La vacuna contra Dios

El covidismo, «una pesadilla sin fin».

La siguiente nota fue publicada de forma anónima dentro de un foro. La fuente original es desconocida. El mensaje fue borrado pocos minutos después de que apareciera en el tablero de noticias; así que lo reproduzco de memoria, lo más fiel que puedo (no obstante recuerdo que me salté un párrafo):

Mensaje anónimo No. xxxxxxxxxx

Alrededor de 2010 el Pentágono reveló por error un video del hombre que diez años después estaría a cargo de la virología en el mundo (luego de su experiencia con virus de computadora), el bien conocido filántropo Bill Gates. Allí, Bill se veía reunido en una sala con varios funcionarios del Pentágono, entre militares y civiles, cuyas identidades estaban oscurecidas digitalmente. La iluminación era lúgubre, y al fondo varios hombres con batas de doctor blancas, se sentaban ante sus pantallas. Era un fragmento no muy largo, con numerosas interrupciones y saltos, en el cual Bill trataba de vender un nuevo tipo de arma a los militares. En el video Bill la llamaba un virus, pero el audio era deficiente y por momentos la palabra sonaba más bien a vacuna, y Bill hablaba apresurado y nervioso. La particularidad del arma era que esta producía apenas un ligero resfriado, pero luego, inadvertidamente, era capaz de alterar el comportamiento de los afectados, a través de la mutación de un gene que se encuentra fuertemente relacionado con la parte del cerebro que hace que los humanos crean en Dios. En el video Bill Gates sugería que su uso podía acabar con la guerra en Afganistán, haciendo perder la fe del enemigo.

«La vacuna contra Dios» la llamaba Bill al final del video, con una gran sonrisa. Empero, con los acontecimientos recientes del mundo, es evidente que cuando Bill decía una vacuna, en realidad se estaba refiriendo a un virus y el uso de la palabra vacuna era metafórico. Hacer esta distinción es de suma importancia ahora. Pero ya fuera un virus o una vacuna, lo que estaba vendiendo Bill Gates mataba cualquier vestigio de espiritualidad en el infectado, a un nivel genético. Es sabido que a Bill Gates le gusta la iconografía satánica, como en su famosa patente de ese pequeño chip que se hizo viral (yo fui el autor desconocido de ese meme), que tenía el número 666 grabado por todas partes. En esa ocasión, cuando un periodista le preguntó el por qué de ese número, Bill Gates desdeñó la cuestión diciendo que se trataba de «conspiraciones de neonazis». Entonces abandonó la sala de prensa y no respondió más preguntas.

De más está decir que el video de Gates con el Pentágono desapareció poco después de su publicación por error. O quizás no se trataba de eso propiamente, sino de…

Cuando volví a recargar la página el mensaje se había ido. La última frase contenía otra revelación, que mis limitados conocimientos en la lengua extranjera usada en el foro (árabe) no me permitieron descifrar en el momento. Puede que se tratara simplemente de un bulo. No lo sé. Pero al día siguiente salió a la luz en los medios internacionales que una de las vacunas experimentales contra el SARS–CoV–2 desarrollada por AstraZeneca había producido resultados neurológicos inesperados en una mujer con antecedentes de enfermedad mental. Pocos minutos luego de recibirla, la mujer había empezado a gritar con desesperación: «¡Mataron a Dios! ¡Ya no puedo sentirlo, mi alma está muerta!» El caso se encuentra todavía bajo investigación de las autoridades médicas. De otra parte, la misma vacuna produjo recientemente una ola de muertes en Brasil. Por esta razón creo que es mi deber de humano compartir la nota sobre el video de Bill Gates, aunque no tenga ninguna prueba de su verosimilitud, con aquellos que puedan llegar por azar a esta página.

* * *

Lo siguiente debe ser tomado como una pura especulación. No voy a mencionar el origen de la siguiente idea, y lo mejor es que sea leído como una ficción.

Hace algunos años, dentro de un laboratorio de investigación de alta seguridad unos científicos que mapeaban el cerebro humano descubrieron una irregularidad, a la cual no pudieron dar ninguna explicación. No se sabe exactamente de qué se trataba (imaginen un campo de energía que flota un poco más arriba de la cabeza, como una nube esférica brillante y azul, visible con los instrumentos adecuados; un nudo de neuronas imbricado con el bulbo raquídeo; incluso un nervio muy fino que llega hasta el corazón). La irregularidad consiguió ser medida y aislada y se encontró, luego de incontables vacilaciones, que se trataba del «alma», aunque no lo dijeron directamente sino mediante un complicado término técnico. Desde luego que este conocimiento le dio al laboratorio también el poder de destruir esta alma a voluntad, de forma indolora e inadvertida. Entonces los investigadores diseñaron un cuerpo microscópico y autoreplicable, que se podía transmitir de humano a humano, y este cuerpo, bajo su apariencia de virus inocuo, lo que hacía en realidad era atacar el alma del infectado, hasta desvanecerla por completo. El infectado podía seguir con su vida normal luego de una pequeña molestia (fiebre, malestar, o dolor de cabeza, según el caso); pero ya no tenía un alma.

Se hizo un experimento limitado al respecto en una ciudad de un país no especificado. Los resultados fueron los esperados y la irregularidad consiguió ser eliminada en casi todos los casos. Pero luego los científicos descubrieron que aunque las personas habían perdido su alma, seguían comportándose prácticamente igual; con lo que su proyecto no consiguió ningún resultado apreciable. La gente no se hacía más sumisa, ni más temeraria, ni perdía o ganaba inhibiciones al perder su alma; sus acciones no cambiaban, ni siquiera su preferencia política o amorosa, o lo que querían comer esa noche.

No obstante ellos continuaron con su investigación solo con el fin de medir la propia propagación y eficiencia de su invento. Ellos no tuvieron otra opción que terminar con lo que habían empezado.

El mundo sin alma no se diferenciaba en nada del mundo con alma.

Ni siquiera los infectados eran capaces de percibir que ya no poseían un alma. Seguían usando la palabra, pero de la misma forma que un autómata podía hacerlo. Aquellos que eran religiosos continuaban asistiendo a sus iglesias y llevando a cabo sus oraciones y ritos, tal como antes. Todo era igual exteriormente; pero todas las sensaciones espirituales que sentían antes se habían ido (lo cual los investigadores habían aprendido a medir también); sin que ellos pudieran ni siquiera darse cuenta de esto. Incluso podían decir con seguridad que seguían creyendo en la otra vida, y en cosas espirituales, y realmente lo creían, pero ya los gráficos no mostraban nada.

La conclusión de los investigadores fue que la irregularidad era despreciable y no debía temerse por el uso de drogas y medicinas que tuvieran como efecto adverso atacar el bulto o zona de energía desconocida (esto nunca se describió propiamente en los informes, permaneciendo como información confidencial).

Otra característica de este virus diseñado en el laboratorio era que alteraba el ADN, y por consiguiente se esperaba que se transmitiera a las siguientes generaciones, que nacerían sin la irregularidad conocida antes como alma.

Es ignoto si el virus ha sido liberado ya.

* * *

Pero yo no soy el único que ha tenido pensamientos o sueños extraños estos días.

Mientras viajaba en el bus, escuché a alguien que contaba el siguiente sueño (el transporte estaba lleno, y yo no podía ver su rostro ni a quién se lo contaba, si a otra persona que estaba allí junto a él, o hablaba por su teléfono):

—Sabes que nunca he creído en Dios ni en nada de esas cosas, pero esta mañana desperté con un sueño muy vívido, casi una visión. No quiero olvidarlo y por eso te lo cuento ahora, he oído decir que si uno cuenta el sueño tan pronto despierta ya no lo olvida; y hoy salí temprano.

»Era un futuro cercano, 2025 o 2030. Millones de personas habían desaparecido y yo escuchaba a la gente hablar sobre eso, pero no podía entender si habían muerto o se los habían llevado a alguna parte. Luego me di cuenta de que los alienígenas habían hecho contacto con el gobierno de la Tierra. Eran de los que llaman en las películas de ciencia ficción «grises», y habían diseñado un chip híbrido biológico para ser implantado en los humanos, de modo que acelerara nuestra evolución y nos diera telepatía y otros poderes; y nos privara también de nuestros instintos primitivos (racismo, tribalismo, agresividad, emociones, etc.) Todos estaban de acuerdo en que esto era bueno. De pronto las ciudades estaban silenciosas y calmadas y nadie hablaba con nadie, ni siquiera dentro de sus propias casas. Yo le preguntaba a todos qué estaba pasando, pero nadie respondía.

»Las personas ricas se encontraban subiendo sus cerebros a servidores de modo que pudieran escapar del Apocalipsis. Había un sentimiento general de desesperanza y vacío. Los que accedieron al chip estaban interiormente sufriendo de un dolor intenso e infernal, aunque por fuera parecieran normales. Lo supe porque al final yo también fui implantado; y no hacía sino pensar en toda la paz y serenidad que nos habían prometido, mientras no sentía sino ese terrible dolor como si alguien hubiera vendido mi alma. No había escapatoria, y recordé el rostro de Jesús en la iglesia y quise volver a ser un niño y entrar con mis padres en el templo y cantar los Salmos, pero entonces me vi rodeado de oficiales del gobierno de la Tierra y de grises, y ver a sus ojos era como ver a demonios, con dientes pequeños y afilados. Y yo supe que ellos estaban detrás de todos los asesinatos y violaciones de niños, y que todo lo que habían hecho los globalistas en mi vida era con el objeto de llegar a ese momento, al fin de los tiempos… Entonces creo que antes de entrar al trabajo voy a pasar por una iglesia… Toma lo que te digo como quieras…

La gente en el bus parecía no escuchar nada, pero yo me puse pálido. La mayoría tenían sus audifonos puestos y miraban las pantallas de sus teléfonos.

Pero yo no creo que nada de esto pasará.

Al cabo de los años habrán transcurrido tantos cambios en el mundo (que igual habrían sucedido sin la invención de la «vacuna») que la investigación de los científicos será incluso olvidada. El laboratorio yacerá bajo toneladas de escombros, las memorias electrónicas se habrán borrado, los registros escritos habrá mucho que se habrán hecho polvo.

Y ya no tendremos alma, ni ninguno de estos sueños.

Insana pureza

Solaris (1972).

Nunca vemos las cosas tal cual son, pues si así lo hiciéramos, caeríamos en la desesperación. Podemos tener breves intuiciones de la verdad, del mundo y las personas como objetos en una realidad tridimensional, y estas impresiones suelen ser casi paralizantes; un continuo de verdad, en el que percibiéramos todo tal cual es, es algo inimaginable, pues sería insoportable, más allá de la capacidad del cuerpo y el cerebro humanos. Pues si no tuviéramos cerebro, si este no se hubiera desarrollado hasta tal punto, no importaría, si fuésemos como plantas, árboles o incluso animales, aunque algunos de ellos, los más evolucionados, y pienso en ballenas, en delfines y elefantes, parezcan a veces ya tener que soportar este peso, el de ver al mundo e intuir su realidad, y en ocasiones también enloquezcan, les sea insoportable, si fuésemos pequeños gusanos o bacterias, viviríamos en la realidad, y esta realidad, a pesar de todo lo terrible que contiene, nunca podría doblegarnos; estaríamos a salvo, no en la ignorancia, pues no hay saber verdadero más allá de la existencia, sino en algo más, en la pureza, podría decirse. Pero desde que poseemos un cerebro evolucionado todo puede además de percibirse tal cual es, o tal cual es para nuestro cuerpo, ser también interpretado e intuido, y esta interpretación, a la vez que nos salva, haciendo que veamos siempre el significado, y no lo que está ahí, también puede abismarnos en la realidad, haciendo que dotemos de significado lo que en realidad no tiene ninguno, lo que solo es. Entonces, en vez de ver a una reunión de seres humanos, cada uno dotado de un nombre, un vestido y una determinada posición en la sociedad, con ciertas características individuales, un modo de hablar o de sostener la mirada, si por decir algo, en vez de mirar a María o Juan, viéramos todo el tiempo su piel, cada uno de sus vellos, las glándulas, las secreciones, si no los escucháramos hablar, sino solo oyéramos chasquidos, si fuéramos conscientes de que cada uno de sus actos ha estado programado con antelación dentro de sus cuerpos, si viéramos esto como un hecho físico, si sus brazos se movieran para nosotros de la misma forma que las hojas se mecen con el viento, o las rocas resbalan por una ladera, con lógica inmisericorde, si pudiéramos verlos hacia el pasado y el futuro, desde un embrión hasta el momento en que su carne se descomponga, si los viéramos como entes diseccionados, con sus órganos proyectados al exterior, si no hubiera dentro y afuera, si ya no fueran individuos, sino variaciones del mismo tema, como hormigas de una colonia, si no entendiéramos de arte y las fachadas de sus edificios, los objetos que cuelgan de sus paredes, las joyas que llevan al cuello, no nos dijeran nada, si todo eso fuera solo materia, un inexplicable desperdicio de energía, o una forma de distribuir los materiales de la tierra, si, en fin, viéramos la verdad, si nos olvidáramos de las palabras por un solo instante, de todos los significados; ¿no sería insoportablemente dolorosa, para nuestro cerebro, esa pureza? Y si ya no pudiéramos volver al estado anterior, al estado corrupto, tergiversado por las palabras, que este permaneciera como un sueño vagamente recordado… Qué horror, o qué insana delicia sería.¹

¹ Enero de 2019.

Fragmento tomado de El mundo real.

El uso de máscaras

Coronavirus = bad.

El uso de máscaras

Una de las doctrinas covidistas más llamativa es el uso generalizado de máscaras, tapabocas o barbijos, entre otras muchas denominaciones que se le da al accesorio ahora obligatorio en muchos lugares que ha de cubrir completamente la nariz y la boca; dejando las más de las veces solamente los ojos a la vista de los otros. En cuanto a este implemento, nunca se oye hablar de suspenderlo, como si se quisiera programar a la población a aceptar su uso de forma indefinida, del mismo modo como cuando un ejército musulmán conquistaba un nuevo pueblo, y luego de matar a los que se opusieran, se obligaba a los sobrevivientes a usar de ahí en adelante sus vestimentas tradicionales.

Las regulaciones varían de país a país, y en general se puede decir que entre más tercermundista, con menor IQ, y una mayor tradición de gobiernos autoritarios es un país, el uso del tapabocas es más estricto. Es evidente que se tratan de medidas coercitivas, que las más de las veces llevan consigo sanciones de multas o incluso cárcel a los infractores. Pero la doctrina de las máscaras es una doctrina preventiva. El principal peligro de una doctrina preventiva, es necesario decirlo, es que es a prueba de críticas; pues no hay manera de probar que de no seguirla las cosas hubieran sido peores; por ejemplo, cuando los Estados Unidos o Israel bombardean de forma preventiva un campo de terroristas, no hay forma de saber a posteriori si estos terroristas hubieran cometido atentados peores en suelo enemigo, o si eran incluso en realidad terroristas.

Los efectos físicos del uso de las máscaras son bien conocidos, y cualquiera que lo desee puede experimentarlos por sí mismo si así lo quiere. Sensación de ahogo y de aislamiento, dificultades en la comunicación; e incluso se han reportado desmayos. Como la misma OMS recomienda, las máscaras deberían ser usadas únicamente por personal médico y personas con síntomas, como tos y estornudos, pues estás son las únicas formas directas en que un virus respiratorio puede transmitirse de humano a humano. Puede ocurrir de otra forma, como que por milagro una partícula virosa haya quedado suspendida en el ambiente o sobre una superficie, pero esto es marginal desde el punto de vista estadístico (hay que anotar que la OMS puede que haga estas recomendaciones racionales apenas del mismo modo como un «policía bueno» lo hace en una situación de interrogatorio policial, mientras los gobiernos locales, es claro, toman el papel del «policía malo»).

Ya se ha explicado que la intención aquí no es entrar en polémicas «científicas», sino en analizar las consecuencias a largo y mediano plazo para la humanidad sujeta a estas doctrinas. No se niega la existencia del Covid–19, como tampoco se niega la existencia del cáncer, la sífilis, el sida, o la misma gripe común. Pero las estadísticas son bien conocidas, y una mortandad que no llega al 1% entre aquellos que contraen un virus, y que no se encuentran en el grupo de riesgo (adultos mayores de 70 años con otras enfermedades preexistentes), no parece suficiente razón para complicar la vida de la gran mayoría de seres humanos sanos. Con lo que todas estas medidas en conjunto lo único que hacen es contribuir a la degeneración de la especie humana; pues aunque los efectos físicos del uso de tapabocas sean molestos; su uso generalizado constituye una amenaza todavía más contundente en el campo psicológico, social y evolutivo.

En cuanto a esto, es claro que entre los principales efectos de la doctrina de las máscaras están la despersonalización, la deshumanización del otro, la pérdida de empatía, y el rechazo instintivo a los demás seres humanos, que ahora son vistos más como posibles infectados ambulantes que como verdaderos individuos. Esto es así porque el cerebro humano ha sido depurado durante millones de años, incluso antes de que este perteneciera a un propio ser humano, para reconocer los rostros de los otros y basar su comportamiento social y afectivo en lo que pudiera ver en esos otros rostros; cuando se interactúa de forma anónima, sin ver otros rostros, se está yendo en contra de este acervo y aprendiendo a comportar no como un humano, sino como un robot. Estos efectos serán más pronunciados entre los niños que aprendan a vivir de este modo, sin saber que antes hubo otra «normalidad»; y en aquellos que por cuestiones de trabajo deban usar del tapabocas todo el tiempo también deberían observarse ya con claridad fenómenos de despersonalización.

Si estas medidas se extienden en el tiempo de manera indefinida, llegará el punto en que solo los viejos conservarán las viejas costumbres del mundo y los jóvenes verán que lo normal es relacionarse sin máscaras solo a través de medios electrónicos.

De otra parte es palpable que el uso de máscaras, no se da tanto por una decisión racional de cada individuo, sino por miedo; si no a contagiarse de una enfermedad virosa (personas que antes no prestaban el más mínimo cuidado a su salud y que todavía no lo hacen se cuentan entre los más fanáticos de las medidas actuales), por el temor al Estado y las medidas represivas tales como multas onerosas, y no menos importante, a la censura social. A partir de cierto punto, todo aquel que no usa máscaras es visto como un paria; del mismo modo que en una sociedad musulmana o cristiana tradicional todo aquel que no iba a los templos era de inmediato despreciado, con lo que incluso las personas inteligentes y pensantes debían fingir su credo. Esta fuerza es tan poderosa que incluso personas que antes se habían mostrado despiertas ante el mundo, han caído contagiadas por este credo. Lo que reafirma que no hay virus más peligrosos que los virus mentales.

Se podría hacer incluso un paralelo con el sida o VIH y la generalización de los preservativos plásticos y el Covid–19 y la masificación del uso de máscaras. Con el VIH se consiguió que casi todo el mundo adoptara al preservativo plástico en sus relaciones sexuales, con una resistencia casi nula. Con el Covid–19, de pronto los gobiernos han decidido que hay que perseguir también la transmisión de las enfermedades aéreas, y ante la intensidad de la propaganda se puede intuir que uno de los principales objetivos del covidismo como tal es la institución en la vida común del uso de las máscaras. Es tanto así que si las demás medidas propuestas por el covidismo no prosperan, este podría declararse victorioso si solo consigue que así como los humanos adoptaron en sus relaciones sexuales el uso de preservativos plásticos por el VIH, hacen lo mismo con las máscaras en su vida regular.

Como en Nosotros, la obra de Yevgueni Zamiatin que inspiró a George Orwell en el argumento de 1984, en el mundo del Estado Único estar sano es uno de los deberes principales de todo ciudadano. Y uno de los principales ministerios en Nosotros (y el más terrible de todos) es el Ministerio Médico.

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Usuarios de las máscaras

Podríamos dividir a los usuarios de máscaras en las siguientes categorías:

1. Personas que sufren de alguna enfermedad contagiosa y que por alguna razón deben aventurarse al exterior (uso válido).

2. Personas que por su trabajo en los servicios de salud deben protegerse de manera especial (segundo uso válido).

3. Personas muy mayores de edad y con una salud débil o deteriorada que temen legítimamente por su salud (tercer uso válido y racional).

4. Personas que por su trabajo en servicios esenciales, como seguridad, ventas al público o industria, se ven obligadas a usar máscaras, por el Estado o los monopolios (estás personas no tienen ninguna posibilidad de elección, como tampoco la tenían los antiguos esclavos. Entre estos es posible que algunos desarrollen sentimientos negativos de inferioridad, o que proyecten su ira interna de esclavos hacia los demás).

5. Personas víctimas de la propaganda que sin estar en grupos de riesgo han desarrollado paranoia ante el virus (estas personas frecuentemente usan también gafas, pantallas para el rostro, o incluso trajes de protección de cuerpo entero, y son buenos ejemplos del éxito de la propaganda covidista).

6. Personas que también por medio de la propaganda se han convencido a sí mismas que lo hacen porque son «buenos ciudadanos», o porque «el bienestar de la mayoría importa más que el de la minoría» (aunque al final sea todo lo contrario). Estos, junto con los apuntados en el numeral 5, son de los más peligrosos, pues actúan como vectores del propio pensamiento covidista. De estas clases surgen los llamados chivatos o informantes que sostienen todo régimen.

7. Personas que finalmente lo hacen por temor a las multas o porque ven a toda la demás gente hacerlo (es posible que sea la mayoría, ya que casi que se ha demostrado empíricamente que el ser humano actúa socialmente no muy distinto a las ovejas de un rebaño).

De esta lista, es claro que los humanos que han caído dentro de los numerales 4, 5 y 6 son aquellos que sostienen la doctrina covidista en la práctica.

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Otras teorías sobre el uso de las máscaras

Hay que mencionar otras teorías, que aunque no se comparta, dado que no es posible evaluar su exactitud con seguridad, deberían también ser tenidas en cuenta, y no ser echadas a un lado sin un somero análisis.

—Se ha sugerido que con el uso de máscaras se pretende también testear de manera masiva nuevos modos de reconocimiento e individualización por medio de cámaras y otras tecnologías que no dependan exclusivamente del rostro.

—Se ha sugerido que como parte de un plan para estabilizar la población mundial, se espera también que el uso de máscaras disminuya la frecuencia de los apareamientos, al convertirse en prácticamente imposible entablar relación con desconocidos. Se podría contradecir este punto anotando que la interacción social romántica sigue siendo posible dentro de las redes sociales, pero es evidente que las redes tienden a virtualizar incluso los encuentros sexuales y es un hecho que empieza a ser reconocido que un efecto colateral de la hipersexualización de la sociedad es la desaparición del propio sexo real.

—Se ha sugerido que el uso de máscaras hace también parte de una operación psicológica, o un experimento sobre las masas. Se sugiere que el mensaje subliminal del uso de máscaras está en obligar al «silencio»; sobre todo ante los abusos de gobiernos y multinacionales, y por supuesto del propio sistema covidista. Los orígenes de esta programación mental se podrían rastrear hasta películas y series de televisión, donde se ha tratado de «normalizar» el uso de máscaras hace un buen tiempo.

—Se ha sugerido incluso que se pretende convertir al humano en una especie de cyborg, no para mejorar sus capacidades, sino para controlarlo más eficientemente. Se sugiere que las máscaras de tela son el primer paso en un camino que llevará inevitablemente al uso de máscaras sofisticadas de metal o plástico, que no podrán abrirse a voluntad, sino solo mediante el permiso del gobierno.

—Se ha sugerido que en determinado punto se hará ilegal incluso conocer el sexo o color de piel de cualquier otro humano, para evitar problemas de discriminación, y que por tanto todo humano será obligado a cubrir su cuerpo por completo por medio de trajes tecnológicos a medida distribuidos por el sistema sanitario, que apenas dejarán a este ver y respirar.

—Es evidente que muchas de estas últimas teorías anónimas rozan la paranoia; y que la paranoia no debería ser el estado normal de una mente normal, pero otra de las nocivas consecuencias de las políticas del covidismo es la intensificación de los problemas mentales entre la población en general.

Líneas MMXX IV

Fábulas del siglo XXI.

Hay un momento terrible en que se puede escribir cualquier cosa pues ya nada significa nada.

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Solo la noche hace soportable el horror de concreto de la ciudad.

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Ellos consiguieron al fin su casa de cuento y entonces nacieron sus primeros monstruos.

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Tal vez no estamos en el mundo de una única posibilidad; sino en el de la posibilidad que nunca ocurre.

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Una vez los buitres se hicieron reyes de las aves. Al poco tiempo a todo aquel que no comió carne podrida lo cogieron a picotazos.

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Las palabras son un laberinto sin resolución.

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Las criaturas son libres de juzgar al Padre Tiempo. ¿Pero quién ejecutará la sentencia?

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Ellos vinieron a visitarnos desde el futuro. Entonces nos destruyeron antes de que los creáramos. Y las cucarachas metálicas empezaron a salir de todas partes.

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Cuando terminó la luz del Sol había alcanzado Gliese 393.

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La verdad es evidente, solo que muy pocos la pueden ver.

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No hay que excederse más allá de los límites naturales.

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Hasta que no te odies a ti mismo hasta el fondo no serás capaz de amarte.

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Aquel que usa el lenguaje del enemigo ya ha perdido.

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Al final lo único que se puede hacer con la propia mierda, es tragarla.

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En el mundo moderno la omisión es crimen; el silencio, digno siempre de sospecha.

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Toda palabra inventada después de 1945 no debería ser usada.

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A nadie le gusta ver las cicatrices.

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En el mundo en red, hay que decir y decir cosas sin decir nunca nada. Los que hacen lo opuesto, son inexpertos, inocentes, no entienden o llanamente no les importa.

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En el mundo de hoy no ver las noticias es la primera medida para garantizar la salud mental.

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No todas las veces se tiene el tiempo para ser perfecto.

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La distopía siempre ha estado ahí; solo se ha intensificado.

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Es mejor la belleza que la verdad.

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En el primer día de las olimpiadas animales se vieron los cerdos y los buitres, aunque también hubo uno que otro simio y no faltaron las ratas.

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Las erratas son como el pulso de los libros.

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Humano las más de las veces es palabra en clave para idiota.

Aproximaciones a la hiperinflación

Niños jugando con fajos de billetes durante la República de Weimar (1922).

Que el dinero deba imprimirse, es algo difícil de entender sin pensar en todo el sistema monetario como una estafa; que una simple pasada de tinta le dé valor de inmediato a un trozo de papel, que este trozo de papel circule durante algún tiempo hasta que un par de años luego esté tan gastado y roto que deba ser devuelto a un banco para que recupere su valor; pero, ¿cómo sabe el banco, si es que lo sabe, cuánto dinero tiene que imprimirse cada día, cuánto tiene que ser reemplazado, y a quién debe llegar ese dinero primero? ¿Cuándo ese trozo de papel deja de ser solo papel y se convierte en dinero? ¿Tan pronto como sale el rollo impreso de la máquina, en sus colores brillantes y opacos, con sus hologramas e imágenes ocultas, o cuando este es cortado y organizado en fajos, o había que esperar a que fuera registrado y luego llevado dentro de un carro blindado de transporte de valores hasta un banco o un cajero automático, dentro de esas gruesas bolsas grises que son como la máxima ambición de cualquier ladrón, y que uno siempre asocia con películas de los años veinte o viñetas de cómic? Y esto, sin mencionar todavía la irrealidad del dinero fiduciario o el dinero electrónico. Es evidente que el dinero fluye de unas manos hacia otras, que hay quienes tienen derecho a imprimirlo y que otros no, que los bancos pueden fabricar dinero con un simple clic, pero al tiempo, esta idea se resiste a entrar en la mente. El dinero es una categoría en sí en nuestra sociedad, algo que se da por hecho, como que el agua y la electricidad lleguen a cada casa; es algo abstracto pero también tangible y neutral, todo el mundo necesita dinero, y se supone que su reparto es justo, es decir, aquel que más trabaja o tiene mayores responsabilidades recibe más y aquel que menos trabaja o realiza actividades más simples y que cualquiera podría realizar, recibe menos; aquello que es precioso y escaso y complejo es costoso, y aquello abundante y simple no vale casi nada. En este sentido es neutral y justo, en que todo tiene un valor y todo es asequible por él. Pero casi nadie se detiene a pensar de dónde proviene.

El dinero abunda, pueden imprimirse millones de billetes en un solo día, pero no se puede alimentar a cada ser humano con solo pulsar un botón. En Venezuela y Zimbabwe ha habido recientemente hiperinflación, como la que hubo en Alemania antes de la Segunda Guerra Mundial, donde para comprar un pan se requerían fajos de billetes. Siempre es extraño que las cosas puedan divergir tanto de país a país, que con solo cruzar una frontera todo pueda diferir de esa forma; este dinero tenía ya tan poco valor que los venezolanos que huían del régimen preferían regalar en los buses los billetes que habían traído consigo, por cualquier moneda, que llevarlos a una casa de cambio.

Si el sistema monetario en sí elude la comprensión, el pensar en la hiperinflación, en sus causas y sus consecuencias, en la escalada de precios que trae consigo, es todavía más inaprensible, casi como tratar de entender las implicaciones de la teoría cuántica. Suena a algo ilógico, pues ¿por qué se iba a seguir imprimiendo dinero cuando este ya no tiene ningún valor? Y si el dinero es una creación del hombre, ¿cómo podía la propia creación del hombre irse en su contra? Como si el dinero fuera un ser vivo por sí mismo, y el ser humano se encontrara en una simbiosis tan profunda con esta especie, que no pudiera prescindir de ella ni aun controlarla. ¿Pero no estaba todo, si se lo veía desde afuera, desde más alto, ausente de cualquier sentido? El mundo es un sistema en un frágil equilibrio, siempre. Y todo sistema humano se organiza siempre de la misma manera, azarosa y sin verdadero objetivo, más allá de su propia preservación, pero si las circunstancias cambiaban entonces estos sistemas podían empezar a fallar, y entre más complejo fuera un sistema más posibilidades de fallo existían; mas los sistemas son también elásticos y dados a la adaptación, pueden resistir, y adaptarse a las nuevas circunstancias. La hiperinflación es un fenómeno tan genuinamente humano, que no puedo pensar en nada que se le asemeje en la naturaleza. Es como si las abejas de una colmena continuaran fabricando miel, aunque esta miel hubiera perdido todas sus propiedades nutritivas y ya no fuera miel, sino un fluido insípido y venenoso, o como si a un árbol con el tronco muerto le crecieran hojas muertas. De repente el sistema decide hacerle la vida un millón de veces más difícil a cada uno de sus individuos, como si hubiera una sequía de verdadero valor, como si nada tuviera ya ningún sentido. Es algo tan humano que lo único que viene a mi cabeza es la palabra desesperación. El sistema desespera, antes de colapsar; pero esta desesperación no es como la que tiene un individuo, que este siente dentro de sí, como si su sangre se helara de repente, sino algo todavía más frío, como un resorte que se expande más allá del límite de resistencia de su material y se quiebra. Y este proceso se repite una vez más; lo más extraño acerca de la hiperinflación es que esta no se detiene nunca, que nadie puede detenerla, nadie puede prescindir de pronto del dinero; la civilización industrial es tan compleja que no puede simplemente volver al trueque o al intercambio de sal. El único modo en que la Alemania de los años veinte pudo detener la hiperinflación fue creando una nueva moneda, el Rentenmark, respaldado por hipotecas sobre la tierra y la industria. Pero las causas profundas de la hiperinflación siguen siendo un misterio incluso para los economistas, y es que tiene que ver con conceptos tan abstractos y humanos, como la «confianza», o el «temor» de que el dinero emitido pierda todo su valor, de un día a otro. El sistema en último lugar solo se sostiene si los humanos creen en él, ciegamente; en el momento en que nadie cree, el sistema se desvanece ante sus ojos, y entonces este sistema debe hacerse de nuevo visible, y la única forma en que puede hacerse visible de nuevo es mediante la fuerza. Y mientras no se encuentre algo mejor que el dinero para medir al hombre, pues esta es su verdadera función, más que servir de unidad de intercambio, este seguirá existiendo, y he aquí que si se encuentra algo mejor esto será algo terrible, pues será una medida tan perfecta, fundamentada en registros electrónicos, que será imposible de evadir, y cada ser humano se convertirá del todo en una suma de números. Si no se cree en el sistema, entonces no se cree en su «realidad», no como en algo que este dado y que sea sólido. Si este pensamiento se expandiera, el sistema colapsaría, y entonces vendría la hiperinflación, y luego la hambruna, y el colapso de los servicios públicos, del agua y la electricidad, y entonces la enfermedad y la guerra, la muerte y el fuego, pero todo esto sería inútil, pues de las cenizas se forjaría poco a poco un nuevo sistema, pues nunca se desvanecería a tal punto que fuera irreconocible, a menos que se asistiera a un colapso total, de naturaleza inesperada y global, y entonces se encontrara un nuevo equilibrio.¹

¹ Marzo de 2019.

Fragmento tomado de El mundo real (versión II).

Dispositivos de control mental

Prototipo de burka desarrollado a fines de los años sesenta (siglo XX).

Uno de los dispositivos de control mental más conocidos es la burka, que al contrario de lo que se cree en la actualidad, no es un vestido tradicional de los países árabes, sino que fue desarrollado a fines de los años sesenta del siglo XX por investigadores de la CIA, dentro del marco de las investigaciones sobre drogas psicodélicas que se llevaron a cabo por aquel tiempo (proyecto MK–Ultra).

La burka, como es sabido, consiste de un ropaje que recubre el cuerpo entero, incluso el rostro, y de uso obligatorio entre las mujeres, especialmente dentro de la la fe islámica. Su primera mención data de Afganistán, cuando los talibanes derrotaron al ejército de ocupación soviético en los ochenta, y libres de establecer su Estado, instituyeron su obligatoriedad, entre otras nuevas medidas que habían acordado con la CIA. Se adujo un retorno a las tradiciones ancestrales del pueblo afgano, pero este atuendo había sido en realidad desconocido en Afganistán, como se puede apreciar en las fotografías y filmaciones previas a la revolución. Fueron los expertos del proyecto MK–Ultra quienes se encargaron de diseminar las pruebas teológicas e históricas que llevan a la confusión actual sobre los orígenes del traje. Aunque en un principio la intención de los responsables de esta operación con la conducta humana había sido hacer este atuendo obligatorio también para los hombres, los miembros de las fuerzas talibanes no se decidieron a dar este paso, por lo que la CIA debió contentarse con que su experimento se llevará a cabo solo con una mitad bien definida de la población.

Las primeras burkas fueron distribuidas a través de bombarderos B–52 que dejaban caer su carga sobre las montañas. La resistencia fue poca, pues aquellos que se negaban a vestir u obligar a usar a sus mujeres el atuendo eran ahorcados o fusilados. Pero pronto lo que antes había sido anormal se convirtió en lo «normal», lo cual complació a los psicólogos del comportamiento de MK–Ultra, infiltrados entre los asesores militares, pues demostraba que sus proposiciones habían sido válidas. A pesar de que el atuendo en sí mismo era un instrumento de tortura que impedía respirar propiamente, reducía la visión, la audición y producía un aislamiento permanente y una disminución general de la información que llegaba a los sentidos, la sociedad organizada bajo una estricta vigilancia pudo seguir llevando sus actividades de un modo «funcional». Otros de los experimentos que se llevaron a cabo en el Estado Talibán fueron la aniquilación del tiempo relativo, con el bombardeo sistemático de ruinas, estatuas, y templos antiguos, de modo que toda referencia al pasado desapareciera, y el diseño de drogas experimentales de naturaleza opiácea que se aspergían sobre la población en general, en pequeñas dosis. Todas estas ideas demostraron su utilidad en el control de poblaciones. Se trataba de eliminar de la vida humana todo lo que no fuera estrictamente necesario para el funcionamiento de un sistema complejo. Con el tiempo ya no fue necesaria ni siquiera la supervisión de los psicólogos y el sistema empezó a andar por sí mismo, sin intervención externa. Se puede decir que entonces el experimento se convirtió en un éxito total. A tal punto, que aunque los talibanes cayeron con el tiempo, la burka sigue siendo hoy usada por la mayoría de la población.

El siguiente paso en el proyecto de los psicólogos no se llevó nunca a cabo. Cuando se hubiera hecho el uso de la burka extensible también a los hombres, los cuales se diferenciarían solo de las hembras por el color de su burka, se pretendía dotar poco a poco a cada burka de cámaras y diversos chip, que facilitarían el rastreo de cada ciudadano, y un dispositivo que repetiría constantemente en voz baja oraciones y consignas dentro de la tela. Este proyecto estaba basado ante todo en la teoría de que privando al cerebro humano de la visión de otros rostros, proceso para el cual este se ha refinado durante millones de años, este no tardaría en ver a los demás como seres deshumanizados, destruyendo toda empatía por el otro (ellos afirmaban que la empatía ha sido siempre una fuerza contraria al avance de la humanidad como un conjunto). De otra parte, se esperaba que la necesaria represión sexual y dificultades de interacción social que se derivarían del uso masivo de la burka, fueran útiles para dirigir las energías de los sujetos hacia actividades como la adoración política y religiosa, y la quiebra de sus voluntades individuales.

Este último paso tuvo que ser archivado, con una nota que avisaba que sería necesario esperar nuevas condiciones para su implementación total. Algunos especulan que estas condiciones ya se han dado o que están prontas a darse, y es posible que para conseguir su objetivo y hacerlo extensible a toda la humanidad los investigadores del MK–Ultra no se valgan ya solo de la fe islámica, sino de un nuevo tipo de credo. Se ha sugerido que puede ser un tipo de credo de naturaleza sanitaria, y que el uso de una burka impermeable y aislada herméticamente será exigido por los mismos ciudadanos, si la atmósfera es envenenada con químicos o se extiende un virus de baja letalidad —lo de baja no por filantropía, sino para que este pueda reproducirse a sí mismo indefinidamente, sin matar a todos los infectados—. Pues su objetivo es estabilizar la sociedad, no exterminarla, para lo que otros métodos han demostrado ser más útiles. Cuando el tiempo sea justo, a todos aquellos que se opongan se les explicará con claridad que las nuevas medidas son necesarias e inevitables, para que el sistema complejo del cual hacen parte sobreviva a su propia expansión, como explican los procedimientos previstos. Mientras tanto, a los que aun así no estén de acuerdo, se les diagnosticará delirio paranoico u otras enfermedades mentales, de modo tal que se adivina que la colaboración del sistema de salud será primordial, y tendrá que ser posiblemente infiltrado por miembros de la organización en una primera fase, antes de que tal como sucedió en el experimento social adelantado en el Estado Talibán, todo empiece a marchar por sí solo.

Clímax

Climax (2018).

En el campo del extremismo francés, el nombre de Gaspar Noé estará vinculado para siempre con las escenas más que explícitas, casi imposibles de ver, de cintas como Irréversible (2002) o Love (2015). Por lo que ante Climax (2018), la sensación era la de encontrarse ante algo nuevamente indigerible y que posiblemente, de no verse en el estado adecuado, sería capaz de llevar a la psicosis o a la destrucción de delicados entramados neuronales ajustados con dificultad durante decenas de años. Pero el riesgo estaba ahí. Y en efecto, más que de gore o sadismo, de lo que el extremismo se trata es de perturbar al espectador; hacerlo parte de una experiencia irrepetible, y que un espíritu sano no querrá tampoco repetir; todo el contrario de la violencia y el sexo de Hollywood que siempre humanizan, o estilizan esta misma violencia sin sentido. Así que si la falsa violencia de Hollywood no hace sino inocular los huevos de los parásitos en los cerebros jóvenes, haciendo que estos vean la violencia y el sexo como algo legítimo y estético, el extremismo ideal debería repeler a tal punto que estas conductas que representa fueran imposibles de repetir en un estado de mente sano. No es claro si la intención de estos cineastas es esta, tampoco es que importe mucho, pero el resultado parece el mismo. Que entre más descarnada se muestre la violencia, así sea de una forma estética (que nunca bella, pues esto sería un oximorón), la experiencia será más profunda. El extremismo no humaniza, sino que al revés, hace ver las raíces animales de los comportamientos violentos, lo lejos que están de lo «humano». Que cualquiera que cometa tales actos, es ya un animal, o menos que eso. En el caso de Climax, como el mismo director advierte, no se va a asistir a la manera de Kubrick en 2001: A Space Odyssey (1968) a la evolución del hombre, sino a su retorno a su naturaleza simiesca.

Podemos ver una cierta reductio ad absurdum en este juego cinematográfico. En Climax, Gaspar Noé lleva a los límites las realidades contemporáneas y nos muestra un resultado, frío y sin contemplaciones, a partir de lo que supuestamente es una historia real, ubicada temporalmente en 1996 (aunque solo si se está dispuesto a creer que una leyenda urbana de los noventa es real). Al igual que con esta temporalidad ambigua de la cinta, nunca sabemos dónde comienza la película ni dónde termina. Los créditos se presentan a mitad del filme; el título aparece en el último instante, antes de que, si estuviéramos en un teatro, se enciendan las luces. La pregunta por la realidad de lo que se ve siempre está ahí; pues el hiperrealismo es tal en ciertas escenas que no hay modo de separar lo que es ficción de lo que no; la mayor parte de los diálogos obedecen a la improvisación. En un primer momento estamos frente a las entrevistas a una serie de bailarines dentro de un viejo televisor; ¿pero son ellos bailarines profesionales o meros actores? ¿Vamos a asistir a un reality show? ¿O acaso a un filme dentro del mismo filme? Cuando los personajes entran en escena lo hacen a través de una avalancha de preguntas incómodas, aparentemente dentro de un casting, que pueden hacerse extensibles a todo el universo del arte mainstream, sobre la droga y la perversión que se manejan dentro de este ambiente, o su hedonismo rampante; lo que también nos hace preguntar cómo cualquier cosa moralizante o verdadera podría salir de ese mundo. Entonces es que se entra de improviso a la fiesta, donde las primeras dudas sobre la idoneidad de los danzantes se borran en un instante. La escena de la danza es en sí misma extrema, y para aquellos no acostumbrados a ver este tipo de baile, la realidad de lo que se ve, una coreografía, es impactante. La danza misma nos muestra toda la violencia que lleva dentro. Volviendo a la reductio ad absurdum en este microcosmos de la cinta se refleja una realidad; hay una enorme bandera francesa y en varios momentos exclamaciones patrióticas del tipo de «¡vamos a darle duro a esos Yankees!», o, en los créditos, «una película francesa y orgullosa de serlo», pero de otra parte los bailarines se burlan luego de esta misma bandera, incluso llamando al escenario como propio de un «culto», y la mayoría son de origen inmigrante, lo que en el momento álgido de la cinta llevará a escenas de evidente violencia racial, con lo que la verdad cruda del fracaso del multiculturalismo también se hace palpable. La moral que se muestra no es maniquea. Pero más que eso, hay una verdad animal que no se oculta, que permanece frente a los ojos en todo momento, y en esto se encuentra el mayor mérito del filme, en cuanto a su extremismo; pues vuelve a una forma pura y desnuda de malestar, en la que no hay necesidad de lo absolutamente visual o directo para que este malestar surja. Como en las mejores cintas de terror, en las que el monstruo apenas es visible, aquí pasa lo mismo: apenas avistamos el mundo infernal de las drogas y el sexo sin control, pero eso parece suficiente para no querer darle otra mirada. Evidentemente que no todos los espectadores llegarán a esta conclusión, quizás en muchos de ellos la degeneración y el sentir animal estarán tan presentes, que esta película y otras solo les dé una confirmación de lo que ya saben, o en lo que se encuentran hundidos, mientras que para otros apenas representará el riesgo de experimentar este horror. Pero, ¿por qué tomar este riesgo? O, ¿por qué querer representar lo que ante todo solo produce disgusto y repulsión? Se podría uno hacer estas preguntas legítimamente.

No hay por qué develar nada más de lo que se ha visto; baste saber que la violencia y lo grotesco aparecerá de una forma casi natural. Al final, la trama desaparece en esta bruma, abrupta, en el punto de su propio clímax. A pesar de esto, las preguntas no paran. ¿Es la experimentación en esta inmersión en los sentidos arte, o una mera exhibición técnica del dominio de las imágenes y los sonidos sobre la psicología? ¿Es la experiencia que se nos ha mostrado válida más allá de la ficción, o apenas una forma elaborada de replicar ciertos estados alterados de consciencia dentro de la mente, una ausencia temporal de la realidad inmediata? ¿Documenta algo esta cinta o no debemos creer nada de lo que nos susurra tras su apariencia visceral? ¿Es sobre 1996 o 2018? ¿Toda reconstrucción es falsa, un imposible?

Cuando se despierta de este rapto de los sentidos, de la noche a la luz, no interesa entonces quién envenenó el ponche, ni qué sucedió con el niño perdido dentro de esta pesadilla (pues el horror no estaría completo si no supiéramos que hay un niño dentro, ni sus gritos); se puede decir que si después de ver esta cinta no nos sentimos peor de lo que somos, al menos se ha superado la prueba con la que se nos tienta.

La vida, obra y milagros de San George Floyd

Mural en honor del nuevo Santo del Estado (Circa 2020).

George Perry Floyd Jr. (1973–2020) es uno de los nombres más recordados del infame año 2020. A partir de lo poco que nos queda de esa época confusa, los científicos del Ministerio de la Historia hemos sido comisionados a escribir una biografía actualizada, de modo que la vida que se vio obligado a vivir dentro de su entorno primitivo sirva de ejemplo a los más jóvenes en nuestra Era Dorada, y de recordatorio de que nunca todo fue tan perfecto como lo es hoy. De más está anotar que esta pequeña contribución hace parte de las conmemoraciones por los Mil Años de existencia del Estado Unido de la Tierra que se aproximan.

Hoy día ya no quedan muchas personas que nos puedan decir qué era en realidad eso, pero San George Floyd nació como un Black¹ en Fayetteville, North Carolina, un pueblo que había sido originalmente habitado por nativos Siouan, (tampoco sabemos ya qué era eso) hasta que estos fueron vencidos en una guerra por el white, un término ambiguo que creemos hacía referencia al color de las nubes en un día soleado y también a una gente de piel clara que existió hasta el siglo XXII. Es sabido que todo pueblo fiero y valiente ha preferido la muerte a la slavery a lo largo de la historia; los Siouan, fueron uno de estos, por lo menos es lo que se cree ahora. Felizmente nosotros no necesitamos ya nada de esa bravura y testarudez de los antiguos. «La valentía es a la muerte como la sed al agua», dice una de nuestras máximas, y siempre es bueno recordarlo.

Los orígenes del Black se pierden para nosotros en las brumas del tiempo. Se dice que se originaron en África, como un cruce de Homo erectus y una variante de Homo sapiens, pero no hay ya manera de probar esto, desde que todas las bases de datos fueron borradas antes de que nuestro Estado naciera. En todo caso, los llamados Portugueses y los Arab comerciaron con sus reyes por sus propios hombres, mujeres y niños, pues en esa época primitiva los seres humanos no habían descubierto todavía ni siquiera las máquinas más simples. Los Black estaban perfectamente adaptados a la vida en su continente, con su fuerte luz solar, sus selvas y sus bestias salvajes, pero entonces fueron llevados a lo que entonces se conocía como America (no Amazonia, como se llama ahora), donde luego de varios siglos no habían conseguido adaptarse del todo. Cuando lo que se conocía como slavery terminó, algunos de ellos regresaron a su continente y fundaron el Imperio de Liberia, una de las civilizaciones más avanzadas que se instituyó alguna vez sobre la Tierra, al menos en esos tiempos primitivos —perviven fragmentos de su esplendor en ciertos fotogramas de un documental de la época llamado Black Panther (2018), para aquellos interesados en profundizar en la historia—. Pero el resto quedó atrapado en Amazonia, sin poder regresar a su continente ancestral. Eran los tiempos en los que el emperador Trump regía sobre Amazonia; y para que todos los Black no osaran abandonar nuevamente su Estado (algunos historiadores dicen que este fue un imperio desarrollado tecnológicamente, pero yo, Wo–92347, disiento del todo), el emperador Trump hizo construir un muro alto y terrible que rodeaba toda la parte norte de Amazonia, excepto los territorios helados en los que nadie quería vivir pues eran el hábitat de unas enormes bestias que llamaban osos polares.

¿Cuál fue el papel entonces de San George Floyd en este escenario? No sabemos mucho de sus primeros años, pero fue convicted de ocho crimes, estrella de hip hop, jugador de basketball y football y actor porno, todo lo cual eran cosas de lo que todo Black se enorgullecía en su época, y actividades reservadas a los mejores seres humanos de entonces. Por supuesto que no sabemos nada de lo qué significaba esta palabra crimes en el ayer, pero estamos seguros de que se refería en el fondo a actividades loables, inofensivas y beneficiosas para todos, que un Estado primitivo insistía en prohibir. Hoy todos nos drogamos para nuestro beneficio desde la cuna («una vida sin drogas es como un caminante sin zapatos»), pero entonces esta era una actividad que el Estado solo permitía en el seno de su Ministerio de la Salud primitivo. San George Floyd ejercía su legítimo derecho a drogarse y a tomar para sí los bienes de los demás («todo nos pertenece a todos» es otro de nuestros lemas), cuando un police, haciendo uso de un procedimiento estándar para su época, se sentó con todo su peso en su rodilla sobre su nuca y el buen Black murió.

Fue entonces cuando ocurrió su Milagro (la pasada iglesia católica exigía dos; nosotros nos contentamos con uno, que se puede dividir indefinidamente en varios más). Todo aquel que recibía la bendición de Floyd se hacía inmune a la horrible plaga que diezmaba la humanidad. El movimiento #BLM, el cual hasta entonces había estado infiltrado por los malignos Portugueses, se hizo global y poco a poco empezó a liberar a la gente de America de la opresión del tirano Trump, de quien se cree estuvo emparentado con Nerón y Calígula. Por supuesto hubo fuego y muerte de inocentes, pero toda revolución se da de este modo. Fueron solo unos cientos de años luego que los Portugueses hicieron notar que el #BLM Reich se había salido de control y que nuestros antepasados tuvieron que realizar una operación de limpieza genética sin precedentes en la historia, para eliminar toda maligna diferencia de la humanidad e instaurar la Paz Global. Pero como esto sucedió mucho después no podemos culpar a San George Floyd de los errores de sus inmediatos seguidores, y es por eso que el Estado ha decidido honrarlo en el Parque de los Santos, con una estatua gigante como agradecimiento por las piedras que puso para que nuestro Estado Unido de la Tierra surgiera cientos de años luego.

En esta estatua el escultor ha decidido plasmarlo con sus manos apuntando con una gun sobre el vientre de una Black, para hacer notar también su inteligente labor primitiva en contra de la maternidad natural, una posición en la que todos estamos de acuerdo hoy, pero que en su época aún generaba división, pues los primeros vientres artificiales estaban lejos de ser tan perfectos como los que tenemos hoy. Al respecto, Kang–211879 ha escrito un interesante artículo, que puede ser consultado también en la Biblioteca sin costo.

Que el Estado Unido y la Gran AI de Amazonia prospere por todos los mundos.

Wo–92347

¹ Debido a las limitaciones de nuestra lengua internacional, me he visto obligado a incluir términos de la época del Santo, para hacer esta biografía más clara —Nota de Wo-92347.

Axiomas Covid 1984

«Distancia social».

¿Qué es el covidismo?

Se llama covidismo a la suma de las políticas semipermanentes adoptadas por los gobiernos en respuesta a la pandemia declarada por la OMS en 2020.

Al respecto, es importante recalcar que el covidismo no ha sido adoptado del mismo modo en todos los países; pero que todos los países con presencia de la OMS lo asumieron en alguna forma.

Estas políticas tienen ante todo que ver con control tecnológico, y pérdida de libertades individuales, que en la práctica se manifiestan en la implantación de un estado de sitio nebuloso, y complicados procedimientos sanitarios que dificultan el comercio y la vida social, como el uso obligatorio de tapabocas.

En general, se puede decir que los diversos países adoptaron estas medidas en cuatro formas, uno, con medidas severas y aplicación dura (modelo chino), dos, con medidas severas y aplicación laxa (países de América del Sur y Central, España), tres, con medidas laxas y aplicación severa (Rusia) y cuatro, con medidas laxas y aplicación laxa (Suecia).

De otro lado, no se ha detectado una diferencia apreciable en cuanto a la relación entre la fuerza y duración en la aplicación de estas medidas y sus resultados finales, por lo que parece probable que las curvas de contagio de la enfermedad siguen más su propio proceso natural, que el proyectado por las medidas de los gobiernos. Variables tales como la densidad de población y su aislamiento geográfico, parecen ser de mucha mayor importancia que las medidas tecnológicas de contención.

Pero para el covidismo la legislación y vigilancia burocrática es un instrumento fundamental en la lucha contra el nuevo virus, sin que esto haya sido probado del todo.

* * *

El covidismo y el miedo

No entramos a analizar aquí si el covidismo responde a una necesidad real o no; sino sus efectos más visibles en la población en general.

Ante la saturación de información a que esta sujeto el ciudadano medio, es claro que la difusión del covidismo se ha valido ante todo de la propaganda directa en los medios de comunicación. Al respecto, se podría decir que el covidismo se ha implantado dentro de las mentes humanas, más que por la razón, por el miedo y la necesidad.

Entonces, como toda creencia o comportamiento implantada por el miedo una vez un cerebro ha sido infectado, esta es muy difícil, casi imposible de erradicar. En ese sentido el covidismo se comporta como un virus, no biológico sino mental.

Al respecto, son evidentes los siguientes axiomas:

1. Es posible implantar comportamientos antinaturales en la masa mediante la propaganda y el miedo. No obstante, la propaganda debe mantenerse en el tiempo pues si no, las conductas artificiales aprendidas retornarán rápidamente a su cauce natural.

Corolario a esto es que si las conductas no prevalecen solamente por el miedo sino que necesitan de la propaganda para su difusión, estos miedos son miedos artificiales, en el sentido en que han sido implantados y no surgido naturalmente del sentido común.

2. Si la propaganda se relaja las condiciones sociales previas que hubieran sido silenciadas o mantenidas en un estado artificial suspendido volverán a surgir por sí mismas.

Corolario a esto que si la propaganda no consigue prevalecer sobre la realidad social el sistema se verá obligado a redoblar su esfuerzo propagandístico, hasta que llegue un momento en que este esfuerzo sea insostenible.

3. La propaganda y la realidad pueden divergir hasta cierto punto, pero siempre hay un límite para la capacidad de alienación de la masa. Este límite son sus necesidades naturales.

Por lo que el uso de toda propaganda por más efectiva que esta sea solo servirá hasta cierto punto, para acelerar o ralentizar el proceso natural social.

4. No obstante, todo comportamiento artificial que sea implantado con el uso de la propaganda eficazmente, es factible de ser replicado luego del mismo modo, incluso en el caso en que este comportamiento no haya podido perdurar sin el auxilio de la propaganda.

Con lo que una vez descubierto un método nuevo de programación social mediante el uso de la propaganda, este método volverá a ser usado irremediablemente en cuanto las condiciones naturales lo permitan de nuevo (a menos que surja un nuevo método entre tanto que lo haga obsoleto).

De estos axiomas, podemos concluir, que si el covidismo se expande mediante el miedo y la propaganda; debemos tener en cuenta que el covidismo no es un cuerpo de creencias uniforme sino que puede fluir a través del tiempo, según las necesidades del momento.

Una vez puesto en marcha, como todo sistema, el principal objetivo del covidismo es su propia autopreservación.

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Efectos

Ante la implantación de facto del covidismo se observan ante todo efectos económicos, psicológicos y ambientales.

Las consecuencias más visibles se han manifestado en el plano económico, equilibrando la riqueza y la pobreza en el planeta: una nivelación hacia abajo de las poblaciones de todos los países que han seguido los postulados covidistas.

Esto ha por supuesto exacerbado las diferencias entre ricos y pobres, surgiendo también una división de facto entre los trabajadores esenciales (TE) y los trabajadores no esenciales (TNE), ambos todavía remunerados, pero que en una perspectiva evolutiva parece apuntar a una división de las clases sociales similar a aquella entre los Morlock y los Eloi, prevista por H. G. Wells en La máquina del tiempo. Así, también se ha hecho notorio que mientras una clase es necesaria para mantener al sistema girando, la otra solo produce bienes intangibles y parasitarios. A pesar de esto, las industrias tecnológicas han sido de las que mejor se han adaptado a las nuevas reglas del juego económico.

En cuanto a los efectos físicos y psicológicos del aislamiento, es claro que ha llevado a una mayor dependencia de la tecnología, y los problemas de comportamiento, son los mismos que se han observado en poblaciones o individuos aislados o que son concentrados en claustros, como depresión, suicidio, pérdida de vigor, etcétera.

Respecto al tercer punto, el efecto ambiental, se parece haber extendido artificialmente un estado de crisis planetaria. Es decir que ha habido un descenso del consumo y la contaminación, pero que esto solo ha resultado beneficioso para el cuerpo industrial, extendiendo su vida útil, y la disponibilidad de sus insumos y materias primas en el tiempo y no al mismo planeta, que ahora debe sobrellevar con un exceso de desperdicios de nueva naturaleza médica y sanitaria.

Analizando estas consecuencias, hayan sido o no previstas, se nos devela con claridad la razón primordial para la implantación del covidismo.

* * *

Conclusiones provisionales

1. El covidismo consiste un cuerpo de creencias político, más que una doctrina científica.

2. El covidismo es implantado mediante el miedo y la propaganda (no interesa aquí saber si estos miedos tienen justificación alguna).

3. Todo individuo sujeto de manera continua a la angustia y al miedo pierde su voluntad.

4. Un cuerpo social sin voluntad es el cuerpo social perfecto.

5. Individuos sumidos en la angustia y el miedo son también más susceptibles a caer en el trance y el hipnotismo.

6. Toda sociedad que se ha desarrollado tecnológicamente demasiado rápido en la historia ha caído debido a su colapso natural (los mayas, los habitantes de Rapu Nui, son ejemplos clásicos).

7. El covidismo frena el desarrollo, de modo que posterga la caída de la actual sociedad global. Por lo que es una fuerza que se opone al llamado aceleracionismo.

8. El covidismo era inevitable, en el sentido de que una sociedad tecnológica tendría que enfrentarse inevitablemente de manera tecnológica contra cualquier nueva amenaza a su eficiencia.

9. El sucesor inevitable del covidismo será un sistema hipnocrático, y la hipnocracia global será el sistema más evolucionado de control.

Películas del espacio

Proxima (2019).

Es 2020, y a estas alturas no hay por qué poner en duda que las mujeres son seres extraordinarios capaces de llevar a cabo las tareas más difíciles y riesgosas; incluso en el cine ya nos hemos acostumbrado a ver a estas mujeres exterminar por sí solas las plagas de zombies más terribles y a salvar el mundo en más de una ocasión, al menos en Hollywood. Así que nada de esto tendría por qué ser puesto en relieve, siendo algo tan común. Empero, en Proxima (2019), nos encontramos una vez más dentro de una cinta con la premisa de una mujer que se enfrenta a un entorno mayoritariamente masculino, y que debe esforzarse el doble de los hombres para alcanzar los mismos objetivos, superándolos incluso, lo que es tan cliché como suena. No obstante, el filme de Alice Winocour consigue mantener la expectativa del espectador que ha sido atraído por el emotivo trailer (siempre algo mejores que las películas), tan pronto el drama se centra en la relación de la madre, Eva Green, con su pequeña hija; y luego con las interesantes secuencias del entrenamiento de los astronautas, que tienen una cualidad limpia y realista, casi de documental, en las que la astronauta francesa se gana poco a poco el respeto de los duros vaqueros del espacio, ejemplificados por Matt Dillon. Al respecto hay algo engañoso en el título, que podría entenderse en un primer momento como un viaje de ciencia ficción a Proxima Centauri; siendo que pronto se descubre que es el nombre de una misión que simulará durante varios meses una travesía a Marte y que separará a la madre de su hija. Entonces Proxima, más que una referencia a la distancia interestelar, en la que el cuerpo con luz propia más cercano a nuestro Sol es una estrella increíblemente lejana para nosotros los humanos, será la palabra que nos lleve a interpretar la relación materna de la astronauta, como una relación marcada también por la distancia y la proximidad. Así como los cuerpos celestes giran sin casi nunca tocarse, así la madre está condenada a separarse de su hija para alcanzar sus sueños; o su realización profesional, como quiera que se le quiera decir ahora. Mi única crítica con esta cinta es que este drama lleva al final a una ruptura del mesmerizante realismo que se había mantenido hasta ese punto, haciendo que recordemos que todo se trata de una ficción. Pues, ¿porqué iba ella a hacer algo tan estúpido al final, poniendo en tal riesgo su carrera y todo lo que había hecho hasta ahora por su entrenamiento? Así la astronauta, con aspecto de estrella de cine o modelo, tendrá que encarar su misión, y llevar sobre sus hombros el peso de sus decisiones, incluso la posibilidad siempre latente de jamás regresar, mientras su hija será forzada a aprender de su madre el elusivo significado de la libertad.

Aunque el filme termina sin mostrarnos el espacio, centrado como está en el significado de la distancia, de la cual la máxima expresión para cualquier ser humano está en abandonar la tierra bajo sus pies, la emotividad del final nos hará reflexionar en la loable valentía de los exploradores del espacio, aquí dirigida en especial a todas aquellas astronautas y cosmonautas de la historia; y por consiguiente también en las dificultades y peligros en general del viaje espacial, que siempre se hacen patentes en estas ficciones, en las que cada evento inesperado conlleva el riesgo de la muerte de sus protagonistas o la destrucción de las costosas instalaciones suspendidas en órbita, incluso en los límites cercanos del planeta, donde los humanos están aún protegidos de la radiación cósmica por los cinturones de Van Allen.

* * *

El filme termina en la nostalgia; y es que en todas estas nuevas películas del espacio hay cierta nostalgia, como si esta exploración le perteneciera ya más al pasado que al futuro.

Tras más de sesenta años de esfuerzos, las agencias espaciales parecen haberse resignado a enviar robots y sondas a otros mundos, más que a los propios seres humanos, y los interminables proyectos para volver a la Luna, o visitar Marte, o incluso enviar turistas civiles a la órbita, son siempre pospuestos, dados sus enormes costos y dificultades. En un mundo preocupado más que nunca por la seguridad, y que no parece dispuesto a asumir los enormes riesgos del pasado, la exploración espacial se hace cada vez más incierta. ¿Significa esto que estos viajes serán al final, una mera quimera, un imposible, un sinsentido, o simplemente, algo que nunca llegará en la forma soñada? Quizás esto último. No hay que ver sino las nuevas cápsulas de Space X, blancas, limpias, higiénicas, sin controles visibles sino unas enormes pantallas, y compararlas con esos viejos armatostes analógicos soviéticos de los ochenta, o el delicado módulo que llegó a la Luna, para presentir que el futuro del espacio, si es que hay uno para los humanos y no se deja solo a las máquinas, estará despojado de toda fantasía y aventura. Será una conquista fría y segura. Pues de realizarse, los riesgos y costos de esta gesta, guiada por gigantes tecnológicos y la misma inteligencia artificial, solo podría llevarse eficazmente dentro de un entorno de hipercontrol. Y no hay nada más alejado del concepto de «libertad» en la Tierra que separarse de esta, sostenido por un entorno artificial, lejos de los demás seres humanos, sus paisajes y el mismo aire; y de todo aquello para lo cual la biología ha adaptado al cuerpo durante millones de años.

Puede ser entonces que el futuro sean apenas sondas robóticas y los humanos deban resignarse por fuerza a realizar pequeños ejercicios de turismo en órbita, como los que sugiere Virgin Galactic, con pasajeros propulsados como en un parque de diversiones, fuertemente atados a sus cómodas sillas, y dotados de sus respectivas cámaras para los autorretratos, en una versión patética del «espacio». El perfeccionamiento de la tecnología espacial hará con el tiempo estos desplazamientos meras rutinas, con cero intervención humana; y las pequeñas aventuras del pasado como las vividas a bordo de la terrible Salyut-7, o las Apollo, que nos recuerdan las escenas de Alien (1979), con sus naves que se caen a pedazos y son reparadas a golpes de martillo, no se repetirán jamás. Y es por eso que el heroísmo de los primeros exploradores del espacio, como las gestas de los pioneros al Ártico o a mares desconocidos, está condenado a desaparecer en la nostalgia.