La unión humana

Chang And Eng
«Unión humana». Fotografía de los famosos gemelos siameses Chang y Eng.

Sobre el deseo de poder

Solo dos tipos de personas ambicionan el poder lo suficiente para alcanzarlo: aquellos que son santos y aquellos que son psicópatas. Pero, si se fija uno bien, podrá darse cuenta de que los santos son más bien escasos.

* * *

El comunismo o el socialismo pueden entenderse como subsistemas del capitalismo; no de ninguna manera como sus opuestos absolutos.

* * *

Ha habido muchos grandes hombres en la historia, pero la gran mayoría de estos no han sido verdaderos grandes hombres. Y del mismo modo, podríamos decir que de la mayoría de los verdaderos grandes hombres de la historia, no conoceremos nunca ni siquiera sus nombres.

* * *

Cuando el sistema consiga la sumisión y el silencio absolutos, lo siguiente a perseguir será ese mismo silencio y sumisión.

* * *

Una de las consecuencias de vivir en una sociedad hiperconectada e hipercompleja, es que las cadenas de distribución deben centralizarse en ciertos nodos y estos nodos terminan siendo acaparados siempre de forma necesaria por ciertos poderes económicos, detrás de los cuales se establecen determinadas élites.

Tras cada logotipo, es axioma que se oculta siempre una cofradía humana.

* * *

Conforme la inteligencia artificial se implemente en más entornos de producción, la necesidad de trabajadores cualificados con alto IQ se reducirá, con lo que los empleos empezaran a ser copados por una nueva clase de trabajadores, de menor IQ. Este proceso de selección negativa dejará por fuera del sistema a los más competentes y preparados, incluso en carreras hoy altamente técnicas, y en determinado momento el sistema preferirá utilizar seres más manejables y menos inteligentes en su aparato productivo. La inteligencia humana llegará entonces a ser con el tiempo, un lastre en la sociedad que se organice, alrededor de una hipotética inteligencia artificial.

* * *

El viaje al ser

El ser humano le teme a algo que es inevitable, le teme a la muerte, y hace todo por evitarla, cuando al final nunca podrá evadirse de ella.

Es algo absurdo el temer la muerte, siendo algo inevitable.

* * *

Nada que se pueda escribir podría justificar el futuro, sino solamente el pasado, el cual es el único terreno de la escritura.

* * *

Están esas personas que pueden afirmar con toda seriedad y convencimiento que son esto o tal cosa, soy profesor, soy científico, soy abogado, en las que su propio ser se ha reducido hasta conformarse con el significado de una sola palabra. Estos humanos han sido definidos por su función en el sistema y no por su propio ser, y esto es algo incomprensible para un ser despierto.

* * *

Muchas veces lo que une a un determinado individuo al conjunto de los seres humanos, es en el fondo, bien poco, fuera de poseer un cuerpo similar al que los otros poseen.

* * *

Aquel que advierte, a pesar de todos sus esfuerzos por superar su condición, que no puede dejar de ser un subhumano, este es merecedor de cierto respeto, pues al menos tiene plena conciencia de lo que es, y al menos realiza cierto esfuerzo; comparado con aquel que siente un vil regocijo en su condición subhumana, y ni siquiera sabe lo que es, ni se lo plantea, siquiera tangencialmente. Este último se comporta igual que un animal, y es menos que un animal.

* * *

Lo que en un ser real produce un llanto profundo, en el subhumano no llega ni a ser una pequeña inquietud.

* * *

Un verdadero ser, sabe que no puede compartir la carga profunda de su existencia con nadie, que este peso es algo que debe llevar él solo.

* * *

Qué repugnante es ver a ciertos subhumanos, felices y orgullosos de reproducir su progenie desviada, su mediocridad, y su debilidad: felices de producir en su vientre o en el vientre de su compañera, más esclavos para sus amos. Casi que se arrojan uno sobre otro en frente de su simiente y realizan su acto de reproducción una vez más, sin pudor alguno, en cualquier parte. Es algo tan repugnante como sería sentir los pensamientos placenteros de un rebaño de vacas, rumbo al matadero.

* * *

No hay que buscar la compañía humana, pero si se adquiere cierta responsabilidad, hay que ser digno de sí mismo, hasta el final.

* * *

El ser debe estar dispuesto a desprenderse de todo, sin lamentos, hasta de «sí mismo», lo que el mundo material ha hecho creerle que es él mismo.

* * *

Pues todo ser busca su natural equilibrio y sus pensamientos solo son los pasos que da en este camino, y este ser solo debería preservar aquellos pensamientos e inclinaciones que le son naturales a su ser y evitar aquellos que le llevan a sumergirse en remordimientos o padeceres, que bien examinados, no tienen ningún sentido; pues todo lo que fue, solo fue. Y todo ser material es frágil y predeterminado por su biología y escenario.

* * *

El ser no tiene hermanos, no tiene padre, ni madre, no tiene nación, ni idioma, pues su verdadero origen es inmortal.

* * *

Solo el ser es importante.

* * *

Pero aún cuando el ser tenga un origen inmortal, nada en este universo lo es.

Anuncios

El mundo real III

solyaris-Brueghel
Cazadores en la nieve, obra de Pieter Bruegel, en fotograma de Solaris (1971).

No hay ninguna posibilidad de redención. No hay ningún lugar del cual venir ni ninguno al cual ir. Ser algo mejor o no poder serlo.

Hace calor y el sol entra por las ventanas, filtrado por la niebla pálida del humo de los automotores que recorren la autopista. Me agacho y me tomo la frente entre las manos. Respiro una vez más con fuerza. Varias veces. Le bajo al mínimo a la música que escucho por los audífonos. Al fin entra algo de aire, la columna se mueve. A mi lado ella cierra los ojos, pero sonríe. Por una vez no hay ninguna queja, mientras las hileras de vehículos apenas avanzan.

* * *

Pretender darle a la vida un sentido, creyendo que con esto, este sentido tendrá algún sentido real… la sola idea da arcadas. El cuerpo nos da algunas pistas: lo único que le interesa al cuerpo, es su único sentido real. Trabajar es sin duda, algo bueno. Pero pretender hallar ahí algún sentido, no es tan seguro.

No digo que lo que hago, por este solo hecho, esté bien; pero tampoco voy a creer que hacer cualquier otra cosa sea un bien en sí mismo.

* * *

Las calles y los parques están llenos de personas. Es algo extraño darse cuenta de esa prolijidad; de esa cantidad ingente de cuerpos. La mayoría son jóvenes, y se ven tantas mujeres como hombres. Algunas jovencitas realizan actividades que hasta hace unos pocos años eran exclusivas de hombres; se deslizan en patinetas, patean balones de fútbol, realizan pasos de artes marciales en medio de los muchachos. El sol de la tarde cae y una brisa fría empieza a soplar sobre aquellos que se mantienen inmóviles. Hace poco le di algunas vueltas a la cancha de fútbol; ahora me siento mientras abrimos un paquete de palomitas de maíz dulces.

Solamente era, quizá, un cuerpo más; o solo un individuo que sentía el sabor del azúcar en sus labios, mientras sus piernas todavía hormigueaban, y por un momento se sentía colmado por eso.

Y mientras veía los cuerpos jóvenes que pasaban frente a nosotros (para el propio ser es como si no tuviéramos edad, como si siempre hubiéramos sido o demasiado jóvenes o demasiado viejos), entonces pensé en el tiempo en que mi cuerpo era tan impetuoso y lleno de deseos; en que un día en la calle era un flujo constante de sensaciones intensas. Más que a las personas, o los momentos, o los lugares, al cabo del tiempo lo que más se extraña, son ciertas sensaciones.

Es cierto que el tiempo avanza siempre. También es cierto que conforme este pasa, al contrario de lo que en un principio se hubiera pensado, o temido, cada día se añoran menos cosas, quizás porque la añoranza se convertiría en algo tan enorme y oneroso que sería insoportable, si esto no fuera así. Pensé que si se despertara en el olvido, sin nada por recordar ni nada por desear, la muerte se sentiría al fin como una recompensa.

Luego sentí algo de frío y quise que volviéramos, mientras se ponía el sol, para que cuando estuviéramos dentro del apartamento la noche ya nos cobijara. Llegar con las últimas luces del día es como engañar al cuerpo y decirle que ha tenido, como los demás a los que en secreto envidia sus pesadas rutinas, un largo y cansador día. Pues lo importante no es realmente hacer algo útil: sino que el cuerpo crea que lo ha hecho.

Modos de supervivencia

government bureau tooker
George Tooker, Government Bureau, 1956.

Es increíble la cantidad de cosas que se necesita comprar para incluso el más sencillo modo de supervivencia. Cada día, o día y medio, algo se termina y se ha de correr a aprovisionarse. Hay algo perturbador y humillante en esto, en correr a un comercio y con algo de dinero, obtener aquello que en realidad no nos ha costado nada. No hubo que cazar, ni alimentar a los animales, ni tomar unas semillas y distribuirlas en un terreno que previamente se haya tenido que preparar, ni siquiera hornear el maíz o preparar el jugo de frutas que nosotros mismos hubiéramos recolectado. Es algo que siempre tiene algo de irreal e indecoroso. Como el ser humano, inmerso en la sociedad interconectada, lo obtiene todo a cambio de prácticamente nada. A veces parece que eso es lo único que se hace, visitar lugares de intercambio.

Pero la sociedad interconectada no es en sí una sociedad de bienestar. Se trata de asegurarle al rebaño humano apenas un nivel de subsistencia, de modo que la producción no se detenga, ni aún por el más débil de sus eslabones. Los alimentos son abundantes y baratos, solo porque así conviene al sistema, aunque esto lleve a la ruina al campo y haga necesario el latifundismo. Para algunos, lo único que se compra es comida, o cosas que se venden como comida, y en menor escala, artículos de aseo. Esta supervivencia es un círculo en el que vamos al supermercado, regresamos, y al cabo de unos pocos días, debemos volver por más cosas. Así, fuera de comida, shampoos y artículos similares, algunos compramos muy poco.

Una o dos veces al año, sin embargo, se compra una prenda de ropa o un artilugio electrónico, y cuando esto sucede casi siempre es porque algo se ha estropeado o ya no quiere funcionar más; entonces en estos viajes la alegría de tener algo nuevo viene siempre acompañada no solo por el disgusto natural de tener que recurrir a otros, representados de forma abstracta en las cadenas de suministro, sino también por la angustia o la impotencia por algo que se perdió o que era defectuoso, o simplemente, a lo que ya estábamos acostumbrados y no se quería cambiar. Pero estos viajes son esporádicos y hay algo de aventura en ellos. Al contrario, los viajes por los suministros básicos tienden a la rutina. Una vez al mes, en los primeros días, se realiza una gran compra de viandas, siempre en la esperanza de que luego no haya que volver al supermercado, al menos en un mes, y que siempre, a pesar de su abundancia, se revela a los pocos días insuficiente.

De otra parte, estos viajes o caminatas, día de por medio, para comprar alguna cosa, una bolsa de pan, o una jarra de café soluble, es lo único que nos puede llevar a salir y sentir que se hace algo útil, junto con las jornadas en que hay que pagar algún recibo ineludible. Salir solamente por caminar y sentir el sol en el rostro, es algo que a primera vista, cuando se está dentro, no parece tener el menor sentido.

Pero hay que hacer algo para sentir que se hace algo real, que ese papel y ese metal realmente valen algo; para sentir que representan algún esfuerzo.

Entonces, si se pone un esfuerzo adicional en ello, prescindiendo de medios mecánicos de transporte o realizando largos rodeos, al regresar de las compras masivas, se está tan cansado que esa noche se duerme profundamente, y al día siguiente se amanece diáfano, por una vez, vacíos de preocupaciones inminentes.

Cuando estamos dentro, tenemos nuestros aparatos, televisor, computadores, tabletas, celulares; con eso debería bastar. En estos aparatos también hay comercios, que ofrecen música, libros y películas. Las compras que se realizan en los aparatos son más limpias, cómodas y seguras, y ocupan mucho menos espacio; también son mucho más personales, y están siempre bajo la mirada atenta de un ojo vigilante.

Un mundo en silencio

a_quiet_place-701964812-large
Poster para A Quiet Place (2018).

Tal como el padre que se dirige a ver a su hijo en una presentación por primera vez, en espera de una desazón o una certidumbre, presa de nerviosismo y ansia, así los espectadores esperan en ocasiones algo especial de una película, algo a lo que atarse en medio del flujo incesante de la realidad; siendo que, a veces, lo único que se necesita, es algo de silencio y oscuridad.

A Quiet Place (2018), traducido al castellano como Un lugar en silencio, es una película que desde un primer instante busca, en efecto, el silencio. El silencio que en sí, es un tipo de oscuridad, pues así como en la oscuridad no es posible ver, en el silencio obligado de la ficción, tampoco hay forma de escuchar nada, pues el más mínimo ruido de la familia protagonista puede llevarlos a la muerte. Es entonces el silencio, el exceso de drama, lo que aparentemente no iría apropiadamente en el argumento de un videojuego de horror, con criaturas que han salido de ninguna parte, sin ninguna explicación plausible, lo que diferencia a esta cinta del último cine de horror, aquel que en realidad solo consigue espantar por sus argumentos predecibles y sus sustos prefabricados. En A Quiet Place se espera el silencio de los espectadores, pues este se torna necesario para el disfrute de la cinta, y la ruidosa sala de forma impensable lo consigue (aunque el silencio no sea absoluto y se apoye en una banda sonora de ruido blanco y tenue música incidental). La misma existencia de este relativo silencio lleva a ciertos pensamientos; pues, qué más hace falta en el mundo moderno, que ese silencio y tranquilidad de los que parece gozar la familia de la cinta. ¿No sería eso algo deseable, ese silencio? ¿No sería mejor que el mundo, como aquel de la ficción, fuera dejado a los silenciosos y prudentes? ¿No estaría mucho mejor el mundo así, sin ruidosos apilamientos de humanos en sus ciudades, sino habitando un mundo postindustrial y silencioso?

Mas, este aparente paraíso pronto enseña su verdadero rostro, cuando los monstruos aparecen y devoran a los pocos humanos sobrevivientes, que a todas luces, debieron ser los más prudentes de entre los prudentes, no importa si estos son niños, mujeres o ancianos. «Si ellos te escuchan, ellos te cazan» afirma el lema publicitario. Monstruos que como es tendencia, no lo son en el sentido del cine clásico, con su pathos propio, sino que semejan más los adversarios de un videojuego; entes sin cerebro ni historia. Así, los lentos y silenciosos humanos se deben enfrentar a criaturas rápidas y poderosas, pero extrañamente ciegas, que se ven demasiado bien desde un primer instante (y en esto podríamos encontrar la principal falla de la cinematografía: lo que podemos ver, no espanta tanto como aquello que permanece invisible o apenas intuido).

La existencia de los monstruos, no obstante, nunca es explicada. Solo hasta la escena final se encuentra cierta respuesta; que no se da en forma verbal sino como una imagen, en la visión de la madre, quien ha sido capaz de pasar a través del silencio y del sufrimiento, posando como una propagandista de la Asociación del Rifle, con la escopeta hábilmente sostenida entre sus manos, sus labios y todo su rostro temblando de miedo, pero sus dedos firmes en el gatillo. Y luego de que el monstruo cae, el monstruo que era todo oídos y dientes y carne; se sabe que el alivio nunca llegará. Solo más monstruos que ella tendrá que abatir, sin ninguna esperanza, pues sus balas son limitadas, y cada nueva ruidosa muerte solo atraerá a más de estos alienígenas hacia ella y sus hijos. Y no obstante, en el último fotograma, esboza una sonrisa. Pues el drama ha terminado. Ha renunciado al silencio y ahora tiene que luchar para sobrevivir, aunque esta sea una lucha perdida de antemano. Así, se entra en un nuevo nivel de realidad, en el dominio de la acción. Ya no puede ocultarse más en el silencio. Su sonrisa no solo pretende darle fuerzas y esperanzas a su hija, pues ella misma no las tiene, puede actuar como si hubiera alguna esperanza, pero en el fondo sabe que no hay ninguna; también le sonríe al espectador. Lo deja así, en medio del horror más profundo, y lo hace con una sonrisa.

Es el mismo horror del mito de Sísifo, el del hijo de los dioses que debe rodar cuesta arriba una enorme piedra, a pesar de que sepa que cuando alcance la cima, su carga volverá a caer y tendrá que iniciar una vez más su tarea. La respuesta a la existencia de los monstruos es que no importa de dónde provengan estos; siempre habrá monstruos. Pero también, el ser humano siempre tendrá la opción de enfrentarlos, y al hacerlo, encontrar su propia realización, no en la imposible victoria, sino en el camino que se ve obligado a recorrer, como en la interpretación de Camus.

Mas también, en este futuro cercano de 2020 en el cual transcurre la cinta, el obligado silencio de los protagonistas se asemeja demasiado al obligado silencio de un mundo donde los oídos están en todas partes, y la censura de palabras e ideas se ha convertido en un hecho asimilado por las masas para su propio bien. E incluso, las imágenes del hombre barbado y proveedor y de la mujer hogareña y que prefiere traer al mundo, así sea este un mundo horrible, a su hijo, contra toda posibilidad, la misma presencia de un hombre y una mujer que cumplen con abnegación sus roles biológicos, parece extraña en tiempos de extrema polarización ideológica, donde se ha convertido en norma el haber integrado cuotas en la producción artística y de entretenimiento. Los protagonistas parecen así prisioneros en un mundo, donde cualquier susurro puede llevarlos a la muerte, donde monstruos que son todo oídos, esperan su mínimo descuido para ir hacia ellos y devorarlos.

Una fantasía con su contraparte en el mundo real, donde no se puede dar ningún paso en falso, pues los sensibles oídos del sistema, y de sus zombies útiles, están ahí para registrarlo y juzgarlo todo, con la máxima severidad.

El mundo real II

BladeRunner2049_REALWORLD
Plantas solares extendiéndose hasta el horizonte, semejando colonias de hongos o bacterias, en Blade Runner 2049 (2018).

Conducidos como prisioneros de la masa humana que lo recorría, cruzamos el puente, una estructura construida con el fin de acelerar la circulación de vehículos y bípedos, a través de sus brazos circulares que se tendían desde y hacia el nivel del pavimento.

La visión de los seres humanos inmersos en ese paisaje, en el cual el cemento y el ladrillo se solapaban hasta alcanzar las montañas que de otro modo serían de un verde exuberante, y donde desde cierta altura solo se verían los vehículos moviéndose a su velocidad vertiginosa por la estrecha autopista gris, cortada en ese punto por el puente; todo esto me producía un cierto estremecimiento y una cierta agorafobia, que no era tanto de los espacios abiertos, sino de percibir que ese espacio abierto de apariencia ilimitada estaba en realidad cerrado ferozmente sobre sí mismo, con su techo en ese cielo pálido e inalcanzable y sus muros en esas montañas verdes tras las cuales los seres humanos no querían o no podían ir, por ahora, más allá; y de otro modo también cerrado herméticamente junto con el planeta Tierra, su aire que nos permitía respirar, y su superficie curva. Atisbando al sol que caía en ese instante sin verlo directamente, solo dirigiendo los ojos un poco más abajo de su resplandor circular, veía también con claridad que su luz era lo único que hacía posible que seres tales como nosotros existiéramos, y creciéramos y creáramos ciudades que se expandían como tumores, siguiendo sus propias leyes y matemáticas caóticas. Ese Sol no parecía algo que flotara en el cielo, sino que era como una abertura en el espacio desde la cual la luz invadía nuestro universo material y dentro de este, nuestro pequeño mundo en forma de esfera. Pero esa luz no solo penetraba en nosotros y permeaba nuestra piel, cada punto nuestro que tocaba, sino que también era como algo que nos miraba, algo que de cierto modo nos controlaba y vigilaba, esto es, a un nivel cósmico y no solo personal. Nunca antes había visto con tanta claridad esto, nunca antes había visto al sol de este modo.

Para esa luz, nosotros éramos algo tan ajeno como bacterias, como pequeños gusanos que surgían al azar de un caldo de cultivo propicio. Esa luz era algo implacable. Estar ahí en ese lugar, rodeado de humanos y sus vehículos, que en cualquier momento podían atropellarnos, o atacarnos, pareció entonces una aventura; la mayor aventura, la única aventura posible. Era estar rodeado de peligros, incluso mortales. Era un riesgo inaudito que seres tan débiles como nosotros osaran estar allí, confundidos con los demás seres que iban de aquí para allá, confiados, impredecibles, gozando de la ilusión de libertad que les daba el dinero recién depositado en sus cuentas para que ellos hicieran uso de este y lo malgastaran lo más rápido posible en los centros comerciales que nos rodeaban en un triángulo ineludible; estos edificios eran lo único verdaderamente sólido, seguro y limpio que podíamos ver. Fuera de ellos, reinaba el caos. No había necesidad de pregones; el gran rebaño humano por sí solo conocía su deber, su deber sagrado de gastar y con esto hacer que el dinero circulara y que otros seres humanos consiguieran de este modo también su sustento.

Pues nada parecía tener un verdadero valor en sí mismo, todo, los paquetes de regalo, las montañas, los autos, los humanos mismos, eran solo transformaciones de la materia que bien hubieran podido ser otra cosa. De buena manera, la energía hubiera podido ser invertida en algo más. Los objetos no importaban, lo que decoraba sus cuerpos no importaba; solo era importante la eficiencia, la energía que hacía que el sistema girara, aquello único que era importante y verdadero.

Toda esa energía que provenía en últimas del sol, y que los seres humanos, los animales, las plantas, incluso las montañas, aprovechaban para sí, en busca de una mayor eficiencia, en una búsqueda ciega como la de una criatura pálida que yace en el fondo de una caverna por alimento; evidentemente no algo que pudiera ser englobado por lo que se entiende habitualmente por «racionalidad» o «consciencia».

* * *

Pero si escribía algo, no era en realidad porque ello significara algo que contara con cierta importancia, sino solo porque en determinados momentos la ansiedad que sentía era superior al sentimiento de bienestar y de algún modo debía encontrar escape a esa, por decirlo así energía, aunque en realidad esta se sintiera como todo lo contrario de la energía, más como una anti-energía opuesta a todo lo vivo y sensible. Lo que hacía, al igual que lo que hacían todos los seres humanos, no tenía la más mínima importancia; el individuo no existía y al igual que con las hormigas, cada espécimen solo era importante en la medida en que formaba parte de un superorganismo. De algún modo, siempre debió haber sido así, pero solo en la sociedad industrial hiperconectada esta sensación se había hecho tan vehemente; interrogando a quien así quisiera pensarlo incluso por si en realidad ese entorno tan artificial era algo real, y no una proyección circular que pasaba ante sus ojos. Pues esta idea, de un presente eterno y galvanizado, parecía perfecta para describir tal entorno de opresión sobre el individuo, tan extraño e innecesario, cuyo único fin parecía oprimir al mismo individuo que en últimas lo sustentaba.

Y en cierto modo era extraño querer trazar de dónde habían venido esas palabras, pues todo parecía por momentos solo el vómito de un autómata. Pues, si había algo real en mí, estaba siempre más allá de las palabras. Pues no había necesidad última alguna por la comunicación o por expresar estos pensamientos; solo eran como virus que pugnaban por reproducirse a sí mismos, sin el menor interés ni relación con el ser u objeto que los producía o almacenaba. Y también había pensado en la mente como un flujo aleatorio de pensamientos, que el ser creía provenían de sí mismo, pues aunque todo pareciera indicarle lo contrario, el ser siempre se aferraría a esta idea, la idea de que de algún modo todos esos pensamientos e ideas externos a sí mismo, tenían algo que ver con él.

* * *

Explicar, entonces, la manera con la que entendía el mundo, el entendimiento propio; parecía algo inaudito e innecesario, algo casi imposible, desde que eso que creía propio, era en realidad solo las impresiones aleatorias en el cerebro del paso del tiempo, o a través del tiempo. Y lo aleatorio, bien pensado, era solo una palabra distinta para describir la predeterminación. Pues si hubiera querido expresar mi propio ser, ¿cómo hacerlo a través de las mismas armas del demiurgo, del lenguaje lógico? Aquello parecía una contradicción sin sentido.

* * *

Era evidente una vez más, que la realidad no era más que una prisión, aunque la razón y el fin de esta prisión fueran siempre elusivos. Y solo si el ser fuera un prisionero venido de fuera y no creado por la misma prisión habría alguna lejana posibilidad de esperanza. Una esperanza que de todos modos era difícil enfocar en el futuro y le pertenecía más al pasado que al propio presente. La fútil esperanza en ese origen divino, si se quiere llamar así, o al menos externo a la prisión universal, aunque que este espacio interestelar existiera, fuera en realidad tan incierto como la existencia del mundo que podían ver los ojos. La esperanza en que algo más pudo haber existido, alguna vez.

Que lo que hoy era impuro, una vez había estado imbuido de pureza.

* * *

Pero entonces, no había forma de que mis ojos miraran más allá, o más acá. Un velo de luz parecía cubrirlo todo.

Y pensé en el cuerpo humano, como en la suma de un número determinado de protuberancias y hendiduras, organizados de cierta manera, que se repite de individuo a individuo…