecer bajo las nubes; y luego aparecer en otro lugar del mundo, que desde las alturas quizás semeje el mismo lugar que se acaba de dejar. Hay algo mágico en eso, pero también falso, que a mis ojos se parece demasiado al artilugio de la teletransportación de la Enterprise; un truco, una trampa; hay algo artificial en desplazarse sobre el mundo así. La imagen del viaje en el mundo moderno está en el avión que despega de la pista y repliega su tren de aterrizaje; eso es el viaje. Comprar un tiquete, pagar un taxi, hacer la fila del equipaje, validar los documentos, pasar el filtro de seguridad, sentarse en la sala de espera, esperar el llamado de las azafatas, subir las escalas o más frecuentemente, entrar por esa especie de cordón umbilical que todavía ata al aparato a la tierra, bajo la mirada entre irónica y condescendiente de aquellos para los cuales volar es un trabajo. Buscar la silla que se ha reservado o que el sistema ha asignado, guardar el equipaje de mano en la gaveta de arriba o bajo el asiento, siempre temiendo que al final del viaje se vaya a olvidar; escuchar las instrucciones alarmantes para quien las escucha una primera vez, abrocharse el cinturón, sentir el impulso violento de los motores que se encienden, acercarse a la ventanilla, hasta que todo lo que era distinto y característico desaparece, y empieza a parecerse más mientras se asciende, hasta que se está tan alto que ya no se puede ver nada, sino formas vagas, montañas, desiertos, selvas, ríos, las manchas grises de las ciudades, todas iguales desde las alturas, o lo más probable, una capa blanca y enceguecedora de nubes, que al fin le hace a uno bajar la ventanilla, siempre con el ruido ensordecedor del propio avión y su aire acondicionado. Luego alguna turbulencia, para aterrar a los novatos, y si es muy fuerte, también a los viajeros ocasionales. La amabilidad exagerada de las azafatas y los asistentes de vuelo, o bien su indiferencia de niñeras aburridas. Penetrar la capa de nubes y volver a asomarse a la ventanilla, y ver a todo tomar forma nuevamente, hasta que pocos segundos antes del aterrizaje por fin se ve algo identificable, antes de que se crea que simplemente se ha volado en círculos y se ha aterrizado en el mismo lugar. Luego volver a vivir lo mismo que se vivió al llegar al aeropuerto, pero de forma inversa; y ya está, el viaje se ha consumado, el mismo viaje que decenas de personas más han hecho con nosotros, y que centenas más repetirán ese mismo día y miles más ese mismo mes y millones al cabo de los años. Como el avión, estándar, funcional, exacto, sin nada de fantasía en su diseño, a excepción de alguna librea ocasional y conmemorativa, el viaje en sí es también una experiencia que dentro del mundo moderno, ha sido reducida, y adaptada en base a algo numérico. La experiencia no importa en sí, desde que esta sea cómoda y accesible; sino que en determinado periodo de tiempo y en determinado trayecto estándar, se pueda llevar el mayor número de pasajeros posible. Si un recorrido deja de dar beneficios, la aerolínea no dudará en suspenderlo luego de un continuo de pérdidas.

Esa es la realidad del viaje. Como en la máquina mágica de la Enterprise, los viajeros se disuelven en sus unidades mínimas indiferenciadas, para luego reconstruir sus cuerpos en otro lugar. Desde un punto de vista humano, lo artificial viene de la velocidad, y ante todo del atajo que significa tomar el camino del aire, y no aquel de la tierra o el mar, a los cuales el cuerpo se haya mejor adaptado, y en los que no hay que desprenderse del mundo. Los viajeros puristas, los verdaderos trotamundos, suelen preferir los desplazamientos por tierra o agua, no solo porque son más lentos y les dan más tiempo, sino porque entonces pueden verlo todo; pueden sentir que en realidad han recorrido la tierra y no solo aparecido aquí y allá; que han realizado un esfuerzo y no solo pagado un pasaje. Pero estos viajeros, que se mueven con cierto mínimo de ética por el mundo, son los menos, un mero puñado.

Para el común de los viajeros, no se necesita de nada para viajar; se puede ser un desvalido, un anciano, alguien atado a una silla de ruedas, o lleno de fobias, ni siquiera hay por qué aprender algo de la lengua o la cultura del lugar que se pretende visitar; lo único que hace falta es el dinero suficiente. Pero no es tanto el dinero, sino la forma que toma este viaje mediado por el dinero y los números, lo que hace que este pierda significado. El viaje es el mismo para todos.

Y cuando la excitación se desvanece, cuando las primeras horas de sorpresa pasan, el impacto cultural, se encuentra lo poco que la distancia cambia, lo poco que aleja del origen.

Pues la esencia del viaje no tiene que ver con la distancia que se recorre, sino con la persona que recorre esa distancia.

No habría entonces que ser un viajero, sino un peregrino. Los primeros viajeros fueron todos peregrinos, o exiliados. Luego hubo guerreros y comerciantes; pero los primeros comerciantes eran también un tipo de guerrero. Que el mundo se haya interconectado, que no quede casi lugar del mundo que no sea accesible por medio de una agencia de viajes, no quiere decir que ahora todos podamos ser también viajeros, que todos podamos tener la experiencia del viaje; sino más bien que esta experiencia ha desaparecido del mundo, y ha sido reemplazada por el turismo.

El moverse en sí por el mundo no significa nada hoy. En todas partes del mundo el ser humano es visto de la misma forma, como un portador de mayor o menor dinero. Y no obstante, sabiendo que es así, que con cada viajero el destino se adapta más a este viajero, perdiendo lo particular y sumergiéndose en lo indiferenciado, en lo que a todos es accesible, sin distingo, siendo esta la paradoja del turismo, que siempre se quiere ver algo distinto, y este termina cada vez más pareciendo lo mismo, el mismo lugar, la misma extensión del idéntico centro comercial global, que conforme las masas se mueven de un lugar a otro, incluso ni siquiera las caras varían, sino apenas en proporción, que en todo lugar habrá otros que también provienen del mismo lugar del que nos quisimos alejar, y tendremos que soportar con horror reconocer su acento aun en los sitios más insospechados, aun siendo todo esto así, uno a veces, no puede escuchar el rugido metálico que retumba desde los cielos, sin pensar por un instante en esa idea, de estar arriba en una de estas máquinas y mirar por la ventanilla y durante un breve instante, presentir no la realidad del viaje, no la vulgaridad del mismo, sino su idea, tenue como el borde brillante de la luna, una barca, impoluta, inalterable, la idea del viaje, más que lo real.

* * *

La luna, la forma de la barca, los aviones, los viajes, el turismo, el peregrinaje; nuevamente el «yo», del que parte toda «idea», aunque estas ideas no le pertenezcan, y sean solo consecuencias lógicas de las palabras que este explora. Siempre es satisfactorio cuando se consigue un texto redondo, y este fluye, sin preocuparse por las márgenes ni alcanzar el final de la página. La idea del viaje.

Noviembre de 2019, Los Angeles

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El búho, en Blade Runner (1982).

Si la realidad fuera anticipada por la ficción, en este momento, en algún lugar de Los Angeles, los replicantes Nexus 6 liderados por Roy Batty, el apocalíptico ser de ojos azules y facciones perfectas, estarían siendo perseguidos a través de las calles iluminadas de una ciudad brillante, lluviosa y azul, por el Blade Runner Rick Deckard, un humano, o más probablemente, otro experimento fallido. Los animales estarían virtualmente extintos (y esta idea de la extinción absoluta de lo animal siempre me pareció exagerada y demasiado increíble, incluso más que la posibilidad de la creación de vida humana artificial; mas hoy día ya no es así, sino que el tiempo ha demostrado que es algo posible, quizás la única de las profecías de esta historia que se haga real al corto plazo), la humanidad tendría colonias en otros planetas, carros voladores surcarían los cielos, y el conglomerado de la Tyrell Corporation regiría el mundo, con sus secretos ocultos tras las paredes de sus edificios piramidales, como aquellos que alguna vez se irguieron sobre el desierto iraquí.

La consciencia, la muerte, la crueldad. Tales eran los temas de esta ficción. En una corriente, todo ya había sido dicho y escrito entonces, en 1982, en la época mágica a que alude esta fecha en la memoria, mientras que en otra, más calma, estos cambios apenas se presentían, apenas empezaban a tomar una forma definida dentro de las mentes de la masa. El cerebro humano, si se aprecia esto desde un punto de vista fisiológico, es un órgano inagotable; siempre se cree que hay cosas que no podría soportar o resistir, hasta que es obligado a hacerlo y entonces las nuevas generaciones nacen y son criadas dentro de lo que en otras épocas se consideró peligroso y hasta mortal. Hubo, en los albores de la civilización industrial, voces que se alzaron en contra de los motores y los trenes, que temieron que el cuerpo humano se descompusiera con esa nueva velocidad, así como debió haber quienes vieron con espanto las tentativas de otros por encaramarse a los lomos de una criatura briosa y salvaje en la edad de piedra; mientras que otros siempre celebraron cada pequeña conquista, no importa los desconocido que hubiera más allá. Algunos son cautos y sobreviven, mientras que otros son curiosos, temerarios, y a veces mueren; pero otros tienen éxito y entonces su legado es transmitido, y los demás los siguen. Pero aun con los avances de la comunicación, cada mente no es del todo como un pozo por el que gotea la verdad o su apariencia, desde flujos controlados de significado. Hay muchos mundos que coexisten, contrarios, irreconciliables. Cada uno a su velocidad propia.

El verdadero Roy Batty murió hace unos meses. Era un actor en cuyos rasgos siempre se presentía algo puro. Y los replicantes, en el fondo, no eran, tanto máquinas o preguntas sobre la consciencia, sólidas y vivas, sino espejos de los mismos humanos, de lo ideal que hay en ellos, o mejor, en algunos pocos de ellos.

Han pasado 37 años desde que estas visiones del futuro fueran proyectadas en las salas de cine de un sistema de adoctrinamiento global, y el mundo, no ha sido sorprendido por algo tan fantástico aún. Quizás esto deba ser más un motivo de alegría que de pesar. Pero en la magia de esos otros mundos representados, todavía es posible sumergirse en las ensoñaciones más terribles.

Del verdadero 1982 no recuerdo mucho, o los recuerdos de estos años de la infancia no están sujetos a ninguna fecha. Hubo un mundial de fútbol, la mascota era una naranja en pantalones cortos y yo tenía o ambicionaba un llavero que tenía esta caricatura prendida en goma, y existió una guerra en el sur, donde yo tomé el lugar de los pingüinos. Eran aves graciosas y decididas, que volaban aeroplanos y maniobraban buques con plataformas de lanzamiento de torpedos, y que yo dibujaba a lápiz sobre papel. Fue lo mejor de aquel año. Luego, cada una de estas memorias conecta con otras más, que si quisiera ser realmente exhaustivo podría retornar a la vida, con cierta dificultad, cuyo centro sería el sinsentido que es tratar de volver a forjar aquello sobre lo que no se tiene ningún verdadero deseo de volver. Las memorias no se organizan sin embargo de forma cronológica y estricta; sino que siempre saltan de aquí para allá. Por algo ciertas imágenes han sobrevivido y otras no, han caído como por un abismo de olvido entre las dendritas y conexiones. Y luego hay como un entramado, un bosque profundo, un sendero lleno de trampas.

1982 se ha ido; y la larga sombra que a través de la ficción proyectó sobre 2019 también se desvanece.

El miedo

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«Un mundo sin monstruos es el mundo más monstruoso posible». Work 8 hours. Obey.

La libertad que nos da el mundo del centro comercial se reduce a la elección dentro de su lista preconcebida de productos, y por tanto es falsa, pues es algo dado. Así, sus miedos son también falsos. Todos, o casi todos, aunque todavía no sea algo perfecto, y quizás ni siquiera a eso aspire, deben sentirse a gusto dentro. Pues, ¿quién preferiría estar fuera de sus muros acogedores, lejos, inmerso en el mundo salvaje del miedo y el horror?

Añorar el miedo, parece algo ilógico e irracional. Pero las sensaciones sustitutas y artificiales proporcionadas por el mundo industrial nunca bastan, aunque ese sería su ideal. Tal como en Blade Runner 2049, su sociedad perfecta sería una en la que incluso la necesidad de amor y compañía fuera un producto debidamente masificado, como lo es Joi para K.

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El miedo a las bestias, a los rayos, a ser devorado, tales debieron ser los temores primordiales del hombre. El miedo a convertirse en otra cosa de lo que se es, no algo vivo y móvil, sino algo inerte. Es evidente que los animales, al menos los mamíferos superiores, han de ser también capaces de sentir miedo. En este sentido no es algo exclusivo del ser humano, no está forjado solo de las palabras y su interpretación, es real. Y solo del miedo es que puede surgir la verdadera valentía. Sin temor, sin nada real a lo que temer, no puede haber tampoco valor.

¿A qué temía yo, precisamente, cuando veía El cristal oscuro? ¿Qué era aquello que gravitaba junto a la fascinación sobre las imágenes? ¿Dónde residía esa oscuridad?

Pero el miedo siempre se resiste al análisis, a ser explicado. Los miedos racionales, cuantificables, medibles, a un invierno o un calentamiento global, a nuevas leyes, o a la anarquía, son solo modos de usar el miedo, de tomar una pizca de miedo y darle forma, así como se toman los materiales de la tierra y se forjan utensilios o adornos. El verdadero miedo es ignoto, e inaprensible. Y yo solo recuerdo la oscuridad y una sensación ominosa, algo que acuchillaba, pero jamás podría explicarlo.

Miedo y fascinación; sobre los mártires

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Dracula (1992).

Más que miedo, lo que cierto tipo de seres despierta es fascinación. Si el alien se encuentra en el centro de lo que representa ser humano, una criatura libre, cuya carne puede pudrirse, y el temor de ser devorado es algo visceral, inscrito en los genes —pues de otro modo ninguna criatura habría sobrevivido, sin este impulso, que en un comienzo no debió ser algo que fuera desagradable en sí, sino apenas un imperativo ciego que hacía a una célula evitar otras más grandes, una simple reacción, pero que luego, conforme hubo cerebros mejores, llegó a ser algo complejo y sensible, que se debe primordialmente sentir, más que pensar—; la fascinación tiene que ver con el lenguaje y la transgresión de normas sociales.

El temor y reverencia que evoca Drácula, por ejemplo, no es algo simple, que implique solamente una amenaza física. Su víctima puede ser compensada con una vida de placeres de centurias o milenios, pero a costa de la pérdida de su alma, aquello que debería ser lo más preciado. Si el terror del alien, como quintaesencia del monstruo del universo material, de la expresión de terrores atávicos, que quizás solo los hombres primitivos, imbuidos en la naturaleza, pueden sentir todavía con plenitud, lo cual es evidente en sus cantos y ceremonias nocturnas, es algo directo e inevitable, entender a Drácula requiere de cierto conocimiento previo, de un acerbo religioso, y de una idea de lo transcendental. El alien desconoce el mal, es ciego como uno de esos dioses terribles de los antiguos, pero Drácula es consciente del mal, y no obstante, prefiere una eternidad en los infiernos al perdón. Su rebelión es humana, pues el mal solo puede ser entendido desde lo humano. En el mundo natural, no existe, y el concepto del mal es inseparable de la evolución de sociedades complejas; y entre más avanzadas son estas sociedades este concepto del mal se extiende. En las sociedades más simples apenas se tiene consciencia de él, y un par de prohibiciones bastan para que las cosas marchen en orden. No hay sino que pensar en la cantidad de leyes y regulaciones del mundo moderno para verlo con claridad. Para un esquimal, como aquellos que debieron encontrar los primeros exploradores del ártico, el mal debía ser un concepto casi inaprensible, su mundo era nieve y blanco, y en un mundo tal el mal no puede verse. En la última escena de Frankenstein, la persecución del monstruo culmina precisamente en este mundo blanco, su forma perdiéndose contra la dura vastedad del ártico. No es casual, pues la criatura que se rebela contra el concepto del mal añora un país sin hombres, puro y simple; su atavismo no es tan profundo como el del alien, pero sigue mirando al pasado de la especie. Hay siempre algo animal en estas criaturas fantásticas; la sombra del murciélago, o el lobo.

En el Drácula de 1992, cuando Mina cae al fin víctima del influjo del Conde, y es seducida, este pacto no estaría completo sin lo que sigue. Van Helsing y los demás cazadores de vampiros entran de inmediato en la habitación y la descubren en su éxtasis, y ante su mirada aterrada, Drácula se muestra como un horrible murciélago de estatura humana, incluso a los ojos de su amada; y luego, en medio de la confusión, se sumerge en la oscuridad hasta que la luz de su mirada se apaga, y su cuerpo se transforma en un amasijo de ratas, es decir, en lo más abyecto y repulsivo posible, y estas ratas que conforman su cuerpo, pues se entiende que siempre estuvieron ahí, eran ya parte de su esencia antes, caen unas sobre otras y escapan de la habitación por sus ventanas, y puertas, y rendijas, en un río de carne, patas y colas. Y no obstante, verlo en su forma más degradada no hace que el amor de Mina merme. El instante más sublime, en el cual la rebelión contra Dios, la pérdida de sus almas se firma con sangre, es también aquel en el cual lo más bajo se hace visible. Y este es un camino sin retorno; una vez que alguien se interna en ese sendero, ya los ojos de la sociedad no volverán a verlo igual. En su interior, su universo de perversión es perfecto, pero a diferencia del alien, que vive desligado de todo concepto humano, Drácula vive entre los hombres y el contraste entre la forma en que se ve a sí mismo, la cual es aquella con la que consigue que Mina lo vea, y la forma en que necesariamente la sociedad ha de verlo, es siempre doloroso.

 * * *

Si algo me aterró en la niñez, tanto como las cintas de Alien o The Fly, fueron aquellas películas religiosas que retrataban en Semana Santa y Navidad los hechos del evangelio. No importa cuántas veces las viera y que ya conociera la historia de memoria. El nacimiento del hijo de un dios, sus milagros, muerte horrorosa y resurrección; aquello conseguía que se erizaran los vellos. Las últimas películas no son así, no tienen esta misma solemnidad; es evidente que ni siquiera los actores y directores que las hacen creen ya en ellas, y en un mundo que rechaza el dolor y lo trascendental lo religioso se presenta desde un punto de vista social y relativista, y todo lo que es crudo es suavizado, o enmarcado dentro de un universo material desligado del espíritu.

Estas cintas eran maravillosas en el sentido de que todo estaba cargado de significado; el madero que José martilla en su taller, el desierto amarillo y seco, el rostro largo de las ovejas. Qué escalofríos se sentía, pues se suponía que todo aquello era real.

Películas como El exorcista, Hellraiser, o el mismo Drácula, no podrían entenderse sin tener en cuenta este sentido de lo religioso. No era solo porque evocaran la existencia de los demonios, sino también porque en tal caso, debía existir también un Dios Todopoderoso. Y ambas cosas, los verdaderos demonios, o Dios, están tan alejadas de lo humano, que el terror parece igualmente la reacción más adecuada a su presencia. El rostro de Hellraiser 2, en medio de su tormento, desprendido de su cuerpo y colgado del obelisco, no era solo una imagen blasfema; pues seguía teniendo un halo espiritual alrededor suyo. Los clavos fijos a su cráneo son su corona de espinas. Y por eso el terror. El sufrimiento de Cristo, es el verdadero temor de Dios, pues solo un padre despiadado hubiera podido llevar a su hijo al tormento y renacer en su forma para conocer el dolor.

¿Pero por qué debía conocerlo de primera mano, qué diferencia hacía siendo humano y no desde su divinidad, que si es omnisciente, ya debía haberlo conocido?

No hay historia de ficción que contenga implícito el terror que haya calado más que la historia de Cristo. Drácula, y su forma más moderna, el asesino serial, ríen de Dios, pero no porque no le teman sino porque está ausente, o porque quizás lo odia. Pero incluso su mal, nihilista, ausente de empatía, parece humano al lado del mal invencible de Dios. El mal de Dios, como el del alien, es extraterrestre, imposible de comprender. Él, que es todopoderoso, deja que el mal se extienda sobre la Tierra, y que incluso mancille a su propio Hijo. ¿Por qué, para qué?

Martyrs, es quizás una de las pocas películas recientes que llegan a tocar el tema de lo divino y el terror que lo rodea. Los monstruos de Martyrs son de la misma especie de Cristo, son figuras transfiguradas por el dolor. Una de las víctimas de la sociedad secreta, desnuda y su piel blanca cruzada de cicatrices, un casco metálico atornillado al cráneo, que suponemos no le permite ni ver ni casi oír, como para que todos sus sentidos puedan concentrarse en el dolor, al final solo encuentra un modo de comunicarse con los otros a través de los cortes de su piel; y no habla ni acaricia, sino que toma el brazo de uno de sus salvadores y trata de cortarlo también. Esa es la única palabra que ahora conoce, la palabra del dolor.

Estas criaturas han dado el paso hacia Dios que ni Drácula ni el asesino serial han querido dar; han sido despojadas de todo lo humano, y solo así, más allá de lo humano, es que el hombre puede tener alguna probabilidad de contactar a lo divino.

El poseso, el mártir, son más parecidos al alien que a Drácula o al licántropo. Ya no son seres humanos, ni tampoco bestias; son algo más.

Para el Mártir, Drácula y el asesino serial, son meros aficionados. Son todavía humanos.

Lo extraordinario de Martyrs, es que es igualmente aterrador visto de ambas formas. Si el martirio no tiene ningún sentido, no lleva a Dios, si el insano sufrimiento de aquellas pobres criaturas es vacío y sin significado; o si de otro modo, realmente la única forma de alcanzar la certidumbre de lo Sagrado es mediante el dolor más intenso y horrible; ambas ideas son igual de inhumanas y aterradoras para la razón. La última escena, podría significar cualquiera de estas dos cosas, y cualquier elección que se haga entonces lleva al mismo estado de postración existencial. Y lo mismo podría decirse del cuento de Cristo, creamos o no en él, su historia es igual de aterradora, vista como la vida de un hombre sujeto al martirio, o como la del hijo de un dios. Al final siempre está la muerte. Y este es el umbral ante el que se detienen ambos cuentos.

Star Trek y la teletransportación

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Star Trek II: The Wrath of Khan (1982).

De un lado teníamos a los tripulantes de la Enterprise, con sus uniformes rojos de fieltro, sus insignias doradas con el logotipo de la Flota, la bandera azul de la Federación Galáctica, sus peinados impecables, su diversidad explícita, cobijando personas de toda la Tierra bajo un único mando, asiáticos, negros, mujeres, e incluso vulcanos, seres sin mundo, exiliados en otros planetas, el Señor Spock, el más recordado de todos ellos, la racionalidad extrema, el orden; sus semblantes perfectos, sus uniformes sin una arruga; y del otro, a las huestes de Khan, que a pesar de comandar una nave espacial, semejan los bárbaros de una tribu germánica, con sus largas cabelleras rubias y su ausencia de uniformes, en vez de esto, vestimentas de cuero descubiertas en el pecho, capas andrajosas y accesorios metálicos. De un lado el Imperio, y de otro, los bárbaros; de un lado la razón y el futuro, y del otro el pasado, el ideal romántico y todo aquello ignorado y despreciado por la razón. El ente socialista capitalista de la Federación, contra el tribalismo ancestral.

No es difícil adivinar qué prevalecerá.

Otro aspecto importante en la mitología de Star Trek, fuera de su contexto político, en el cual la Tierra ha alcanzado una Pax Romana, dentro de un gobierno mundial que ha anulado toda diferencia, y ha conseguido uniformar de colores a hombres y mujeres, que ya no son ciudadanos de ninguna nación sino de la propia Tierra, o incluso del Universo, se encuentra en el mito de la teletransportación. Ya sea dentro de la propia nave o en otros planetas, usando un artilugio especial, los tripulantes de la Enterprise poseen la discutible habilidad de desplazarse por el espacio de forma instantánea, desmaterializándose y luego recomponiéndose en un lugar distinto, sin que este proceso sea doloroso ni traumático.

El concepto de la teletransportación en sí es difícil de captar y dentro de las películas y la serie de televisión nunca es cuestionado, apareciendo de forma infantil como un medio de transporte más como si desaparecer en un punto y aparecer en otro fuera lo mismo que tomar un tren o un avión. Pero, ¿qué significa desmaterializarse? ¿Por qué han de desaparecer y no simplemente recrear una copia, átomo por átomo, de ellos mismos, y enviar a estas a las peligrosas misiones, sin arriesgar la propia existencia? Si se piensa en este asunto, solo hay una conclusión posible, y que respeta las leyes de la lógica. Si cada átomo de un cuerpo desaparece en un lugar y luego aparece en otro, es evidente que nunca esta recreación será el mismo cuerpo, sino meramente una copia. Y si la máquina de teletransportación exige que el original sea destruido, para recrear su copia en otro lugar, como sucede en Star Trek, es obvio que cada vez que el Señor Spock entra a la máquina, este Señor Spock «muere», y que aunque su copia sea perfecta, conservando incluso cada una de sus memorias, nunca dejará de ser apenas una copia, recreada artificialmente un segundo antes. Esto sigue siendo cierto aun si pensamos que la copia del Señor Spock ha sido urdida de los mismos átomos de su modelo original y que cada uno de estos ha sido reconstruido meticulosamente en su mismo lugar. Pues antes han tenido que desaparecer, y ser enviados a la velocidad de la luz. Y no importa que este proceso sea instantáneo, pues implica por igual su muerte.

Si esto se entiende así, en el universo colectivista de Star Trek la consciencia individual no tiene ningún valor, y cada uno de los tripulantes de la Enterprise realiza este sacrificio de la propia vida como algo cotidiano.

En The Fly, de 1986, se está de nuevo frente a esta cuestión metafísica, de la posibilidad de la desaparición y reaparición instantánea de la materia. Pero esta vez la transformación no es inocente y sin consecuencia, como ocurre en Star Trek, sino que al igual que en las obras clásicas del Frankenstein de Mary Shelley o de la metamorfosis de Kafka, sus consecuencias son insospechadas e irreversibles; inseparables de la idea de la culpa y el pecado. Brundle Mosca, así como Victor Frankenstein, es un pecador, pero a diferencia del héroe decimonónico, el resultado de su rebelión contra Dios no se encontrará en otro cuerpo, sino dentro de su misma carne, encarnando así, bajo una misma piel, al monstruo y a su creador; y como en la fábula kafkiana, no es algo que él haya querido así, sino un suceso inesperado que se manifiesta un día, cuando despierta convertido en un monstruoso insecto. Y es así, desde la primera noche en que el ADN de la mosca se funde con el suyo; aunque siga teniendo forma humana, él ya ha cambiado, y su transformación progresiva no hace sino proyectar hacia el exterior todo aquello que ya estaba antes dentro de él mismo, y que ha sido inoculado desde su teletransportación.

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Como estas, cuando era niño, ciertas nociones científicas que hoy son universalmente aceptadas, eran discutidas entonces con desdeño, e incredulidad, y parecían más argumentos de un mal libro de ciencia ficción, que el resultado del estudio y la investigación.

La teoría de la extinción de los dinosaurios, por ejemplo, pues hasta bien entrados los años noventa, que estas criaturas magníficas hubieran sido arrasados por el impacto de un meteorito, no fue incluido en los libros de texto, y su desaparición seguía siendo un enigma. Hoy día, aunque no se pueda afirmar con certeza absoluta que esta fuera su causa principal, la teoría del impacto del meteorito en Yucatán, es la más difundida y aceptada entre el público. Pero en mi infancia esta idea era rechazada visceralmente, había algo en ella a lo que la mente humana se oponía con fuerza. Piedras gigantes que caen del cielo, rodeadas de llamas, era algo más propio de un mito, incluso de la Biblia, que algo digno de la ciencia. No parecía una explicación científica sino que evocaba algo así como una intervención divina o extraterrestre, tal como si aquellas bestias hubieran caído en el pecado y Dios hubiera debido destruirlas, para crear algo mejor, y por ende, abrir camino a la humanidad. No extraña que así, esta idea catastrofista fuera vista con repulsa por muchos hombres de ciencia. Casi en el fin del milenio, el hombre seguía pensando en la Tierra como una esfera aislada por una dura película de vidrio del exterior; había nueve planetas, el Sol, la Luna, e incontables estrellas, y eso era todo. Pero ya en el siglo XXI incluso la categoría planeta fue cuestionada; el sistema solar se encontró lleno de pedruscos más allá de Plutón, haciendo que este perdiera su estatus y tuviera que inventarse el eufemismo de «planeta enano» para designarlo; e incluso la idea de un gigante gaseoso más allá de la nube de Oort no pudo ser descartada con seguridad y aún se discute.

Que meteoritos gigantes amenazan la Tierra, es ahora algo que todo el mundo sabe, y no una idea propia de mentes perturbadas; y se ha pasado en el curso de pocos años al extremo contrario, a que periódicamente se publiquen noticias alarmistas sobre el posible impacto cercano de un meteorito recién descubierto, y que haya voces que se levanten, obnubiladas por la ciencia ficción, exigiendo la creación de una Brigada Espacial Antimeteoros. Más recientemente, otra idea antaño exótica, como que casi todas las estrellas podían estar rodeadas de planetas, incluso semejantes al nuestro, ha encontrado la misma resistencia dentro de la comunidad científica, y solo hasta que los avances en telescopios y análisis de imágenes consiguieron detectar las estelas de estos planetas, esta noción consiguió ser aceptada. En retrospectiva, esta resistencia parece también algo miope; como si la Tierra hubiera seguido teniendo algo divino, y el sistema solar fuera una extensión del mismo hombre. Que otras estrellas hubieran generado sus propios sistemas planetarios, era algo obvio para la mente de escritores y cineastas; pero una idea tan simple y lógica, tuvo que esperar años para que los científicos pudieran discutirla con seriedad, y no solo de forma especulativa.

Dinosaurios que son sepultados por la ceniza y el fuego, planetas distantes, y un mundo de objetos desconocidos más allá del Sol. Nuevos misterios; pero con cada nuevo misterio, mil más han sido entre tanto explicados, y perdido toda su aura.

Abril

Nikolai Astrup - Spring Night and Willow Goblin
Noche de primavera y trasgo del sauce, Nikolai Astrup (1880–1928).

Se pueden pasar semanas enteras sin pensar; sin generar un pensamiento profundo, nada abstracto, nada que indague más allá del conjunto de formas y números de lo real. Los días y las noches se acompasan a similar velocidad, como si la luz y la oscuridad fueran lo mismo. No es que haya algo extraño en esto, en no pensar; es más bien el estado natural del animal humano, aquello para lo que su cerebro se adaptó a través de los milenios, con el único objeto de orientarse mejor por un mundo, para comprenderlo desde lo físico, e incluso prepararse para lo que pueda traer. Y de forma parecida vivieron todas las demás bestias, y todavía viven así. Sin futuro ni pasado, ni rencores o esperanzas, todo ocurre a través de ellas, como si se limitaran a recorrer su propio sendero dentro del espacio tiempo, al cual están atadas.

Un ser humano en tal estado primordial semeja un robot inocente, al que nadie ha programado aún. Se levanta cada día sin cuestiones ni dudas, simplemente existe, y no se opone a lo que el tiempo trae. Todos sus engranajes funcionan sincrónicos, no hay piezas sueltas, ni nada sobra. Cada instante, lo rodea una burbuja transparente, y dentro de esta esfera está todo lo que importa. Más allá, no hay nada que pueda interesarle. Su única prioridad se encuentra en persistir en su existencia; allí encuentra su sentido. Pero en el mismo preciso momento en que este ser se da cuenta de esto; de que habita dentro de una burbuja, y de que está apartado de todo lo demás por una delgada piel transparente, en ese instante algo se rompe, y ciertas piezas dentro de la maquinaria de relojería de su cerebro empiezan a rodar sueltas, y a destilar pensamientos que no tienen nada que ver con su razón de ser. Pues la consciencia es la maldición de sí misma, y desde el mismo momento en que un ser se da cuenta de que existe, de que hay una palabra para designar aquello que simplemente es, entonces toda esa preciosa maquinaria generada por el azar y la necesidad, afinada por el tiempo para que un individuo ande por el mundo, y se provea y reproduzca allí con éxito, empieza a divagar y a pretender con seriedad que esos instrumentos de precisión que lo conforman, le podrían servir también para navegar por ese universo abstracto que reside en su imaginación; como si un pez despertara un día y se arrastrara a la orilla y quisiera salir del agua y pretendiera respirar el puro oxígeno del aire con sus burdas branquias. Así, si existen en realidad seres que avistan desde otras dimensiones, es que estos seres deben vernos.

El pensamiento en el hombre es enfermedad y locura; y no puede existir una consciencia sana, pues ser consciente es ante todo, saber que se va a morir. Con la certidumbre de la propia existencia llega también su opuesto; la certeza de que ese ser no debería existir, de que es frágil, y que a partir de ese momento, en cualquier segundo, puede desaparecer.

1982

Blade Runner-opening-scene-eye-1982
Blade Runner (1982).

No puedo pensar en el año 1982 sin imaginar sus números dibujados en formas de neón.

Pienso en 1982 y veo ciudades azules, noches de niebla y punks con chaquetas de cuero y cabello encendido; una lluvia incesante y superficies metálicas y brillantes sobre las que se refleja la colorida luz artificial, y no puedo imaginarlo de otra forma, como si en verdad todo aquello hubiera ocurrido o sido así; como si nunca hubiera brillado el sol en 1982.

Y en 1982 había un búho, pero esta criatura era falsa, los animales se habían extinguido casi en su totalidad y los que sobrevivían eran fantasmas tecnológicos, copias lujosas de criaturas una vez vivas. El búho era una sombra, y la mujer sabía que este animal era una sombra, pero ella no conocía aún su propia cualidad de cosa soñada por una mente anterior; aunque el enigma y la respuesta siempre hubieran estado frente a sus ojos.